lunes, 19 de octubre de 2020

Susto reciente


 

Hace cuatro horas que el gran abejorro negro se puso a perseguirla, como siempre, no por ningún tipo de aversión ni nada parecido, solo porque el abejorro negro quería estar con ella a pesar de que, es evidente, no es ningún tipo de flor ni contiene polen, sino tan solo palabras que eleva al viento, eso sí, como si fueran un gran diente de león desliándose.

 

El abejorro la persiguió susurrando palabras y aliteraciones con ese; ella, desesperada y feliz, por fin se refugió en casa. El abejorro, sin embargo, fue rápido y llegó a tiempo para que la puerta se cerrara tras él. Zumbaba con eco. Minutos más tarde podrían haber llegado las visitas de gente pobre, o una carta con o sin remite. En cambio, poco después, llegó un regalo mohicano, chispa y halcón. El abejorro huyó o se escondió en algún armario, para practicar nuevas danzas o melancólicamente recordando algún panal. Mientras, el regalo duerme, con los puños cerrados, esperando que las puntuales luces traspasen la persiana.

jueves, 7 de noviembre de 2019

El púrpura y la luna



Antes de que Juba, rey de Mauritania, enviase una expedición a las Islas Púrpura en busca de los antiguos secretos de los fenicios, su mujer, la reina Cleopatra Selene, se desnudó. Estaban en medio del silencio de palacio. Había, eso sí, el rumor de una fuente. Pero el silbido de los vestidos de seda cayendo alarmaron a la guardia que, al otro lado de los muros, sintieron la amenaza de una serpiente. También se escuchó el corazón del rey batiendo sus costillas. Cleopatra Selene le hizo entender con este gesto que había otras prioridades en el reino, más relacionadas con el futuro que con el presente de los caracoles de Tiro.  Más tarde, Juba, sólo en su gabinete, empezó a escribir otro tratado de gramática. 

viernes, 18 de octubre de 2019

Vigilante, ¿qué hay de la noche?



Desde hace siglos, los caminantes nocturnos han sido objeto de innumerables censuras por parte del resto de población circulante. El mero hecho de usar los pies en vez de otros más mecánicos procesos, incluso durante las húmedas horas lunáticas, lleva a muchos caminantes a recorrer las calles con ciertas reservas debido a lo precario de su prestigio. Sin embargo, está probado que nadie piensa si no anda. El mecanismo del cerebro es simple, aunque desconocido. Lo único que podemos inferir es que  se requiere el girar de las moviolas o el pedaleo frenético de los ciclistas, o en su defecto, el caminar nocturno, como mecanismo moderno para propiciar el más sutil origen del pensamiento dentro de esa nuez pequeña y maltrecha que es el cerebro. El andar ha de ser constante, para crear ideas que valgan la pena. Ya los grandes peripatéticos vinieron a descubrir tan obvia relación, que hasta hoy no ha servido para que muchos filósofos difusos evitaran caer en las más extremas sequías creativas porque pretendían pensar sus sistemas sentados en el cómodo sitial de sus oscuras y humeantes chambres a coucher. Por todo ello, yo ando. En mi caso es más fácil porque tengo cuatro patas. Ando bajo las farolas, con ella, después, pienso. Vamos a todas partes, ¡hacia los azarosos laberintos cognitivos incluso! (La luna, seguro, tiene que ver algo con todo este procedimiento)

Photo: Bruce Davidson

jueves, 17 de octubre de 2019

Donne y las cajas


Poco se habla de los materiales con los que se ensamblan los féretros o ataúdes, mejor llamados, con cierta aspiración a eufemismo, “cajas”. (Cajas portadoras de personas que ya no necesitan respirar, y que, por lo tanto, pueden estar cerradas herméticamente todo lo que se desee sin perjuicio del contenido.) Al margen de ningún interés por el negocio de las pompas fúnebres actual, hay que recordar que en tiempos del rey Jacobo, sucesor más o menos de la Isabel de Shakespeare, se solía utilizar en Inglaterra preferiblemente, al parecer, la madera de abeto. Cuantos abetos se podían talar en la isla en aquel tiempo se desconoce. El caso es que la madera de abeto tiene ciertas cualidades, como casi todas, entre otras, su resistencia a la humedad. Es inevitable pensar que la humedad es una gran enemiga de los cadáveres que quieren persistir en su forma. El hecho de que se utilice esta madera también para los instrumentos musicales no viene al caso. El caso es que las cajas se hacían de madera de abeto. John Donne, poeta metafísico, pero rico en metáforas muy físicas, experto en el arte de poetizar sobre Dios y en la adulación postrera de damas de la Corte, escribió el siguiente verso, traducido por Cacciarolo Trejo, metaforista profesional como suelen ser los chilenos:  “y el árbol que envuelve ese cristal en tumba de madera, será un abeto rejuvenecido” El cadáver es cristal porque pertenecía a una dama, como decíamos, a la que había que ponderar en su pureza, pero es más bonita aún si cabe esa expresión del “abeto rejuvenecido” que remite necesariamente a la resurrección en estado de dispersión: resucita el cuerpo y la madera de la caja, por añadidura. Vuelve a su origen de árbol, de árbol además de pocos años y, por lo tanto, nos lo imaginamos, de profusa y afilada copa, cosa de la que nos alegraríamos porque nos gustan los árboles, y bastante. Donne era todo un comandante en jefe del ingenio.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Protección




