martes, 24 de diciembre de 2013

Uno más



Se esconde detrás del mueble de la televisión. Sale cuando cae la tarde. Tras un breve murmullo, asoma la cabeza y la familia puede verle. Da unos pasos dubitativos, husmea por los rincones y finalmente se sienta con nosotros, como si su aspecto no fuera extraño. Tiene cierta tendencia a desvanecerse de repente, deja huellas húmedas en el suelo, se queja por todo, pero por lo demás la convivencia es más o menos fácil. Su color difiere según el día y su estado de ánimo. Por las noches hace ruidos que se confunden con las pesadillas de los niños. En esos momentos hay que darle algún escobazo para tranquilizarlo y que se duerma. Se lleva mal con nuestro gato. Está continuamente negando con la cabeza. Pretende ser una sombra. Mi mujer solo tiene miradas lascivas hacia él. No me importa demasiado, confio en que su falta de valor mantendrá sus garras quietas. A veces tropezamos con huesos de pájaros, que es con lo que se alimenta. El otro día se puso a dar piruetas. A mi nunca me deja leer tranquilo. Nunca lleva dinero encima. Lo que más me preocupa es cuando se prende fuego. Entonces si que es peligroso. Pero no tiene otra forma de divertirse. Pierde mucho tiempo mirando por la ventana, como planeando una huída. Creo que yo no haría nada por evitarla. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Obvio


De acuerdo a un plan difuso,
el tipo le dijo a la chica que escribiría en cuanto pudiera.
Pasó, como suele ocurrir en estos casos,
el tiempo.
Meses incluso años.

Hubo tormentas, días sin lluvia, noches.
Por fin se decidió.
Tomó papel para cartas, blanco como su pelo, con esa rugosidad que requiere el uso de tinta de calidad.
Le dijo que el tiempo había pasado, pero que no la había olvidado.
Que no le escribiera a pesar de esto fue una mera cuestión de dejadez.
Que se acordó del paraguas que perdieron juntos.
Que se acordó de la tarde junto al muro amarillo.
Que se acordó de la humedad del musgo del muro amarillo.
Que se acordó de su vestido azul, de las discusiones, de las indecisiones, del dolor, del patético sin sentido de todo aquello que los separó a destiempo.
Le dijo todo en este tono, un poco tonto para los tiempos que corren.
Le dijo que de aquí a unos días volvería.

Un accidente imprevisto del hombre impidió el regreso.
En este caso fue que se murió, de forma abrupta, sin más, una tarde, por caerse de un quinto piso sin querer, cuando ya tenía la valija en la puerta, como quien dice.
Su cadáver salió en las noticias.
La carta llegó más tarde, cuando ella ya sabía, por las noticias, lo del accidente.

En un gesto aparentemente absurdo, o generoso, o si quieres, descabellado,
ella le contestó con otra carta.

Le dijo más que nada que el tiempo había pasado y que ya era tarde.

Soportes de escritura



Con el papel no hacemos nada, tiende a disolverse a volverse aire a revolverse en bruscos desaliños mal tirados en papeleras insólitas y convertirse en marasmos de celulosa ajenos y sucios que se almacenan en charcos, en tachos de basura, en calles de arrabal, entonces, decimos, los poemas igual sería mejor escribirlos de otra forma, en soportes físicos más leales, que resistan el tiempo y los otros atentados que hacemos sufrir al poema, soportes tales como el puro mármol. Aunque las inscripciones en mármol son bastante aparatosas, todo hay que decirlo. El mármol estaba bien para los romanos pero igual ya no, es demasiado duro, intransigente, demasiado solemne, aunque es verdad que allá las palabras aguantan lo que le echen. Imagínense que estáis grabando en mármol el poema y te equivocas o lo que escribes es esa mierda de la que Hemingway nos habituó a desconfiar y remediar con una papelera metálica, entonces no hay forma, al final de tanto picar el mármol se queda en nada y la nada, como el aire, como el papel, creíamos que no era un soporte de escritura adecuado. No se pueden tirar bloques de mármol a las papeleras, abría que contratar bidones enormes y contenedores de obras para recoger tanto texto descartado, cuando es tan fácil doblar el papel en forma de bola informe y deshacerse sin más del insidioso poema fallido. En esto tan azaroso que es la escritura, que quieres se conserve pero a la vez que sea frágil y fácil de destruir si fuera necesario, no hay término medio que depare descanso. Lo ideal sería escribir en papel piedra. Piedra ligera tipo pómez, o papel duro tipo elefante. El papel es la piel del poema. Tiene que transpirar pero también resistir el frío. Este papel no lo fabrica nadie. Está por inventar. Por eso se pierden tantos poemas que merecían ser salvados. Por eso se graban en oro tantas palabras prescindibles, solemnes mierdas de andar por casa. Algún día será. Quizás cuando ya todos los demás poemas se hayan perdido, por el desgaste incluso de la piedra y el mármol. Entonces empezaremos de nuevo. Con lo mismo. Escribiendo en la arena. Arañando el agua.

Volver al cole sabiendo



Ayer me imaginé que volvía a la escuela. Pero ya sabiendo lo que se. Aquello sería para arquearse de placer. Ya todas las lecciones aprendidas. Sabiendo incluso alguna cosa más que la profesora. Pavoneándome ante los compañeros. Sabiendo de que pie cojea cada uno. Dando ideas de como se deben hacer las cosas. No callando nunca. Jugando a cosas distintas. No dejándose avasallar por el portero del colegio, al que nunca imaginamos como un fracasado. Entonces ella se fijaría en mi, que duda cabe. Me peinaría de otra forma, elegiría mi atuendo. Ella seguiría tan desdeñosa como siempre, pero se fijaría. Me miraría de reojo a través de sus gafas caídas. Se percataría que algo había pasado conmigo, así de un día para otro. Sí, todo sería diferente, las paredes aquellas, las mesas verdes, las sillitas, todo me parecería pequeño...quizás me acabaría aburriendo. 

Coppelia



Copelia, en un alarde de vitalidad, logró lo que parecía imposible: que la rígida madera palpitara mejor que algunas carnes que presumían de humanas. No le sirvió de nada. Al final, el corazón se le hizo astillas.

No contábamos con esto...



“Glauco, mira, las olas
profundo están el mar alborotando,
y en pie sobre las crestas de Giras una nube
la tempestad señala: no contábamos
con este miedo que ahora nos alcanza.”

