viernes, 12 de mayo de 2017

Libros contra la noche



Una habitación cerrada. Una ventana entreabierta cubierta por una persiana verde y una cortina que se deja mecer por un viento leve casi imaginario. La candidez en que queda la tarde cuando todas las tareas ya están hechas, cuando un ligero cansancio la induce a detenerse, decepcionada o satisfecha. Cuando está permitido cerrar los ojos. Una mesa con lapiceras en un cubilete, folios blancos, doce libros viejos. Unas estanterías repletas de insectos disecados, de aparatos astronómicos desusados, de láminas de Matisse recortadas. Números, fórmulas químicas, estrellas, planisferios, fotografías tomadas por ella misma, en mañanas de otro país. Una vieja máquina de escribir con las vocales dañadas. Dibujos copiados de tratados naturales, animales inventados, tallas asimétricas, máscaras de ébano emplumado. Luz menguante, lámpara de gas. Vestidos amarillos colgando en el armario. Poemas a medio escribir. Borradores de sueños inconexos.

Suenan pasos en la escalera. Madeja deshaciéndose lentamente en una caja de arpillera. Xenia por fin se quita las botas manchadas de nieve gris, deja colgar sus piernas de la cama, aprieta un gato de felpa, su pelo se seca como si acabara de salir de la pileta. Su madre le sube el té. Su lengua recuerda el granulado del azúcar de caña. Pequeños pasos de insectos gigantes recorren los tablones del suelo y de vez en cuando cruje una tubería atascada por el hielo. Mañana regresará su padre. Los monstruos de sus pesadillas se volverán a replegar y esconder tras los muros de sus oscuros castillos. Xenia mira el techo desde dónde cuelga la constelación de Andrómeda. Aldebarán empieza a refulgir en silencio en una de las esquinas. Pronto la oscuridad y el libro. Enciende la lámpara y el gas vuelve a fluir cansado. Es un bestiario medieval y oscuro, desde dónde la miran criaturas que nunca se parecieron a los monstruos de sus pesadillas. Estos siempre iban vestidos con sombrero. Su favorito es un unicornio tuerto que baja la cabeza entre los sauces, a la orilla de un río manso, de aguas color esmeralda. Transparencias. En las estanterías también hay cristales de diferentes colores, cristales sin más forma que la geometría caprichosa del tiempo, hexámetros rojos, cubos ligeramente ahumados, o simplemente cristales limpios que no aspiran más que a dejar pasar la luz que resta a la tarde, cada vez más miserable, más  impotente, ineficaz en su intento de hacer frente a la noche, de dar ser a las cosas, de perfilar sombras. Xenia cree que en esta habitación los perfiles de las sombras no tienen nada que ver con las figuras de los objetos que las emiten. Hay pequeñas variaciones en las dimensiones, en el dibujo, se añaden curvas que no existen, incluso hay objetos que emiten sombras de objetos que no le pertenecen, en un intento masivo, piensa ella, de volverla loca. Su padre le prometió que nunca sería encerrada en un frenopático, como solía amenazarla su madre constantemente por cualquier cosa, como por ir descalza, por ir desnuda, por comer pájaros. Su padre lo impediría.  Su padre le enseñó a leer. Y a boxear. Y a refugiarse en cuevas de la lluvia. Y a nadar en el mar. Y a cazar percebes y pulpos. Y cierta forma de cantar poemas. Y a navegar pese a las ausencias. Su madre entra despacio en el cuarto con el té negro con olor a especias entre las que se distingue la canela, la pimienta de sichuan y el coriandro. Humea en la oscuridad el té oscuro. Ella lo deja en la mesa. Su madre la mira un momento, como esperando algún tipo de respuesta a esa acción que se repite día tras día desde hacía un año. Todas las mujeres de la familia empiezan a tomar té a los trece años.  