Viene a establecerse de nuevo un pacto
No escrito, no leído, no pensado
Entre las diversas especies de microbios
(pequeños, medianos, sinceros, arborescentes)
Para evitar en lo sucesivo
Si el tiempo lo permite
Que sus sucias antenas mancillen
El letargo de la doncella clarividente


Photo: Emmet Gowin

lunes, 19 de febrero de 2018

Superioridad de la búsqueda de palabras en diccionarios formato papel



(Avalado por la neurociencia, por la pedagogía y por las autoridades deportivas que afirman que un cerebro y unas manos que se mueven son mejores que un cerebro acabado y unas manos caídas)

Buscar palabras en diccionarios formato papel permite hacer memoria a largo plazo del orden del abecedario en varios idiomas; la memoria también se ejercita con la búsqueda muchas veces infructuosa del diccionario en cuestión que nunca se sabe dónde se deja. Una vez recordado, hay que levantarse de la mesa, ir a la estantería y agacharse, porque siempre está en la balda de abajo, debajo de libros de cocina y de jardinería. Se exige la estimulación de bíceps y femorales. Seguidamente, se procede a la selección del tomo, diferenciando el de A a la G del de la H a la Z. Se retira el polvo con un movimiento reiterado de la palma de la mano. Estimulación de falanges. Comienza a funcionar el hemisferio derecho mientras juega al tú la llevas con el hemisferio izquierdo. La amígdala se despierta después de miles de años de siesta filogénica. A continuación, se procede a la apertura aproximativa según la estimación azarosa de localización (E.A.L) de la palabra, grosso modo. Con el dedo gordo, que normalmente no se usa, puede uno airear las hojas y provocar brisas que se agradecen en verano incluso en noviembre que con el cambio climático ya se sabe esto es lo de menos. Al final aparece la letra que andábamos buscando y mediante aproximación lenta, se progresa en el fluir de las hojas con paz interior. Aquí se suele uno entretener con la lectura de palabras previas a la que buscamos o posteriores. Es posible un excurso por encontrar palabras extrañas o largamente añoradas tipo: turmalina, silabario, siesta o erotismo. Conviene seguir adelante y, con el dedo índice, se agiliza la psicomotricidad fina al desplazarlo sobre la hoja, mientras nos distraemos con el canto de las cacatúas, hasta alcanzar la palabra buscada, que a estas alturas hay que rememorar. También se ejercita el deletreo para diferenciar la palabra encontrada y las palabras que se le parecen mucho y que pueden llevar a confusión. Lo mismo sucede con la selección de las acepciones que nos conviene: aquí se estimula el sistema linfático en su totalidad si no hay orgasmo, finalmente, cuando, eureka, hallamos la palabra, la señalamos con la uña y además, de propina, nos nacen endorfinas a causa de emociones diversas derivadas de una especie de asombro. Aun así, después aún queda cerrar el diccionario, levantarse con nuevos ejercicios de pubis y músculos varios, hacer crujir la silla y los huesos y retornar el diccionario hasta la estantería y balda correspondiente, encima de los libros de cocina y de jardinería, en la parte de abajo. Se previenen así lumbalgias.

Formato digital: escribir palabra y darle a intro. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

Improvisación



Shakespeare tuvo un problema cuando, durante la representación, los actores veroneses que hacían de Romeo y Julieta se enamoraron. Su obra se disipó. Quedó la que no estaba escrita. A Will le dio un síncope. 

domingo, 7 de mayo de 2017

La metamorfosis de Baucis y Filemón


No recuerdo el lugar o lugares concretos donde los vi, era en algún parque desnudo, invernal, vacío de gente y con suelo de charcos, bajo cielo plomizo o tal vez en una de esas veraniegas apoteosis verdes. Sería uno de esos parques o plazas de ciudad pequeña que contienen el milagro de una fuente. Allí vi como dos árboles, con aspecto esquelético invernal o con exuberancia de hojas, alargaban sus ramas enrevesadas para alcanzar las del árbol contiguo. Vi cómo se entrecruzaban mezclándose como en un laberinto sinuoso hasta casi no poder distinguir qué rama pertenecía a uno u otro árbol. Propenso como soy al antropomorfismo, fue inevitable imaginar esta lucha por el espacio y la luz como la figura de un abrazo, como la expresión de una unión intencionada que hacía pensar en alguna clase de amor vegetal. Tal vez eran plátanos de sombra, pero si se hubiera tratado de una encina y un tilo, tal vez hubiera encontrado a Baucis y Filemón.