Arquíloco

sábado, 16 de noviembre de 2013

El retorno de las notas y el pasado de Alan Pauls



El pasado siempre vuelve. Esto es un hecho. Nadie lo duda, aunque la frasecita signifique tan poco si no damos detalles. En mi caso el pasado vuelve en forma de notas. De papeles sueltos. También de esos amarillos. Son notas que cualquiera hubiera eliminado, con el supuestamente sencillo deber de coger una nota que ya no te tiene que recordar nada y tirarla al tacho de basura. Esto podría ser lo más recomendable. Las notas son más que nada para eso. Para recordarte cosas prácticas, para no olvidar el nombre de una canción que pasó por el oído y te gustó, para listas de compra, para rescatar de algún libro una frase, una palabra, un párrafo si prefieres, que no se puede dejar pasar y olvidar en medio de las demás, una frase que te suene tan bien que coges un papel cualquiera, el reverso de un ticket, un medio folio, un sobre roto, o lo que sea y entonces la escribes y la dejas en el mismo libro, o en un cuaderno, o sobre la mesa, en cualquier lugar y por eso la nota de la frase inolvidable al final se pierde, como era su destino, si antes no la tiraste a la basura. La memoria se deja para gente como Borges. Las notas, sin embargo, es posible que permanezcan, que después de mucho tiempo vuelvan a aparecer donde menos lo esperas y te muestren esa frase, esa lista, esas palabras que lo más probable es que ya no entiendas.

Son cosas absurdas, como la mayoría de las que nos suceden. Lees esa nota perdida y te quedas media hora pensando por qué la escribiste, por qué te gustó esa frase rescatada de un libro, qué significa, en qué lengua está escrita, si realmente fuiste tú, porque la letra con la que escribimos es verdad que varía un poco con el tiempo, yo seguro no reconozco mi propia letra de hace años, tampoco la de ahora y entonces lees esa nota y te quedas pasmado pensando en quien diablos escribió eso y lo dejó caer en medio de tu habitación y por qué hoy, precisamente hoy, sale a la luz tras años escondida debajo de la cama, acumulando polvo.

Sobre todo esto escribió, entre otras cosas, Alan Pauls en su novela titulada El pasado, título que para una novela se me antoja demasiado poco preciso, pero es que esta novela va de eso, del pasado como arma arrojadiza, de ese animal extremadamente peligroso que es el tiempo cuando se recuerda, cuando no se deja pasar, cuando uno mira para atrás sin querer y le entra una de esas enfermedades incurables que son la nostalgia o el trauma. En la novela de Pauls, el pasado tiene otro nombre, Sofía, que es un antiguo amor del protagonista. Sofía se resiste a ser olvidada y inoportunamente usa del azar para reencontrarse con Rímini. Hasta aquí no parece que la cosa sea demasiado problemática, pero Pauls logra que estos reencuentros se parezcan más a un sádico acto de crueldad que a otra cosa por parte de Sofía. En uno de los primeros capítulos, Rímini se ve rodeado de notas dejadas por Sofía. Coleccionadas al principio, el desamor entre ambos se va mostrando lentamente en la relación que Rímini tiene con esos papeles dejados por ella. Primero descubre uno y posterga el momento de leerlo. Después se olvida por completo del mensaje. Al final él la miente diciendo que lo ha leído. Más tarde lo encontrará tras hundir la mano en el bolsillo y reconocer “en el fondo un pedazo de papel endurecido, rugoso, cuyos bordes se deshacían al tacto”.

Las notas tienden a degradarse con el tiempo, aun cuando no pasen por la lavadora. Se arrugan, se deshacen, se borran. Sí, la nota perdida es una metáfora perfecta del tiempo. Algo que ya no vale la pena almacenar. Pero yo como dije, las guardo si me las encuentro. No tengo ni idea de para qué. Repasarlas me deja perplejo. Como esa que encontré en un diccionario y tenía apuntada una dirección, Kelly Drive, que ahora busco dónde está y resulta que es de Filadelfia, a dónde nunca pensé ir. En otra etiqueta rota escribí una frase “quien piensa no hace quien hace no piensa” de la que, por supuesto, nunca hice el menor caso. Tengo un código de no se que máquina, un verso de Píndaro sobre la noche, el horario de trenes de una ciudad a la que nunca fui, una frase de una canción de Liz Lawrence, y palabras, sacos rellenos de palabras que no indican nada, que no llevan a ningún lado, ni siquiera a un recuerdo difuso, y luego están esas notas que creo no escribí yo, en una de ellas pone tan solo “ánimo” y en otra una inesperada carta de disculpa falsa, mínima, parcial y probablemente apócrifa.

Son puñeteras las notas. Como el pasado. Son piezas de un puzzle absurdo, una forma del azar, también del desconsuelo por el tiempo perdido. Propongo retenerlas y acumularlas en cajas. Tal vez así un día podamos descifrar y recomponer el enmarañado guión que seguimos. Y si no, perdernos en su azarosa complicidad con aquel o aquellos que las escribieron y que nos sugirieron cosas que no hicimos, palabras que no dijimos, recordatorios de tareas que nunca llevamos a cabo. Por fin está un último recurso, quemarlas. Es un sutil rito que elude el poco refinado acto de tirar algo a la basura. Las notas se deshacen en humo y se olvidan. Como hacen los indios con los cadáveres. Como ellos, sabemos que las notas reaparecerán. Probablemente debajo de la cama, arrugadas y cubiertas de ceniza.