Sorbe y planea lo que va a leer antes de dormirse, para eludir la pesadilla. Doce libros abiertos reposan en la mesa, cada uno haciendo de marcapáginas del siguiente. Algunas palabras se transfieren de un libro a otro sin que ella se dé cuenta. Las palabras no protegen de la noche. Torres de castillos en dónde corren riachuelos de sangre escaleras abajo. Sus pesadillas le llevan imágenes fugaces a la vigilia si se relaja. Su madre permanece tras la puerta escuchando los sorbos de té de Xenia. El médico no se atreve a diagnosticar ninguna enfermedad conocida. Peina con los dedos sus trenzas entreveradas con cintas color cúrcuma. No quiere que llegue la noche, pero sí la mañana. Elipsis sin sueños, sin gritos, sin manchas que se mueven en las paredes, sin música agria.

El padre empieza el regreso cuando ya no hay día. Espera la llegada del tren en una estación vacía y piensa en Xenia mientras fotografía los vagones metálicos de un expreso, entre voluminosas nubes de vapor iluminado. Sus pantalones están manchados de barro. Parece un emigrante sirio. Su maleta no cierra bien del todo. En esa fotografía no aparecerán más que unas líneas de luz. El hombre dejó atrás una guerra, una infancia, un paraguas olvidado en la plaza de los héroes de Budapest, mucha ropa raída, frases hechas, silencios jugosos, lentas aspiraciones frustradas, un trabajo de telegrafista. Por la abertura de la maleta sale la mano peluda de un oso de peluche que compró para Xenia en una tienda de juguetes del Passage Choiseul. Sus ojos reflejaban indefinida resignación de oso. Un grupo de gitanos permanece en silencio en el andén de enfrente, mirando al suelo, fumando con dedos casi negros. El tren llegará con retraso.

Xenia lee acerca de la extraña forma de ciertos batracios indonesios. También ojea un libro en croata de Ivo Andric, no entiende, pero repasa mentalmente los sonidos de cada sílaba para inventar una traducción improbable. Lee poemas de raquíticos. Sostiene al revés un tratado de arte de los pueblos nómadas. Va mezclando varias narraciones que tienen que ver con la guerra, el regreso y el padre. Juana de Arco la saluda desde la contraportada de un libro carmesí. Su vista se va tiñendo del color del ámbar. El cansancio vuelve tras el día pasado entre juegos, lecciones de aritmética y excursiones a la charca de Morel. Allí, cientos de ranas al unísono recitaron su declaración sobre los derechos del sexo. Ella saltó, lanzó piedras, cantó arias desconocidas de óperas venecianas, se arrastró bajo la cama en tres ocasiones para alcanzar su lapicera rebelde y gravitacional.  De ahí el cansancio, el peso de los párpados rugosos. Es de noche y el padre sube al tren.

Xenia sueña con su padre vibrando por el desnivel de las vías metálicas. Sus manos se transforman en árboles secos que tras la ventanilla van saludando al paso del tren con trémulas efusiones de afecto vegetal. En el interior del vagón todo es de madera y cuelga de una de las esquinas la misma telaraña que Xenia encontró por la mañana en una de las aulas abandonadas del colegio, en aquella en la que se refugia siempre que vienen a tirarla piedras. En el sueño, su padre está sentado junto a un hombre con una máscara africana. Su padre le pregunta si el pelo de la máscara es natural. El hombre con voz cavernosa contesta que el pelo perteneció a un equidna viejo. Pero que no tema, porque el número de equidnas que quedan en Australia es muy superior al que estima el gobierno. El tren vibra cada vez más, hasta que la violencia del movimiento corta la conversación. Afuera ahora sólo hay agua, el tren sumergido provoca en Xenia dormida angustia y deseo de despertar. Tarda quince segundos en hacerlo tras emitir un sonido sordo, como surgido en el abismo de las Marianas. Soñó muchas más cosas que no recordó y se hizo de día.

