viernes, 14 de abril de 2017

Biografía de Heimberger



Heimberger decoró su cabaña con unas flores muertas que le recordaban siempre que no escribía más que estupideces transcendentales. También tenía una ardilla disecada, un volumen de San Ambrosio, un lento reloj que siempre daba la hora exacta de Zimbabwe. Heimberger era un filósofo al que le hubiera gustado nacer antes y ser considerado entre los presocráticos. Eso de que era un filósofo lo decían todos, pero era la única cosa de la que él no estaba muy convencido. A veces se levantaba por la mañana, se miraba en el espejo y se decía, todo serio, que era un descifrador de jeroglíficos. Su vanidad no tenía límites. Escribía por eso. Para darse a conocer con cosas complejas que le permitieran definirse, sobre todo, como alguien que siempre anda cavilando abstracciones absurdas en su cabezota, alguien al que no se le puede molestar cuando está ensimismado. Heimberger, también, solía pasarse las horas muertas coleccionando tapones de botellas de gaseosa. Hay muchos datos en su biografía oculta que explican el por qué de sus filosofías y de sus arrebatos y de sus absurdas ideas sobre las escolopendras. Muchos de sus coqueteos con los nazis tenían su origen en esa afición por lo tapones y por las escolopendras. Pocos entienden que en el fondo, lo que él quería conseguir, sin compasión alguna, es meter en botellas cerradas a las escolopendras, que en el fondo le gustaban pero que le daban miedo porque de pequeño, en un descuido, una de ellas se paseó por su brazo mientras dormía impunemente. Él ni se dio cuenta de ese hecho trascendental hasta muchos años después, su madre, inconsciente, se lo contó en una mañana de agosto. Si hubiera sido en enero otro gallo hubiera cantado.

Heimberger solía pasarse las mañanas de invierno leyendo, escuchando precisamente el canto de su gallo de crencha roja cobriza. El animal siempre se apoyaba en el último tablón de la verja, como si fuera una especie de gallina venida a menos, porque estaba siempre cansado. Observar al plumífero le servía a Heimberger para concretizar ciertas revelaciones que de vez en cuando le llegaban en mitad de un sueño vacío. El gallo, con voz demasiado humana, se le aparecía en sueños hablando y en una ocasión vino a decirle algo así como que el ser y el tiempo y la existencia, todo, viene a ser, si os dais cuenta, una especie de engaño: lo fundamental, para el metafísico moderno, es pensar en la Moira. La Moira unos la consideraban sinónimo de muerte, otros de destino. Heimberger se decantó, tras su conversación con el gallo, por identificar a la Moira con la Muerte. Las dos empiezan con M. Y fue así que se volvió pesimista y oscuro y se vistió siempre con calcetines negros. Comía excrecencias de sepia. Andaba entre las sombras por valles tenebrosos, al anochecer de los días nublados. Casaba bien este estilismo con su profesión de filósofo presocrático. Sin embargo, la cosa no quedó ahí.


Un día llamaron a la puerta de la granja. Se dejaron de escuchar los cencerros y a la mitad de las gallinas se les escapó un huevo. Era mediodía y Heimberger estaba soñando uno de esos sueños de las siestas, tan atroces. Al escuchar el golpeteo musical de la puerta salió, de entre su enmarañada barba, una exclamación de sorpresa que nada tenía que ver con sus habituales silogismos. Se levantó pesadamente y no encontró las pantuflas ni los calcetines negros. Con los pies desnudos y fríos se encaminó a la entrada, temeroso a pesar de que sabía perfectamente que los licántropos entran a las casas sin llamar antes. Abrió la crujiente puerta con lentitud antediluviana. En el umbral, expectante y alegre, había una mujer vestida con el típico y ancestral vestido bávaro, tan propicio a la excitación veraniega. Varios pelos del hirsuto filósofo se le desprendieron del rostro nada más verla. Ella se presentó con un simple, hola, soy Moira. Venía por si le interesaba dar un paseo por el sendero de los rododendros. Veo que usted pasa mucho tiempo encerrado en esta casa y eso no es bueno. El discurso de Moira estaba bien hilado, era profundo a la par de sensible. Heimberger procastinó su respuesta porque no le quedaba otra, pero al final caminaron por el sendero de rododendros, el cual ese día estaba cuajado de escarcha. Después se despidieron en una bifurcación y se emplazaron para repetir el paseo al día siguiente. Ella simplemente dijo: ¿volvemos mañana?. Heimberger siempre había tenido la boca llena de palabras inútiles. Las usaba cuando ya no había más remedio. Las pronunciaba mal y escupía. Había que mantenerse a una distancia considerable de él, si no querías acabar empapado y por eso, siempre, tenía que acabar callado. La saliva es un líquido propenso a portar virus. El caso es que las palabras y la saliva, en su boca, se confundían y la vida de unas afectaba a la otra. Sus palabras eras más que nada líquidas, fluían bien, pero era difícil el retenerlas en la memoria. Hasta que contestó aquello. Moira se le quedó mirando, con cara pasmada y a punto casi de romper a llorar. ¿De verdad ha dicho que...? Sí, dijo que de acuerdo. Las consecuencias no pudieron ser más funestas para la historia de la filosofía. Era evidente que a partir de ahora, los silogismos quedarían postergados indefinidamente. Heimberger se puso a dar de comer a las gallinas. Se puso unos calcetines blancos, de deporte, con agujero para el dedo gordo. Sonrió. Finalmente, antes de ponerse a cenar, descorchó una botella y dejó escapar la escolopendra hacia un destino indescifrable. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Serendipia