La inesperada derrota de las neuronas



A la de tres: una dos y tres, nada, no hay manera, levántate que es tarde que si no te levantas de un salto luego te vuelves a quedar dormido, ves, ya está, no era tan difícil y hoy es jueves y tuve un buen sueño, eso es lo peor, lo peor del mundo es tener un buen sueño y despertarte, un sueño de última hora, un sueño que necesitaba más tiempo, ¿de qué iba este sueño? Levántate. Nunca se donde dejo las zapatillas. Se me va media vida buscando cosas. Puto despertador. Hoy tengo algo que hacer y no me acuerdo. No me acuerdo tampoco del sueño, pero era algo bueno, no se quien dijo que acordarse de los sueños recién levantado no es bueno, claro que no es bueno, ni levantarse es bueno, ni ir a ese jodido trabajo que me la suda tanto, pero hay que ir y calentar el café, mejor lo tomo frío, sí, mejor, ya no hay tiempo, el sueño, no me acuerdo que soñé, había alguien, estaba ella pero qué más, porque levantarse sintiendo que mejor no hacerlo es una grandísima putada, hoy tengo que hacer algo. En el curro no, en el curro no es, tengo que ir al centro, a correos, a sí, para mandar una carta. Me daré una vuelta, no hagas más planes, seguiré leyendo, mañana es el cumpleaños de María, seguro que también se me olvida, normal, millones de neuronas jodiendose a cada segundo que pasa, y las neuronas no se reemplazan por otras, tengo que comprar leche, la leche tampoco se reemplaza sola, ya son dos cosas comprar leche y echar una carta, la carta es importante, luego a la vuelta ya estará cerrado el super, mierda, tengo que sacar pasta, estoy sin un duro siempre, hacer planes pero antes ducharse, el café frío es una mierda y ese maldito sueño, estaba ella pero no me acuerdo de más, solo que estaba con ella en algún lado, no se cómo lo hace la gente para acordarse de sus sueños, alguno lo apunta con todo género de detalle, es imposible, si es una nube todo, no se entiende nada, una niebla, hoy va a llover, dónde dejé el paraguas, no me acuerdo, lo dejé secar en la terraza y llovió toda la noche, no hay manera de secar nada en esta puta casa, tengo que acordarme, no es normal, no quiero ir a trabajar, prefiero quedarme en esta puta casa buscando el paraguas, escribiendo la carta que tengo que mandar esta tarde, intentado saber que diablos pasaba en ese sueño donde estaba yo y ella y el olvido se resiste, se agarra con las uñas a un poste y no se deja mover, mejor aprender a olvidar los sueños, hay que separar los sueños de la realidad, sino estás jodido, pero hoy no hoy no quiero ir a trabajar, ni a por leche ni echar esa maldita carta que nadie espera, hoy solo quiero acordarme del sueño, estaba ella y yo y estábamos en silencio, era un maldito sueño mudo y en blanco y negro, cómo son las palabras en los sueños, ¿acaso los sueños son algo más que imágenes? Imágenes sin historia, imágenes sueltas, puzzles, tengo que comprar leche hoy, mañana tampoco me va a apetecer. Estábamos ella, yo y unas vendas blancas. Sí, eso es. Me estaba vendando una mano. Daba vueltas y vueltas a la mano con las vendas deshilachadas, el botiquín está vacío, ya que compro leche también compro aspirinas, está todo caducado en esta jodida casa, y ella daba vueltas y yo le decía para y la venda seguía dando vueltas y aun siento el dolor en la mano, como si me apretara, como llueva no se seca la ropa tendida, lleva ahí fuera ocho días, así es imposible y la venda estaba húmeda pero no había sangre y ahora voy a interpretar el sueño, como un jodido psicoanalista, si la muerte continua de neuronas lo permite primero, antes de interpretar nada tienes que acordarte, montar una historia, me estaba vendando por algo, no había sangre, solo vendas y sus manos y de ella que hace un año que no se nada, ella que ya no me acuerdo casi como se llama, ¿de María también me olvidaré el nombre? , menos mal que guardé esa foto, esa foto que se cayó ayer del libro y por eso quizás soñé con ella, el libro cuajado de palabras, no se que hacía esa foto en ese libro, por qué no me acuerdo por qué lo dejé allí por qué no quemé esa última foto que conservo de ella y que viene ahora a provocar sueños de los que no me acuerdo. Tengo que comprar leche. Y mandar una carta. ¿A quién tengo que mandar la carta? Las pérdidas de memoria son un síntoma más de la cuesta abajo, de que ya no tengo edad para estas cosas, de que ya me debía haber jubilado hace tiempo, seguro que no puedo subir las escaleras con la caja de leche a cuestas. El otro día me cedieron el asiento en el metro. Estoy hasta los huevos de ir a trabajar. ¿Cuántas neuronas se me habrán muerto en todo este tiempo? Demasiadas. Pero me acuerdo cómo la foto cayó del libro tan lenta, como sostenida por una corriente de aire, hasta quedar muerta en el suelo y luego soñé con ella, lo debía haber previsto, soñar y ese libro, quién me mandaría abrirlo y leer que en la ciudad de Ulm, según la tradición, se conserva desde el siglo XVII el zapato de Ahasvero, el judío errante, tengo que comprarme zapatos nuevos, los míos están gastados pero no tanto como los de Ahasvero, seguro, pero hoy no, mañana tal vez, cuantas neuronas se le debieron morir al judío errante, hay números ilimitados, muchas, el judío errante si que necesitaba olvidar, imagínate, si se acordara de todo, a lo largo de los siglos se pueden conocer a muchas como a ella, menos mal para él la inesperada derrota de las neuronas, pero yo no soy capaz de olvidarla y yo no soy capaz de recordar el sueño, no me gusta el café frío y menos sin leche, tengo que comprar leche, el café frío y sin leche es una mierda, así no puedo seguir y hoy sigue lloviendo seguro, y el paraguas no aparece y tengo que apagar las luces, desenchufar todo, cerrar el gas, coger las tarjetas, las llaves no se donde dejé las llaves, y ella en el sueño estaba como siempre, como tras regresar de las vacaciones hace diez años, con el sonido de las olas permaneciendo en los oídos hasta que se tiró al sofá y dijo que prepararía un café con leche, que hacía frío, llegamos y ya no había mar ni sol y ella no sonreía, solo pedía un café caliente porque era septiembre y justo empezó a llover, no me acuerdo a quién tenía que escribir una carta pero da igual, se la escribiré a ella, sin reproches, para preguntarle si se acuerda por qué me vendó en el sueño la mano, si tuve algún accidente, si me corté, si lo hacia nada más para que la recordara, para que me sintiera después al despertar como una mierda andante, no se donde está el jodido paraguas, si no está en la terraza dónde está, cada vez tengo menos neuronas y las pobres están agonizando, seguro, eso es todo lo que me queda, un puñado de neuronas agonizantes y una foto y un libro sobre el Danubio y un sueño a medio recordar en el que ella me vendaba una mano, como hizo una vez, una vez que no me acuerdo, ella que me odiaba cada vez que me tenía que recordar dónde había dejado las llaves.