El sol entra entre las celosías con timidez de gato. Extraños presagios tiñen de amarga saliva su boca. Las sábanas derramadas en el suelo parecen un paracaídas maltrecho. Los libros de la mesa la llaman con un susurro de hojas. Huele a café recién molido. A través del astrolabio se escapa un rayo naranja. Las mariposas colgadas con alfileres se desperezan con leves temblores de alas. Las bailarinas de Matisse estiran pacientemente en la barra, frente al espejo. Aldebarán deja de brillar hasta la noche siguiente. Fortalecida por esta aparición de la luz imprevista, Xenia decide devolver todas las piedras que reciba. Afrontará la aritmética con signos de evidente superioridad por su familiaridad con el trece, con el siete y con el veinticinco. Se viste con lentitud, elige entre sus calcetines los más rojos. Salta para despojarse de las legañas y las escamas del sueño húmedo. Su madre la llama desde la cocina, abajo. Ella hace resonar las maderas de la escalera con sus pies poderosos. Antes de llegar a la cocina, llaman al timbre. Espera unos segundos ante la puerta antes de abrirla. Huele otra vez a galletas de jengibre y a pan de espelta y a vainilla desenvainada. Abre la puerta lentamente. Se deslumbra con el sol que brilla enfrente, a su misma altura. Al fin puede abrir los ojos, no hay nadie. Mira y a sus pies, junto al felpudo,  un oso grizzly de peluche la saluda con una sonrisa triste.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Años de instituto



Reparo boliches y letras de máquinas de escribir decrépitas.
Como cada media hora.
Levanto bulos sin que nadie se entere.
Trompeteo con bolígrafos huecos.
Rindo mis respetos a la insidia.
Comercio con latas.
El contenido de las latas es lo de menos.
A veces las abro y me como lo que llevan dentro.
Retuerzo el cuello y me estiro cada tres cuartos de hora.
Tengo un par de compañeros más gañanes que yo.
Ellos se lanzan gomas y suspiran a menudo.
El tiempo pasa como si fuera de plástico, es repugnante.
Rasco la superficie de las latas, pero no logro intuir lo que contienen.
Escribo números.
Los números falsean la realidad.
Los números no me dicen nada.
Me interesó siempre la egiptología, no se porqué no me fui a desenterrar pirámides a Nubia.
Cómo como loco.
Los huesos se resienten de tanto absurdo.
Los días están huecos como manzanas podridas pero los gusanos son buenos.
Hago listas de números, alguna vez los sumo.
Redacto cartas y albaranes y facturas

 y no son poemas, de eso estoy seguro.

domingo, 7 de mayo de 2017

La metamorfosis de Baucis y Filemón


No recuerdo el lugar o lugares concretos donde los vi, era en algún parque desnudo, invernal, vacío de gente y con suelo de charcos, bajo cielo plomizo o tal vez en una de esas veraniegas apoteosis verdes. Sería uno de esos parques o plazas de ciudad pequeña que contienen el milagro de una fuente. Allí vi como dos árboles, con aspecto esquelético invernal o con exuberancia de hojas, alargaban sus ramas enrevesadas para alcanzar las del árbol contiguo. Vi cómo se entrecruzaban mezclándose como en un laberinto sinuoso hasta casi no poder distinguir qué rama pertenecía a uno u otro árbol. Propenso como soy al antropomorfismo, fue inevitable imaginar esta lucha por el espacio y la luz como la figura de un abrazo, como la expresión de una unión intencionada que hacía pensar en alguna clase de amor vegetal. Tal vez eran plátanos de sombra, pero si se hubiera tratado de una encina y un tilo, tal vez hubiera encontrado a Baucis y Filemón.

