domingo, 26 de marzo de 2017

Serendipia



Aquel tipejo estaba poco habituado a tener buena suerte, tenía una idea de la vida en general bastante pesimista, y tras numerosos fracasos encadenados, la publicación de su primer libro de poemas fue un acontecimiento que vino a trastornarle más que todos los infortunios a los que estaba acostumbrado. Fue poco después de que el libro saliera al mercado, como se suele decir, por curiosidad, cuando inició una concienzuda búsqueda de los ejemplares de su opera prima por todas las librerías de la ciudad, con escaso éxito. Pensaba ya que el editor le había tomado el pelo cuando descubrió, como una aguja en un pajar, un volumen de su obra en la mayor librería del centro. No estaba en la sección de novedades. Ni en la de libros más vendidos. Ni siquiera en las ofertas. Estaba en el pequeño estante de poesía, en el sótano, en medio de una luz mediocre, detrás de la sección de jardinería, cerca de la salida de emergencia, tras sortear varios bloques de enciclopedias, al lado de unos servicios clausurados por avería. Emocionado, se apostó detrás de una columna y esperó a ver si alguien compraba su libro, también por curiosidad, suponemos. Era un poeta vanidoso, para que nos vamos a engañar y como a todos los poetas, le sobraba el tiempo. Esperó mucho, día tras día, durante semanas. Pudo comprobar la variedad de especímenes que constituyen la secta de los compradores de libros de poemas.

Eran del tipo de ese señor que se acercó un lunes por la mañana, con una legaña colgando, trajeado, con aire de profesor jubilado, que dilató la mañana removiendo y hojeando legajos con tal velocidad que parecía un crupier borracho. No se llevó nada, ni tocó su libro. O como aquella mujer con las ideas tan claras, que llegó directa hasta un volumen de Neruda, lo escondió debajo de un brazo y voló rápido hasta la caja como si fuera una vergüenza que alguien la descubriera leyendo a Neruda en estos tiempos. Luego estaban los estudiantes, que al poeta le despertaban una especie de irritación incontrolable que se manifestaba en un tic de su ceja. Venían a por libros de lectura obligatoria de la escuela. Los cogían con los dedos en forma de pinzas, como si olieran mal, haciendo una mueca de fastidio por tener que pagar por eso. Aunque también había chavales que venían al estante por propia voluntad, guiados por la mera intención de leer algo nuevo, y que se iban sin nada, con cara de lástima, a uno casi el poeta le da diez euros para que se llevara la antología que tanto había manoseado. Hubo gente de lo más variopinta. Hubo un japonés estudiante de español que se llevó una antología en gallego. Hubo un auténtico aficionado a la poesía que babeaba como el perro de Pavlov cada vez que se acercaba un volumen a la nariz. Hubo un economista que se quejó de que esos libros tuvieran tanto papel desaprovechado, quejándose de uno que sólo tenía un haikú por página. Hubo una niña de tres años que se quedó prendada de un artefacto de Nicanor Parra.

Después de una semana el poeta fue haciéndose con las caras de los clientes más habituales de la librería y de la recóndita sección. Como ese tipo raro con gabardina, sombrero, bigote y gafas que se parecía tanto a Pessoa. Cuando se llevó un libro de Pessoa, el espía supo que efectivamente era Pessoa. No le sorprendió lo más mínimo. O aquel viejo de pelo brillante, metódico con los libros, descuidado con su aspecto, con un paraguas medio abierto, que alzaba la vista por encima de las gafas y que cada día compraba un libro, elegido por estricto orden alfabético. Iba por la B de Benedetti. El apellido del poeta espía empezaba por Z. También venía a menudo el lector de poesía underground, desmañado y pobre. El lector de poesía nihilista con cara de perro, aficionado a las vanguardias pasadas de moda. O el lector de poesía ladrón, que llegaba con un cuaderno y copiaba poemas mirando a un lado y otro creyendo que nadie le veía. Ni siquiera este se dignó a hojear su libro. El que más se acercó fue uno de pelo blanco y mirada perdida, vestido como para un safari, que se acercó a su libro y casi lo ve, pero que se fue por donde vino al darse cuenta de que aquello no era la sección de pesca de la librería, confundido por un pez globo que ilustraba la portada, incomprensiblemente, de un libro de Oliverio Girondo.


Empezó a pensar que su libro no se vendería. Se dio cuenta de que esa pretensión era una tontería, que lo importante era que le habían publicado un libro, que su obra era buena aunque nadie la leyera, pensó en los buenos y tremebundos momentos pasados escribiéndolo. Ya se disponía a abandonar para siempre la librería cuando ella entró, como deslizándose con un vestido azul, mientras al poeta se daba de bruces contra la columna al volver a esconderse. La verdad es que era guapa. Y tomó y hojeó varios libros hasta llegar a la Z. Se produjo un silencio, se oyó redoblar tambores, bueno, él oyó redoblar tambores y como si recogiera un pañuelo caído, ella tomó su libro entre las manos, lo hojeó, pasó delicadamente sus páginas, sonrió cómplice. Se disponía a llevárselo cuando el poeta salió de detrás de la columna, se abalanzó sobre ella, se lo quitó de las manos y lo devolvió al estante, mientras ella retrocedía asustada. La echó de malas maneras. El motivo de esta violenta reacción solo la sabe él. Quizás quería que el libro se quedara allí para siempre, para tenerle vigilado.