sábado, 5 de octubre de 2013

La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado



Sí, ya sé que es un poco tarde y con este sopor es difícil, pero en fin, déjame contarte, pago yo la última ronda, pero que quede entre nosotros, ¿vale?...el caso es que fuimos, sí, pero la cosa no salió como luego dijeron. Bueno, en realidad no mintieron, pero entiéndeme, no contaron todo, pasaron por alto detalles, cosas que yo sólo vi, que eran importantes, que la gente debería saber...aunque ya es tarde y van a cerrar y quién va a creer a un viejo borracho...a lo que iba, llegamos a la hora prevista, bajamos de la cápsula, recitamos bien el guión que nos hicieron aprender de memoria, dimos un paseo, recogimos muestras de rocas y plantamos la bandera. Lo que todo el mundo sabe. Pero un poco más tarde vino lo bueno, cuando ya nos dijeron que teníamos que regresar, me alejé un poco, subí una ladera, recorrí a saltos unos metros, caí rodando por un médano y fue entonces cuando entendí que la luna era un lugar extraño. Luego empezó a llover. Sí, no pongas esa cara. Yo tampoco podía creerlo, pero primero fue una gota que resbaló por la visera, luego otra, al rato aquello era un chaparrón considerable de agua rojiza, formando charcos, repiqueteando con fuerza, miré arriba y no vi nubes ni nada que se le pareciese, no había razón tampoco para pensar que estaba delirando. El caso es que me senté en una roca y dejé que la lluvia se deslizara por mi traje, como al tipo aquel de blade runner, alucinando, filosofando, dejándome llevar por la cómoda sensación de que me estaba volviendo loco, y fue poco tiempo lo que duró aquello pero me sentí como en las tardes de octubre en mi pueblo cuando el agua caía con ganas y rebosaba los canalones en medio de una oscuridad lenta que te hacía bajar los párpados y pensar un poco melancólicamente en las cosas del pasado, ya sabes, ese tipo de cosas. Por fin dejó de llover y volví junto a los demás, sin decir nada, todo estaba de repente seco, como si solo hubiera llovido para mi. ..¿Una última cerveza? Venga, yo pago. Créeme que pensé después mucho en aquello, año tras año. Claro que no tiene sentido. Pero lo cierto es que desde entonces no he dejado de sentir sed un sólo día de mi vida.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La ventana está abierta



Está atento a cada palabra leída. Ninguna le resulta indiferente, aunque no sea más que por su sonido. Hasta las preposiciones y conjunciones le embeben en una especie de somnoliento ensimismamiento, como si hubiera en ese libro la posibilidad de una respuesta, de una respuesta a preguntas que nunca se había hecho y que sin embargo ahora se daba cuenta eran necesarias, diríamos que vitales para la comprensión de sus propios actos, de su historia, de lo que él era en realidad.

En la calle repiquetean coches y pasos, voces. La ventana está abierta. Y el día es oscuro, con celajes de otoño.

Está leyendo el libro con una atención inusitada, él, que hasta hoy nunca le pareció que leer fuese una cosa seria. Prefería caminar. O nadar. Cualquier cosa antes que leer un libro. Mirar las ranas. Sentarse a esperar la tarde. Ver películas. Oír las lentas divagaciones que ella, en la habitación contigua, sostenía consigo misma. Pero el libro aquel era un regalo.

Un regalo inesperado. De ella precisamente. Por su cumpleaños. Ella siempre le deparaba regalos extraños. Esos regalos que sin embargo servían para dejar por un momento de lamentarse, él, que siempre andaba lamentándose por algo, por algo hecho o algo pendiente de hacer, por el trabajo, por el tiempo, quejas que no encontraban en ella más que el débil eco de asentimiento y compasión que a el tanto le irritaba, que a él tanto le hacían lamentarse.

Leer es mejor que lamentarse, podría haber pensado. Ahora lee y se olvida hasta de los ruidos de la calle, hasta de ella que en la habitación contigua está dibujando edificios y que sin embargo tiene como un presentimiento de lo que pasa en la otra habitación, sabiendo como sabe que él está leyendo el libro que tan bien conoce. Piensa si le gustará si lo entenderá, si había valido la pena gastarse diez euros en un libro para un animal que se vanagloria de no haber acabado nunca un libro. Ella escucha, en un momento en que el silencio de la calle lo permite, como él va pasando páginas, con la debida cadencia necesaria para leer y asimilar cada una de ellas. Así una detrás de otra hasta que la tarde llegó a la casa y el dejó de pasar páginas.

Fue entonces, en ese preciso momento, cuando él se dio cuenta de que todo estaba en silencio. Cerró el libro y fue a la habitación de al lado, empujó la puerta ligeramente entornada. Ella dormía con la cabeza apoyada en la mesa, donde un edificio de líneas simétricas y números aparecía recién dibujado en tinta negra. Sigiloso, se acercó y le susurró en el oído una mera palabra, una simple palabra que venía a significar su agradecimiento.

Se asomó a la ventana y vió la oscuridad que preludia la tormenta a voces, esa lenta oscuridad cayendo tan típica,
levemente insinuada en sombras,
lentas sombras que se dirigieron por las paredes blancas hacia la puerta, como buscando una salida que no encontrarán.

Él pensaba: “Olvídate, lo tuyo no tiene nombre, aquello que planteabas antes con todas las palabras del diccionario descubriste que ya no sirve, que mentías, que te mentías,
seriamente, a ti mismo.”

El tiempo pasa como esa sombra esa oscuridad esa tormenta.
El tiempo pasa a trompicones y lento
hasta que ya no hay tiempo.

Se divide la luz, se va perdiendo.

Él sigue pensando: “Y ya no recuerdas pero antes sabías expresar con frases construidas en perfecta sintonía con la gramática oficial lo que sentías, lo que esperabas, lo que habría de ser y cómo habría de ser.”

Ahora no.
Ahora solo queda la tormenta y su oscuridad y las palabras del libro y ella soñando.

¿Y después?
El rayo.
Te mentías a ti mismo.

“Ahora sal a la calle.
Camina en medio del aguacero.
Encontrarás.
Palabras.
Nuevas.
Dispuestas a devolverte a casa.
Al ideal.
 A la inocencia.
  Al tiempo sin tormentas.”

Se fue y nunca regresó. ¿Queréis saber cual era el libro?

sábado, 21 de septiembre de 2013

Agua oscura



Metió el pie y después se sumergió en el agua oscura, no encontró el fondo hasta mucho después, cubierto de cieno verdoso y algas, restos de blandos peces muertos. Luego resbaló por una ladera de la sima y se hundió más, sin respirar. Quedó ciego por el agua turbia antes de que pudiese distinguir entre sus dedos aquella moneda de oro puro que contenía un destello.

El ruido del reloj



El reloj tenía las manecillas tan fuertes y grandes que a cada segundo que pasaba un estruendo metálico, compacto y descomunal retumbaba por toda la casa, haciéndola estremecerse con ecos. Sus habitantes, persuadidos de que la auténtica naturaleza del Tiempo era ese ruido atroz, decidieron dedicar su vida a intentar evadirse, a salir de casa, a no permanecer en ella más que para comer y cobijarse de la lluvia. Sabían que debían poner límites al tedio y hacer muchas cosas rápido, como si todo se fuera a terminar de repente. Con esta actitud no lograron nada. El reloj seguía sin dejarles dormir. 

Azahar



En el contexto en que veníamos hablando
se puede afirmar, sin peligro de equivocarnos demasiado,
que los limoneros son, si se me permite expresarlo así,
unos árboles que a nadie pueden dejar indiferente.

Se componen de tronco y hojas como todos,
se asientan sobre raíces como todos,
provocan frutos como algunos.
Pero el limonero es un tipo de árbol especial, creo yo.