Este mito contiene en germen maduro buena parte de los hitos fundacionales de la literatura universal. Está el mito bíblico del diluvio, compartido por muchas teogonías ancestrales, están elementos del cuento popular en el que la hospitalidad recibe premio, está el dios o rey que se pasea de incógnito entre los mortales o la plebe. Incluye un tratado sobre historia natural, por supuesto, es una historia de amor de una ternura que alivia las crueldades guerreras o enaltecedoras de la venganza de toda la literatura greco-romana. El perdón de los dioses al ganso no deja de contrastar con la lanza que late en el pecho desgarrado de los héroes de la Ilíada. En realidad, toda las metamorfosis son un compendio sensorial de altísima intensidad. También podría ser un recetario. A uno se le hace agua la boca pronunciando el listado de viandas que los viejos ofrecen a los dioses, lomo de cerdo ahumado, nueces y cuajadas incluidas, que amplía un poco la variedad gastronómica de los romanos a los que veíamos abocados a alimentarse únicamente con esa pestilencia de garo tan incompatible con las exquisiteces italianas actuales.

La Metamorfosis, como todo el mundo sabe, es una apología de la mudanza. Es Pitágoras, al final del libro, quien lo resume así, quien viene a observar que ningún ser humano permanece igual a sí mismo más de un par de segundos, que nuestras células se renuevan de continuo. No se sabe si es un consuelo último que incluye el que no desaparezcamos al morir, o es una traición a nuestras ínfulas de permanencia, a nuestras absurdas tendencias al acopio, a nuestra confianza conservadora. En cualquier caso, la idea deja un barniz de resignación. El inicio es la invitación a suspender la incredulidad más justificada que existe. “Todo lo que los dioses quieren se cumple” viene a ablandar un poco la rígida estabilidad de las leyes naturales, esa resabiada propensión matemática que algunos llaman destino y que viene a ser una reducción frugal de la libertad pura, de esa clase de libertad que posibilita la literatura fantástica y la religión. Entramos en la paradoja romano-griega que permite convivir una concepción científica del mundo estable y racional con las Erinias y Bacantes. Las paradojas de la mecánica cuántica parece ser que vienen a reforzar una idea del mundo que cuadra mejor con la existencia de estas últimas que con las leyes universales de Newton. Dionisio va ganando la batalla a Apolo, o al menos parece que la explicación de la naturaleza tiende a unificar ambas miradas.

Por otro lado, hay que evitar la tentación de convertir la metamorfosis en un tratado moral. Es incierto que las transformaciones se puedan asimilar a castigos divinos. A veces, como con Baucis y Filemón, son compensaciones tardías o meros mecanismos naturales. También, como Borges pedía al poeta Caedmon, pueden ser un canto al origen de todas las cosas. Las didácticas fábulas para niños con moraleja han hecho mucho daño a la literatura. De hecho, reducir esta historia al premio que los dioses conceden a los viejos por su hospitalidad es absurdo. Ellos se salvan del diluvio, pero tan sólo para morir tranquilos transformados en árbol. El sacerdocio es un trabajo añadido. Aquí el único que sale ganando es el ganso. En realidad, los dioses griegos o romanos son todo menos seres éticos o benéficos. Su arbitrariedad los define, así como su lujuria, egoísmo y crueldad tanto como su belleza pergeñada en mármol. Es esta falta de justicia la que los hace verídicos, la que convierte la mitología en valioso filtro de la vida. La naturaleza no tiene tampoco piedad de sus criaturas. El azar, la arbitrariedad de los dioses, están omnipresentes. Esto, creo que pensaban los griegos que se andaban con mitologías, nos debería proporcionar consuelo. Nos libera de obligaciones, solo nos queda dejarnos hacer. Uno no se construye su propio destino. A los existencialistas no sé si le gustan las metamorfosis. Son una invitación a claudicar, si no fueran literatura.


