miércoles, 10 de mayo de 2017

Años de instituto



Reparo boliches y letras de máquinas de escribir decrépitas.
Como cada media hora.
Levanto bulos sin que nadie se entere.
Trompeteo con bolígrafos huecos.
Rindo mis respetos a la insidia.
Comercio con latas.
El contenido de las latas es lo de menos.
A veces las abro y me como lo que llevan dentro.
Retuerzo el cuello y me estiro cada tres cuartos de hora.
Tengo un par de compañeros más gañanes que yo.
Ellos se lanzan gomas y suspiran a menudo.
El tiempo pasa como si fuera de plástico, es repugnante.
Rasco la superficie de las latas, pero no logro intuir lo que contienen.
Escribo números.
Los números falsean la realidad.
Los números no me dicen nada.
Me interesó siempre la egiptología, no se porqué no me fui a desenterrar pirámides a Nubia.
Cómo como loco.
Los huesos se resienten de tanto absurdo.
Los días están huecos como manzanas podridas pero los gusanos son buenos.
Hago listas de números, alguna vez los sumo.
Redacto cartas y albaranes y facturas

 y no son poemas, de eso estoy seguro.

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