Ya solo pensarlo produce en la lengua, en la boca toda si pronuncias su nombre,
una acidez intermitente y sutil, como para quitar la sed.
Es una acidez compuesta de verano, de líquido, de atroz gesto de desagrado.
Aun así, merece la pena pensar en los limoneros, aunque solo fuera por un momento.

Su madera es dura y amarillenta, según la enciclopedia.
En realidad viene a la vista todo el limonero como algo esencialmente amarillento, como si el amarillo fuese el color con el que se filtra la luz del cuarto, cuando estás pensando en el limonero.
El amarillo es un color extraño. Son pocos los que consideran al amarillo como su color favorito, es como un color descolorido, como enfermizo, y sin embargo, con él pintamos los soles, al menos los niños así lo hacen. El limonero exprimió su color del sol, y por eso lo asociamos al verano.

Yo no tengo limoneros en la memoria, por eso recurro a las enciclopedias.
Lo que me rodeó siempre fueron pinos y encinas, árboles esencialmente secos, árboles de invierno, a los que no les gusta perder las hojas ni las agujas, rebosantes de verdor aun en lo más crudo de la estación blanca.

Como decía, los limoneros tienen la madera dura y amarillenta, muy útil para componer con ella muebles. Aunque uno no se imagina un mueble de madera de limonero así como así. Un cajón de un armario quizás sí, pero un mueble es mucho, porque los limoneros son flacos por naturaleza.

Pero la verdadera razón de que hable de los limoneros es su flor.
Más bien el nombre de su flor, azahar.
Es difícil encontrar palabras mejores, azahar.
Se sabe que el nombre viene del árabe, y viene a significar precisamente eso, flor.
Es como decir que la flor del limonero es la flor por antonomasia.
Azahar.
Lo dices y ya te quedas como pensando.
Como dudando.
Como anhelando.
Como queriendo perderte en un jardín perdido en el tiempo, con rumor de aire y agua, con sombra que cobije del amarillo sol, con esa tranquilidad tácita que solo puede imaginarse si no existe el futuro, como si nada malo pudiese pasar, en medio de la nada, esperando nada, tan solo sintiendo, oliendo, con la sed calmada, oasis, mar detenido, recuerdo dulce, susurro de ramas de las que se desprenden blancos pétalos hacia un tenue remedo de paraíso.

El limonero te empuja a pensar en estas cosas tan difusas, tan fuera de lugar y a utilizar este lenguaje que digo yo será poético que no ridículo.
También me gusta el trinaranjus de limón.
Pero sobre todo la palabra, limonero y la palabra, azahar.
Los árboles más que nada son proveedores de sombra y palabras.
Palabras proveedoras de sombra
Azahares. Azares efímeros. Aleteos de ramas, cobijos de dulces limonadas a la tarde, ligeramente ácidas.

Y verdes y amarillos y sombras, sobretodo sombras de paraísos extraviados. 
Aunque luego te des cuenta de que no es para nosotros la “hermosa tierra del azahar, y ruedes perniquebrado por las vertientes de las ásperas montañas”, y al final no quede más que un ascua en la lengua de la acidez recordada.
Todos los sabores funcionan así, como recuerdos de cosas perdidas.


Pero el limonero permanece.

sábado, 14 de septiembre de 2013

No hay manera de escribir así



No hay manera de escribir así. Líneas y más líneas en una perfecta sucesión de hormigas lentas pero rebeldes. Languidece la luz de un día difícil, en el que la mera referencia a un recuerdo ya supone una especie de fuga, con líneas y más líneas para sofrenar las consecuencias de la memoria, tan deslindada de cualquier tipo de dicha.

Líneas. De palabras. Sucesión. Una detrás de otra, hasta que se cansa, hasta que dice ni una más, hasta que alguien llama desde la cocina, hasta que suena una música de melodía incierta.  Todo se convierte en una rápida sucesión de interrupciones consecuentes con eso que venimos llamando, sin saber muy bien por qué, vida.

Suena efectivamente una voz y alguien enciende música. La voz requiere su presencia en la cocina, donde un frasco de cristal roto yace en el suelo, dejando esparcirse un rimero de sal y algunos granos de azúcar camuflados. La voz tiene una mano, y la mano está lastimada, sangra un poco, la mano y la voz se han cortado, el frasco ha caído y la sal se ha derramado por el suelo en un espectáculo que no puede ser más triste. El que escribía líneas y más líneas se queda mirando hasta que la voz cortada viene a pedirle ayuda, un botiquín, al menos una tirita y agua oxigenada, después una escoba. La casa se quedó sin sal.

La escoba hace su trabajo y la sal forma una línea marcada geométricamente por el borde del recogedor en el suelo, una línea de sal que es como una línea de palabras solo que blanca. El tiempo pasa y nos olvidamos de la música. Restañada la leve herida, el escritor, por llamarle de alguna manera, oye la música, en la otra habitación, la música acantonada en la habitación cerrada donde una hija, para más señas de trece años, respira cadenciosa, rítmica, mansamente, un momento de paz desacostumbrado. Líneas y más líneas, el hombre vuelve al papel, al libro futuro, a lo suyo, se lame la mano y siente la sal o la sangre, que vienen a saber igual.

El papel, tras un silencio, pretende seguir poblándose de líneas. El tiempo pasa y él se olvida de la música. Pero ya no puede continuar escribiendo como si no hubiera pasado nada. Hubo sal y sangre y música. ¿Acaso no es bastante como para empezar de nuevo? ¿Acaso estas palabras os parecen tan mediocres que no merezcan un poema, una historia, una novela para ellas solas? Las palabras acechan en las habitaciones vecinas, en la cocina, tal vez también en el baño. Cuidado. Allí hay agua. Distracciones. Leves quejas susurradas por el escritor demuestran que la interrupción no ha sido un hecho irrelevante, ajena a su trabajo, a esa delicada construcción de líneas negras. La sal. El río del que estaba tratando en su novela se transforma en mar, en el mar de la memoria, y el sentido de su historia ya es otro. La sangre. Inventa un crimen. Antes nunca pensó que en esa historia que estaba delineando cupiera un crimen, pero la sangre reclama su espacio. La música en habitaciones laterales. Piensa un poco más, también la incluye, para amenizar un capítulo que iba a demostrar la inconsistencia del concepto romántico-decimonónico del amor y que ahora en cambio, con esa música, viene a vindicarlo. La música es rara, tan rara como una hija de trece años.