El diluvio como castigo divino, viene a ser, desde el Génesis, un tópico fatalista. El agua arrasa y purifica. Viejas huellas genéticas de catástrofes prehistóricas. El relato de Ovidio añade una precisa nota faunística en las marismas que quedan tras el desastre: aparecen somorgujos y lacustres fúlicas. Estas son las gallinetas o las fochas. Comparten su gusto por vivir en el agua con la oscuridad de sus plumajes. Son aves más bien tristes y transmiten la sensación de frío húmedo en los huesos, te llevan a una charca con niebla y juncos, temiblemente quieta. El tópico circular de la conservación de la materia en la naturaleza deviene en un catálogo botánico y bestiario que incluye seres, como los centauros y las hidras, que apenas provocan más perplejidad que los más comunes árboles, flores y pájaros en la aceptada esencia verosímil de los mitos, ya habiten en nuestros cercanos parques o en las atroces pesadillas. El carácter onírico de todas las metamorfosis es evidente. Parecen surgidas de ese auténtico Hades que es nuestro subconsciente. Esos cambios progresivos descritos con maestría narrativa remiten, por ejemplo, a las ilustraciones de Otro mundo de Jean Ignace Grandville, quien dibujó mutaciones de objetos que derivan en siluetas y finalmente en figuras humanas y que intentan describir la extraña mecánica de la fabricación de sueños, los “somnia” que Ovidio situaba en el país de los cimerios y a los que comparaba, por su multitud, con las hojas de las frondosas selvas, como las hojas entrelazadas de Baucis y Filemón que probablemente soñarán el mismo sueño.  

viernes, 14 de abril de 2017

Biografía de Heimberger



Heimberger decoró su cabaña con unas flores muertas que le recordaban siempre que no escribía más que estupideces transcendentales. También tenía una ardilla disecada, un volumen de San Ambrosio, un lento reloj que siempre daba la hora exacta de Zimbabwe. Heimberger era un filósofo al que le hubiera gustado nacer antes y ser considerado entre los presocráticos. Eso de que era un filósofo lo decían todos, pero era la única cosa de la que él no estaba muy convencido. A veces se levantaba por la mañana, se miraba en el espejo y se decía, todo serio, que era un descifrador de jeroglíficos. Su vanidad no tenía límites. Escribía por eso. Para darse a conocer con cosas complejas que le permitieran definirse, sobre todo, como alguien que siempre anda cavilando abstracciones absurdas en su cabezota, alguien al que no se le puede molestar cuando está ensimismado. Heimberger, también, solía pasarse las horas muertas coleccionando tapones de botellas de gaseosa. Hay muchos datos en su biografía oculta que explican el por qué de sus filosofías y de sus arrebatos y de sus absurdas ideas sobre las escolopendras. Muchos de sus coqueteos con los nazis tenían su origen en esa afición por lo tapones y por las escolopendras. Pocos entienden que en el fondo, lo que él quería conseguir, sin compasión alguna, es meter en botellas cerradas a las escolopendras, que en el fondo le gustaban pero que le daban miedo porque de pequeño, en un descuido, una de ellas se paseó por su brazo mientras dormía impunemente. Él ni se dio cuenta de ese hecho trascendental hasta muchos años después, su madre, inconsciente, se lo contó en una mañana de agosto. Si hubiera sido en enero otro gallo hubiera cantado.

Heimberger solía pasarse las mañanas de invierno leyendo, escuchando precisamente el canto de su gallo de crencha roja cobriza. El animal siempre se apoyaba en el último tablón de la verja, como si fuera una especie de gallina venida a menos, porque estaba siempre cansado. Observar al plumífero le servía a Heimberger para concretizar ciertas revelaciones que de vez en cuando le llegaban en mitad de un sueño vacío. El gallo, con voz demasiado humana, se le aparecía en sueños hablando y en una ocasión vino a decirle algo así como que el ser y el tiempo y la existencia, todo, viene a ser, si os dais cuenta, una especie de engaño: lo fundamental, para el metafísico moderno, es pensar en la Moira. La Moira unos la consideraban sinónimo de muerte, otros de destino. Heimberger se decantó, tras su conversación con el gallo, por identificar a la Moira con la Muerte. Las dos empiezan con M. Y fue así que se volvió pesimista y oscuro y se vistió siempre con calcetines negros. Comía excrecencias de sepia. Andaba entre las sombras por valles tenebrosos, al anochecer de los días nublados. Casaba bien este estilismo con su profesión de filósofo presocrático. Sin embargo, la cosa no quedó ahí.