Aquel tipejo estaba poco habituado a tener buena suerte, tenía una idea de la vida en general bastante pesimista, y tras numerosos fracasos encadenados, la publicación de su primer libro de poemas fue un acontecimiento que vino a trastornarle más que todos los infortunios a los que estaba acostumbrado. Fue poco después de que el libro saliera al mercado, como se suele decir, por curiosidad, cuando inició una concienzuda búsqueda de los ejemplares de su opera prima por todas las librerías de la ciudad, con escaso éxito. Pensaba ya que el editor le había tomado el pelo cuando descubrió, como una aguja en un pajar, un volumen de su obra en la mayor librería del centro. No estaba en la sección de novedades. Ni en la de libros más vendidos. Ni siquiera en las ofertas. Estaba en el pequeño estante de poesía, en el sótano, en medio de una luz mediocre, detrás de la sección de jardinería, cerca de la salida de emergencia, tras sortear varios bloques de enciclopedias, al lado de unos servicios clausurados por avería. Emocionado, se apostó detrás de una columna y esperó a ver si alguien compraba su libro, también por curiosidad, suponemos. Era un poeta vanidoso, para que nos vamos a engañar y como a todos los poetas, le sobraba el tiempo. Esperó mucho, día tras día, durante semanas. Pudo comprobar la variedad de especímenes que constituyen la secta de los compradores de libros de poemas.

Eran del tipo de ese señor que se acercó un lunes por la mañana, con una legaña colgando, trajeado, con aire de profesor jubilado, que dilató la mañana removiendo y hojeando legajos con tal velocidad que parecía un crupier borracho. No se llevó nada, ni tocó su libro. O como aquella mujer con las ideas tan claras, que llegó directa hasta un volumen de Neruda, lo escondió debajo de un brazo y voló rápido hasta la caja como si fuera una vergüenza que alguien la descubriera leyendo a Neruda en estos tiempos. Luego estaban los estudiantes, que al poeta le despertaban una especie de irritación incontrolable que se manifestaba en un tic de su ceja. Venían a por libros de lectura obligatoria de la escuela. Los cogían con los dedos en forma de pinzas, como si olieran mal, haciendo una mueca de fastidio por tener que pagar por eso. Aunque también había chavales que venían al estante por propia voluntad, guiados por la mera intención de leer algo nuevo, y que se iban sin nada, con cara de lástima, a uno casi el poeta le da diez euros para que se llevara la antología que tanto había manoseado. Hubo gente de lo más variopinta. Hubo un japonés estudiante de español que se llevó una antología en gallego. Hubo un auténtico aficionado a la poesía que babeaba como el perro de Pavlov cada vez que se acercaba un volumen a la nariz. Hubo un economista que se quejó de que esos libros tuvieran tanto papel desaprovechado, quejándose de uno que sólo tenía un haikú por página. Hubo una niña de tres años que se quedó prendada de un artefacto de Nicanor Parra.

Después de una semana el poeta fue haciéndose con las caras de los clientes más habituales de la librería y de la recóndita sección. Como ese tipo raro con gabardina, sombrero, bigote y gafas que se parecía tanto a Pessoa. Cuando se llevó un libro de Pessoa, el espía supo que efectivamente era Pessoa. No le sorprendió lo más mínimo. O aquel viejo de pelo brillante, metódico con los libros, descuidado con su aspecto, con un paraguas medio abierto, que alzaba la vista por encima de las gafas y que cada día compraba un libro, elegido por estricto orden alfabético. Iba por la B de Benedetti. El apellido del poeta espía empezaba por Z. También venía a menudo el lector de poesía underground, desmañado y pobre. El lector de poesía nihilista con cara de perro, aficionado a las vanguardias pasadas de moda. O el lector de poesía ladrón, que llegaba con un cuaderno y copiaba poemas mirando a un lado y otro creyendo que nadie le veía. Ni siquiera este se dignó a hojear su libro. El que más se acercó fue uno de pelo blanco y mirada perdida, vestido como para un safari, que se acercó a su libro y casi lo ve, pero que se fue por donde vino al darse cuenta de que aquello no era la sección de pesca de la librería, confundido por un pez globo que ilustraba la portada, incomprensiblemente, de un libro de Oliverio Girondo.


Empezó a pensar que su libro no se vendería. Se dio cuenta de que esa pretensión era una tontería, que lo importante era que le habían publicado un libro, que su obra era buena aunque nadie la leyera, pensó en los buenos y tremebundos momentos pasados escribiéndolo. Ya se disponía a abandonar para siempre la librería cuando ella entró, como deslizándose con un vestido azul, mientras al poeta se daba de bruces contra la columna al volver a esconderse. La verdad es que era guapa. Y tomó y hojeó varios libros hasta llegar a la Z. Se produjo un silencio, se oyó redoblar tambores, bueno, él oyó redoblar tambores y como si recogiera un pañuelo caído, ella tomó su libro entre las manos, lo hojeó, pasó delicadamente sus páginas, sonrió cómplice. Se disponía a llevárselo cuando el poeta salió de detrás de la columna, se abalanzó sobre ella, se lo quitó de las manos y lo devolvió al estante, mientras ella retrocedía asustada. La echó de malas maneras. El motivo de esta violenta reacción solo la sabe él. Quizás quería que el libro se quedara allí para siempre, para tenerle vigilado.