Pasa el tiempo, hasta que el sueño reclama lo suyo, como un capo de la mafia reclama que estemos callados, a esas horas de la noche. Los párpados lastimosos se caen, en un doble sendero hacia la oscuridad cotidiana. El hombre se asusta. Siente que va a soñar. Se recuesta, al lado de la mujer de la mano vendada. Va a soñar. Se asusta aún más. Mañana tendrá que rehacer todo lo que escribió.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Pretensiones



Es verdad que Tolstoy dedicó mucho tiempo a sus novelas.
Que gastó papel a mansalva.
Que dilapidó palabras sin límite.
Hizo bonitas novelas de mil páginas, habló de sitios con nieve, con gente que creía perpetuar sentimientos que hoy ya no se entienden, convino en que la vida era un tejido al que los acontecimientos, pasiones, accidentes, estaciones de trenes, invasiones napoleónicas y familiares y otras tragedias exteriores vienen a conceder un tinte esencialmente rojo, o blanco, a veces inevitablemente, negro.
Para todo eso dedicó Tolstoy el papel, las palabras, la tinta, su imaginación novelera y prolija.

Pero yo es que no puedo.

Se me agota el tema enseguida.
Se me muere entre las manos.
Tampoco soy poeta, un verso me parece también demasiado.
No tengo fuerzas.
Hasta Salomón escribió cinco mil versos y no se sabe cuantos proverbios, con el poco tiempo que le dejaba el reinado de Israel y Judá, las guerras, los insumisos, las traiciones, las extranjeras insolentes, la construcción de templos y todas esas cosas.
Pero yo es que no puedo.
Me entra sueño.
Y no se componer un cuento.
En realidad escribo por escribir. Y evidentemente no soy Tolstoy.
Ni siquiera soy ruso.

Pero, a pesar de todo, me gustaría escribir una larga novela. 
Una cosa es que no puedas y otra que no quieras.
Quiero componer una de esas que tardan meses en digerirse.
De esas que alcanzan por lo menos las dos mil páginas.
Dibujar personajes complejos con largas vidas, escribir historias larguísimas de sagas familiares, recrearme en aventuras sin fin, en amores que duran hasta la ancianidad, en poder deleitarme con digresiones fatuas y alguna conversación insustancial si hace falta. Me gustaría escribir como el viejo Tolstoy...pero no soy más que un mero redactor de esquelas.

Epitafios compartidos


¿Por qué se quedó en París? Ese es un gran misterio, París infame de lluvia gris, típico, elevado más allá de las cúpulas del sacre coeur, para él no era una ciudad habitable, tan solo un monumento de palabras, como dijo el otro, una biblioteca de piedras, pero de piedras grises. Le conocí mucho antes de su viaje, cuando los días eran más largos y estaban cuajados de sol, cuando no le rodeaba más que las cuatro paredes de su casa blanca, su familia rapiñadora, su hermana siempre dando vueltas alrededor de la mesa de trabajo. Recuerdo su mesa de trabajo siempre atiborrada de papeles escritos y enfrente la ventana y más allá la vereda que llevaba al campo. El pueblo aquel que no tenía más de cuatro casas dispersas, un río, un puente de madera y pajonales hasta que comenzaban las laderas de las colinas que ejercían de frontera. Él no salió de allá hasta que cumplió los cuarenta y cinco y se fue a París, en el peor momento. Pero quería ser escritor.

No había abierto la valija en aquella pensión de mala muerte de Montmatre cuando sonaron las sirenas. Como si no hubiese suficiente estruendo con el rodar de coches, con los gritos, con las músicas, con las pisadas de millones, con los músicos callejeros que se obcecaban en obviar la guerra que se les venía encima. Él que no conocía mucho más que el regular repiqueteo de campanas los domingos... Llegó como llegaron los descubridores a las playas de continentes nuevos, con esa mezcla de ilusión y miedo que suele preceder al desastre o a la decepción o a las flechas, temiendo que le robaran la cartera en cada esquina, con un plano que no sabía muy bien desencriptar. Cuando sonaron las sirenas no supo reaccionar.

Se quedó en su cuarto viejo y desvencijado, depositando antes de sacar la ropa, en perfectamente encuadrados rimeros, las hojas blancas donde tenía previsto ponerse a escribir enseguida, como si solo con llegar a aquella ciudad fuera suficiente para convertirse en Baudelaire. Cuando cayó del techo un trozo de yeso, tras la primera explosión a dos cuadras de allí, supo que quizás aquello no sería tan fácil. Llamaron a la puerta y la dueña, vestida con una bata que dejaba ver más que tapar, logró informarle a base de gestos dónde podría refugiarse pero él no hizo ni caso, distraído por lo que veía.

La mujer que había dentro de la bata le inspiró sin más. Se puso a dibujar palabras. Una nueva explosión reventó los cristales. Bajó a la calle, pero ya no recordaba donde le había dicho la mujer aquella de pechos regulares donde podría esconderse.

Llevó las hojas consigo y acabó en el cementerio (fue andando, todavía no habían podido con él), un lugar plagado de muertos y tranquilo. Pensó que era completamente absurdo que la precisa maquinaria de guerra alemana emprendiese su magnifico plan contra los franceses haciendo volar un cementerio que, obvio, solo contenía cadáveres cobrados por otros. En las veredas frescas, en la paz de los mármoles, en las silenciosas estatuas, en todo aquel oculto lugar, se respiraba literatura. Mi amigo se sentó en un banco de piedra y dejó pasar el tiempo, mientras las tropas enemigas entraban por fin en la ciudad, sin el menor atisbo de resistencia.

Al rato se dio cuenta de que no estaba lejos de la modesta tumba de Henri Beyle, que tenia un improvisado manojo de glicinas encima, ya que no eran tiempos para usar flores más apropiadas que depositar sobre lápidas, aunque fueran famosas. Lee escrito el epitafio, lacónico, de una brevedad majestuosa, de una claridad envidiable, dos mísera palabras que resumen lo que querría fuese su vida, para qué más, para que negociar con otras aventuras, para qué viajar, para qué acumular tesoros, para qué la fama, esa ramera, para qué huir de la guerra: “escribió, amó”, lee, entre lágrimas, con la absoluta certeza de que se ha equivocado, de que nunca debió salir de su pueblo, de su casa blanca, se da por fin cuenta de que se ha perdido en una ciudad extraña, que no sabe hablar el idioma, que estaba en mitad de una guerra, que está solo, lloró también porque nunca, nunca, nadie escribiría en su tumba un epitafio semejante sin mentir. Lentamente saca de un bolsillo del saco una lapicera mordida, se apoya en la rugosa piedra, escribe, una palabra tras otra, un triste poema, para que al menos la mitad del epitafio se cumpla, para intentar hacerlo suyo, como si los epitafios se pudiesen compartir. Pasaron días, volvió la paz, el seguro transcurrir de los meses y los años, acompañado de miseria, de trabajos inútiles en un taller de bicicletas, siempre sintiendo nostalgias de campos amarillos. Muchas páginas que se trajo del pueblo quedaron en blanco, pero él nunca se movió de París.

sábado, 31 de agosto de 2013

Persecución



La persiguió con todas sus ganas,
a pie y corriendo,
a través de calles cuajadas de basura,
lloviendo y bajo el sol implacable de agosto,
una vez que escampó la tormenta.