Un día llamaron a la puerta de la granja. Se dejaron de escuchar los cencerros y a la mitad de las gallinas se les escapó un huevo. Era mediodía y Heimberger estaba soñando uno de esos sueños de las siestas, tan atroces. Al escuchar el golpeteo musical de la puerta salió, de entre su enmarañada barba, una exclamación de sorpresa que nada tenía que ver con sus habituales silogismos. Se levantó pesadamente y no encontró las pantuflas ni los calcetines negros. Con los pies desnudos y fríos se encaminó a la entrada, temeroso a pesar de que sabía perfectamente que los licántropos entran a las casas sin llamar antes. Abrió la crujiente puerta con lentitud antediluviana. En el umbral, expectante y alegre, había una mujer vestida con el típico y ancestral vestido bávaro, tan propicio a la excitación veraniega. Varios pelos del hirsuto filósofo se le desprendieron del rostro nada más verla. Ella se presentó con un simple, hola, soy Moira. Venía por si le interesaba dar un paseo por el sendero de los rododendros. Veo que usted pasa mucho tiempo encerrado en esta casa y eso no es bueno. El discurso de Moira estaba bien hilado, era profundo a la par de sensible. Heimberger procastinó su respuesta porque no le quedaba otra, pero al final caminaron por el sendero de rododendros, el cual ese día estaba cuajado de escarcha. Después se despidieron en una bifurcación y se emplazaron para repetir el paseo al día siguiente. Ella simplemente dijo: ¿volvemos mañana?. Heimberger siempre había tenido la boca llena de palabras inútiles. Las usaba cuando ya no había más remedio. Las pronunciaba mal y escupía. Había que mantenerse a una distancia considerable de él, si no querías acabar empapado y por eso, siempre, tenía que acabar callado. La saliva es un líquido propenso a portar virus. El caso es que las palabras y la saliva, en su boca, se confundían y la vida de unas afectaba a la otra. Sus palabras eras más que nada líquidas, fluían bien, pero era difícil el retenerlas en la memoria. Hasta que contestó aquello. Moira se le quedó mirando, con cara pasmada y a punto casi de romper a llorar. ¿De verdad ha dicho que...? Sí, dijo que de acuerdo. Las consecuencias no pudieron ser más funestas para la historia de la filosofía. Era evidente que a partir de ahora, los silogismos quedarían postergados indefinidamente. Heimberger se puso a dar de comer a las gallinas. Se puso unos calcetines blancos, de deporte, con agujero para el dedo gordo. Sonrió. Finalmente, antes de ponerse a cenar, descorchó una botella y dejó escapar la escolopendra hacia un destino indescifrable. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Serendipia



Aquel tipejo estaba poco habituado a tener buena suerte, tenía una idea de la vida en general bastante pesimista, y tras numerosos fracasos encadenados, la publicación de su primer libro de poemas fue un acontecimiento que vino a trastornarle más que todos los infortunios a los que estaba acostumbrado. Fue poco después de que el libro saliera al mercado, como se suele decir, por curiosidad, cuando inició una concienzuda búsqueda de los ejemplares de su opera prima por todas las librerías de la ciudad, con escaso éxito. Pensaba ya que el editor le había tomado el pelo cuando descubrió, como una aguja en un pajar, un volumen de su obra en la mayor librería del centro. No estaba en la sección de novedades. Ni en la de libros más vendidos. Ni siquiera en las ofertas. Estaba en el pequeño estante de poesía, en el sótano, en medio de una luz mediocre, detrás de la sección de jardinería, cerca de la salida de emergencia, tras sortear varios bloques de enciclopedias, al lado de unos servicios clausurados por avería. Emocionado, se apostó detrás de una columna y esperó a ver si alguien compraba su libro, también por curiosidad, suponemos. Era un poeta vanidoso, para que nos vamos a engañar y como a todos los poetas, le sobraba el tiempo. Esperó mucho, día tras día, durante semanas. Pudo comprobar la variedad de especímenes que constituyen la secta de los compradores de libros de poemas.