Este mito contiene en germen maduro buena parte de los hitos fundacionales de la literatura universal. Está el mito bíblico del diluvio, compartido por muchas teogonías ancestrales, están elementos del cuento popular en el que la hospitalidad recibe premio, está el dios o rey que se pasea de incógnito entre los mortales o la plebe. Incluye un tratado sobre historia natural, por supuesto, es una historia de amor de una ternura que alivia las crueldades guerreras o enaltecedoras de la venganza de toda la literatura greco-romana. El perdón de los dioses al ganso no deja de contrastar con la lanza que late en el pecho desgarrado de los héroes de la Ilíada. En realidad, toda las metamorfosis son un compendio sensorial de altísima intensidad. También podría ser un recetario. A uno se le hace agua la boca pronunciando el listado de viandas que los viejos ofrecen a los dioses, lomo de cerdo ahumado, nueces y cuajadas incluidas, que amplía un poco la variedad gastronómica de los romanos a los que veíamos abocados a alimentarse únicamente con esa pestilencia de garo tan incompatible con las exquisiteces italianas actuales.

La Metamorfosis, como todo el mundo sabe, es una apología de la mudanza. Es Pitágoras, al final del libro, quien lo resume así, quien viene a observar que ningún ser humano permanece igual a sí mismo más de un par de segundos, que nuestras células se renuevan de continuo. No se sabe si es un consuelo último que incluye el que no desaparezcamos al morir, o es una traición a nuestras ínfulas de permanencia, a nuestras absurdas tendencias al acopio, a nuestra confianza conservadora. En cualquier caso, la idea deja un barniz de resignación. El inicio es la invitación a suspender la incredulidad más justificada que existe. “Todo lo que los dioses quieren se cumple” viene a ablandar un poco la rígida estabilidad de las leyes naturales, esa resabiada propensión matemática que algunos llaman destino y que viene a ser una reducción frugal de la libertad pura, de esa clase de libertad que posibilita la literatura fantástica y la religión. Entramos en la paradoja romano-griega que permite convivir una concepción científica del mundo estable y racional con las Erinias y Bacantes. Las paradojas de la mecánica cuántica parece ser que vienen a reforzar una idea del mundo que cuadra mejor con la existencia de estas últimas que con las leyes universales de Newton. Dionisio va ganando la batalla a Apolo, o al menos parece que la explicación de la naturaleza tiende a unificar ambas miradas.

Por otro lado, hay que evitar la tentación de convertir la metamorfosis en un tratado moral. Es incierto que las transformaciones se puedan asimilar a castigos divinos. A veces, como con Baucis y Filemón, son compensaciones tardías o meros mecanismos naturales. También, como Borges pedía al poeta Caedmon, pueden ser un canto al origen de todas las cosas. Las didácticas fábulas para niños con moraleja han hecho mucho daño a la literatura. De hecho, reducir esta historia al premio que los dioses conceden a los viejos por su hospitalidad es absurdo. Ellos se salvan del diluvio, pero tan sólo para morir tranquilos transformados en árbol. El sacerdocio es un trabajo añadido. Aquí el único que sale ganando es el ganso. En realidad, los dioses griegos o romanos son todo menos seres éticos o benéficos. Su arbitrariedad los define, así como su lujuria, egoísmo y crueldad tanto como su belleza pergeñada en mármol. Es esta falta de justicia la que los hace verídicos, la que convierte la mitología en valioso filtro de la vida. La naturaleza no tiene tampoco piedad de sus criaturas. El azar, la arbitrariedad de los dioses, están omnipresentes. Esto, creo que pensaban los griegos que se andaban con mitologías, nos debería proporcionar consuelo. Nos libera de obligaciones, solo nos queda dejarnos hacer. Uno no se construye su propio destino. A los existencialistas no sé si le gustan las metamorfosis. Son una invitación a claudicar, si no fueran literatura.


El diluvio como castigo divino, viene a ser, desde el Génesis, un tópico fatalista. El agua arrasa y purifica. Viejas huellas genéticas de catástrofes prehistóricas. El relato de Ovidio añade una precisa nota faunística en las marismas que quedan tras el desastre: aparecen somorgujos y lacustres fúlicas. Estas son las gallinetas o las fochas. Comparten su gusto por vivir en el agua con la oscuridad de sus plumajes. Son aves más bien tristes y transmiten la sensación de frío húmedo en los huesos, te llevan a una charca con niebla y juncos, temiblemente quieta. El tópico circular de la conservación de la materia en la naturaleza deviene en un catálogo botánico y bestiario que incluye seres, como los centauros y las hidras, que apenas provocan más perplejidad que los más comunes árboles, flores y pájaros en la aceptada esencia verosímil de los mitos, ya habiten en nuestros cercanos parques o en las atroces pesadillas. El carácter onírico de todas las metamorfosis es evidente. Parecen surgidas de ese auténtico Hades que es nuestro subconsciente. Esos cambios progresivos descritos con maestría narrativa remiten, por ejemplo, a las ilustraciones de Otro mundo de Jean Ignace Grandville, quien dibujó mutaciones de objetos que derivan en siluetas y finalmente en figuras humanas y que intentan describir la extraña mecánica de la fabricación de sueños, los “somnia” que Ovidio situaba en el país de los cimerios y a los que comparaba, por su multitud, con las hojas de las frondosas selvas, como las hojas entrelazadas de Baucis y Filemón que probablemente soñarán el mismo sueño.