Duró la persecución un tercio de tarde, más o menos, pero era miércoles, día propicio para hacer sandeces como cualquier otro. Él siempre afirmó, cuando le preguntaron, que hacer sandeces era un negocio necesario para cualquiera, es decir, hacer cosas sin ningún objetivo, cosas absurdas, o como en este caso, cosas que llevaban a consecuencias probablemente trágicas o dolorosas, es decir, un tortazo, la posibilidad de que la policía intervenga o una esquina que  hiciera desaparecer a la chica, o verla traidoramente abrazarse en un portal con alguien que la esperaba. Pero él iba detrás de la muchacha, llevaba varios minutos haciéndolo y no era de los que se venían abajo así sin más, a no ser que le llamen la atención. Tranquilos, no era un tipo violento ni nada parecido, la perseguía, pero sin malas intenciones, era la primera vez que hacía algo de este clase.

Las razones por las que empezó a seguir aquella pobre muchacha en particular y no a otra cualquiera (téngase en cuenta de que esta ciudad concretamente consta de un número exacto de 3.989.879 muchachas perseguibles) fueron en realidad estúpidas. No era linda, no le recordaba a nadie, andaba como un pato, llevaba prisa, no vestía en realidad nada bien, sus zapatos parecían zuecos de madera. La seguía por razones meramente metafísicas. Fue una palabra que la oyó decir por teléfono, en la parada del ómnibus, la que le convenció de que aquella muchacha ni joven ni vieja, ni guapa ni fea pero más bien fea, era un objeto de persecución adecuada a sus necesidades vitales. Ella dijo, en un susurro, cuando ya acababa su conversación, que le gustaban las glicinas.

No oyó más el hombre, eso fue todo. Que le gustaban las glicinas. No aclaró si su color o si su olor o si eran glicinas naturales o artificiales o cortadas o las glicinas de un recuerdo, o las glicinas del jardín de su edificio. Pero el hombre tenía ese problema, que se enamoraba por comentarios escuchados al azar, si estos respondían a algún sentimiento compartido y que para él y sólo para él, (para que nos vamos a engañar sobre su salud mental) significaba que ambos tenían una misma visión del mundo que posibilitaría ese extraño acontecimiento que se da una vez cada cien años de que una pareja entre hombre y muchacha se enamoren.

La persecución no tuvo tregua hasta que casi la noche se hizo con la ciudad, la muy ladrona. Ella debía tener problemas con sus pies, que no dejaba de mover, iba zigzagueando edificios, parques, coches, subiendo cuestas, cruzando desniveles, superando baches. El hombre empezó a sudar, a una conveniente distancia. No había problema. Ella nunca tuvo por costumbre darse la vuelta cuando andaba como una loca por la ciudad. Por fin fue aminorando la marcha, bajando el ritmo de sus pisadas, haciendo resonar más lentamente sus zuecos en las baldosas sucias de una calle del centro. Se encendieron las farolas, para iluminar el feliz suceso.


El creía que iba a morir de cansancio, pero si Romeo murió por una cosa así, él no iba a ser menos. Era todo muy shekespeariano. Ella por fin se detuvo enfrente de una floristería. Miró a través de la vidriera, buscando algo. El hombre sacó fuerzas de flaquezas, poseído por una especie de instinto, y se movió como un rayo o como algo mucho más veloz, como un nervio, como un cortocircuito, como Usain Bolt pero sin alharacas. Se adelantó a la muchacha, entró en la tienda, cogió de las solapas al tendero, exigió como un loco un ramo de glicinas, pagó y salió afuera para entregárselas a la muchacha, que contempló el mudo presente del desconocido anonadada, presa de una especie de conmoción que podríamos calificar de afectuosa. Sin entender nada más le dio las gracias y una mano. Siguieron andando, ciudad adentro, hasta que las farolas se apagaron.

Lo inapropiado



Las guerra remeda conversaciones mal acabadas,
y entre todos conjuran al odio, a la impaciente diapasón del insulto.

Entre hierros y sangre esta batalla viene a ser una de esas que vimos en cintas antiguas donde hay gentes alemanas y francesas y inglesas y canadienses y de todas partes donde el malquererse se justificaba. Se enfrentan con trincheras por medio, la gran guerra le dijeron, y es que estamos a punto de revoluciones, de gripes, de negras formas de acordar la paz y el soldado se llamaba...no se cómo se llamaba pero se retuerce de miedo en la trinchera rebozado de barro espeso y roji-negro, mientras las bombas a su alrededor silban y silban y silban, hasta que se consuelan formando cráteres donde pueden otros soldados, si así lo prefieren, dejar caer sus huesos repentinamente sacados de la carne por orificios no poco dolorosos.

El caso es que el chico no sabe como enfrentarse con los alemanes del kaiser, ni con el miedo, ni con los superiores que le amenazan siempre con fusilarle por cobarde, así que hace como que tiene el fusil entre las manos y de vez en cuando saca la cabeza de la trinchera y lentamente dispara al cielo con la incierta esperanza de no dar a nadie, porque ya es la guerra suficientemente mala para que además te vayas de ella muerto y con un muerto a tus espaldas. Piensa tonterías como que bonita la paz, y la casa, y la madre, piensa, porque no tiene más de veinte años y todavía piensa en esas cosas tan lejanas, tan misteriosas como un país extranjero, con el recuerdo siempre anclado en la leche caliente de las mañanas, imposible así sentir odio como se debe, recordar por qué estás ahí y no en tu cama que es temprano.

El soldado no se conforma con ese cotidiano sentir miedo por costumbre. Tiene que pensar algo para sobrellevar lo que tiene encima sin que nadie se de cuenta, tiene que inventar alguna excusa para seguir respirando, torear con firmeza el pavor, la pólvora y entonces va y saca de entre los pliegues del barro y del uniforme un pequeño libro, tamaño bolsillo, de papel ligero, de no más de cien páginas, comprado en las riveras del Sena, hará unos meses, cuando la guerra y esta batalla no eran más que una posibilidad entre otras. Es un libro de poesía. Lo solía abrir por las noches, antes de que apagaran las ridículas luces en el refugio. Hoy lo saca en mitad de la batalla, tras que su compañero de la derecha tuvo a bien dejarle solo después de que una bala rebotada no se sabe dónde acabase destrozándole el cráneo y haciendo expandir a varios metros a la redonda su blanda materia gris, incluyendo parte del uniforme del chico que después de eso, y sin que hubiera tenido tiempo de despedirse, piensa definitivamente que de allí no sale y que mejor leer para acabar su pequeño libro de poesía, porque ya da igual todo.