Eran del tipo de ese señor que se acercó un lunes por la mañana, con una legaña colgando, trajeado, con aire de profesor jubilado, que dilató la mañana removiendo y hojeando legajos con tal velocidad que parecía un crupier borracho. No se llevó nada, ni tocó su libro. O como aquella mujer con las ideas tan claras, que llegó directa hasta un volumen de Neruda, lo escondió debajo de un brazo y voló rápido hasta la caja como si fuera una vergüenza que alguien la descubriera leyendo a Neruda en estos tiempos. Luego estaban los estudiantes, que al poeta le despertaban una especie de irritación incontrolable que se manifestaba en un tic de su ceja. Venían a por libros de lectura obligatoria de la escuela. Los cogían con los dedos en forma de pinzas, como si olieran mal, haciendo una mueca de fastidio por tener que pagar por eso. Aunque también había chavales que venían al estante por propia voluntad, guiados por la mera intención de leer algo nuevo, y que se iban sin nada, con cara de lástima, a uno casi el poeta le da diez euros para que se llevara la antología que tanto había manoseado. Hubo gente de lo más variopinta. Hubo un japonés estudiante de español que se llevó una antología en gallego. Hubo un auténtico aficionado a la poesía que babeaba como el perro de Pavlov cada vez que se acercaba un volumen a la nariz. Hubo un economista que se quejó de que esos libros tuvieran tanto papel desaprovechado, quejándose de uno que sólo tenía un haikú por página. Hubo una niña de tres años que se quedó prendada de un artefacto de Nicanor Parra.

Después de una semana el poeta fue haciéndose con las caras de los clientes más habituales de la librería y de la recóndita sección. Como ese tipo raro con gabardina, sombrero, bigote y gafas que se parecía tanto a Pessoa. Cuando se llevó un libro de Pessoa, el espía supo que efectivamente era Pessoa. No le sorprendió lo más mínimo. O aquel viejo de pelo brillante, metódico con los libros, descuidado con su aspecto, con un paraguas medio abierto, que alzaba la vista por encima de las gafas y que cada día compraba un libro, elegido por estricto orden alfabético. Iba por la B de Benedetti. El apellido del poeta espía empezaba por Z. También venía a menudo el lector de poesía underground, desmañado y pobre. El lector de poesía nihilista con cara de perro, aficionado a las vanguardias pasadas de moda. O el lector de poesía ladrón, que llegaba con un cuaderno y copiaba poemas mirando a un lado y otro creyendo que nadie le veía. Ni siquiera este se dignó a hojear su libro. El que más se acercó fue uno de pelo blanco y mirada perdida, vestido como para un safari, que se acercó a su libro y casi lo ve, pero que se fue por donde vino al darse cuenta de que aquello no era la sección de pesca de la librería, confundido por un pez globo que ilustraba la portada, incomprensiblemente, de un libro de Oliverio Girondo.


Empezó a pensar que su libro no se vendería. Se dio cuenta de que esa pretensión era una tontería, que lo importante era que le habían publicado un libro, que su obra era buena aunque nadie la leyera, pensó en los buenos y tremebundos momentos pasados escribiéndolo. Ya se disponía a abandonar para siempre la librería cuando ella entró, como deslizándose con un vestido azul, mientras al poeta se daba de bruces contra la columna al volver a esconderse. La verdad es que era guapa. Y tomó y hojeó varios libros hasta llegar a la Z. Se produjo un silencio, se oyó redoblar tambores, bueno, él oyó redoblar tambores y como si recogiera un pañuelo caído, ella tomó su libro entre las manos, lo hojeó, pasó delicadamente sus páginas, sonrió cómplice. Se disponía a llevárselo cuando el poeta salió de detrás de la columna, se abalanzó sobre ella, se lo quitó de las manos y lo devolvió al estante, mientras ella retrocedía asustada. La echó de malas maneras. El motivo de esta violenta reacción solo la sabe él. Quizás quería que el libro se quedara allí para siempre, para tenerle vigilado.