Lo abre por donde iba la noche anterior, lugar precisado por un marcapáginas de latón. Se detiene en un par de versos extraños. Hablan de una mujer, de un idilio, de campos verdes, ríos, de la hermosa mañana en que ella pasea atravesando una vereda húmeda, con la esperanza de no se sabe qué. Es uno de esos momentos en que muchos especialistas sostienen que la poesía no tiene lugar, que tan blandos sentimientos son contraproducentes o ingenuos o puramente ridículos o vete a la mierda con tus jodidos poemitas y mueve el culo, como le decía su padre cuando era pequeño y tenía que ir a la escuela. Pero él, que por un momento a dejado de temblar, opina más bien lo contrario, y por una desconocida confluencia de circunstancias, el caso es que el soldado tiene a bien disfrutar, aunque inesperadamente, de esos versos, no nos vamos a engañar, bucólicos, desfasados, leídos en el peor momento.

Tiende el libro y se lo pone delante de la cara como si estuviera paseando por un parque en mayo, y empieza a deleitarse con el suave sucederse de las palabras del poeta mediocre, escrito sin duda por  alguien que no parece que haya conocido nunca lo que hay en las trincheras, ni la sangre de un amigo salpicándote la cara a destiempo. El caso es que el chico lector se levanta, se pone de pie, ido de la cabeza completamente, perdida la noción de dónde estaba, a pesar de los ruidos que sin poderlo evitar amenazaban con hacerle reventar los tímpanos o los silbidos de las balas que, viendo como el chico se mostraba por primera vez como blanco fácil, se animan y empiezan a buscarle con inusitado interés.

Los alemanes disfrutan el momento. ¡Un francés leyendo poesía en medio de la trinchera, sin protección alguna!, se dicen riendo con tudesco acento, el caso es que su puntería aquel día no estaba de enhorabuena, y las balas le silban a izquierda y derecha con una impertinencia considerable, son esas balas ignorantes que no piensan siquiera en ese hecho incuestionable de que la guerra es una gran mierda que permite que maten tan sencillamente a aquel francés delgado y loco con un libro en la mano. Este no se contenta con mostrarse por encima de la trinchera sino que se arrastra fuera de ella, y avanza leyendo, distraído, hacia la trinchera contraria que se encuentra a escasos metros. Tuerce las páginas y sigue leyendo sobre valles y sombras y ríos hasta que llega a la última página, al último poema, al último verso y es solo entonces cuando una bala, por fin, acierta ya un poco por compasión, atraviesa el papel y viene a alojarse secamente entre ceja y ceja, dejando sin vida al soldado lector e imprimiendo al final del libro un punto final muy gráfico y contundente. Sin embargo, los alemanes no se alegran. Él ya no estaba allí.

A través del muro



“Esto es previsible, lentear, volcar, renovar las desdichas,
corromper esos segundos que promueven cosechas de tedio,
desdecir los inopinados deslindes de las veredas:
todo es previsible, lento, torcido, viejo y triste.”

Habituado a la queja constante, el pibe no sale de ahí.
Se olvida de lo obvio, de lo hermoso de ese ligustro que crece enfrente de su piso.
Le inspira un susurrante tedio toda la hermosura que suena a través de la ventana, 
lo bonito de las farolas encendidas y apagadas,
lo lindo que es el atardecer si es lunes,
siempre rojo y emocionante como una película antigua y no quiere oír pero oye,
los miércoles a la tarde, que la vecina encuentra 
arpegios en un violonchelo enorme,
de esos que provocan alucinados remedos de sueños perfectos por medio de sonido vibrante o sutil que atraviesa las paredes del piso.
Aun así la quiere conocer.

Llama a la puerta para que ella le abra, para espantar la queja constante,
para redimir el día, para encontrar una belleza acorde con los acordes del violonchelo.
Ella se dispara ante la llamada del timbre.
Abre sin dudas, acometiendo si hace falta al probable asaltante, pero sólo es el tímido vecino con el que se cruzó por las escaleras tantas veces sin justificar siquiera un buenos días.
La cosa promete, poco, pero promete. Pero él tiene que inventarse algo que justifique el mero llamar a puerta extraña.
Ella le ayuda, proponiendo un qué tal. La cosa promete pero la timidez no cede.
Oí el violonchelo y me gustó dice el tipo-torpe-asentado-en-la-queja, que por una vez se decide a decir algo agradable, a esperar que los minutos no sean tan solo un mero deslizarse de lágrimas latentes entre sucios ruidos ruinosos.
Y a él aquella circunstancia inusitada le revuelve el estómago pero le alegra, 
porque la chica es linda y morena y no aparenta odiarle de primeras.
Y a ella aquella circunstancia previsible le provoca algo de risa pero dice entra.

La cosa promete. En medio del salón se aposentan como polvo un sinfín de objetos que de forma delicada y sucinta definen a la anfitriona, esos objetos que vienen a decir que es alguien a la que le gusta musiquear, alguien que no desdeña la poesía a sí de primeras, porque ante todo el salón está plagado de libros, entre ellos alguno de virginia wolf, pero no importa porque hay están en perfecto desorden, cortázar, filóstrato, levrero, conti, da masseto, buzzati, shusaku endo, castillo, wells, una revista china de taipei, los mitos griegos de graves, pushkin, sábato por partida doble, uno o tres diccionarios, sherwood anderson, el sartor resartus, antologías palatinas o varias de poetas latinoamericanos, orendel, la eneida, roberto arlt en minúsculas, rashelas, plutarco, bioy y borges juntos y separados, onetti en portugués, una historia del arte, otra de decadencias y una colección de sellos.

Con estos datos el chico tiene más que suficiente.
Ella no necesita presentarse.
Entablan una conversación esencialmente literaria compuesta de tres palabras y empiezan a desnudarse, que es lo que corresponde.
Ella después de saciarse de caricias le ofrece un té. Él propone mejor un café. Aquello cumplió con sus expectativas y el aún más vecino sigue observando el salón, con su enorme violonchelo recostado en la pared de enfrente, con la luz atravesando visillos inconscientemente, con la luz difusa llenando con tranquilidad todo el salón como si estuviera en su casa, una luz puro malva o quizás no, pero las paredes blancas rebosan de sombras lo suficiente nítidas como para identificar los objetos que las provocan, jarrones, tazas, figurillas de arcilla, máscaras y, destacando como un emblema, un paisaje inexplicable de Turner encuadrado por un marco dorado. 

La situación tras ese encuentro fortuito requiere de palabras, pero ellos no encuentran otras mejores sino para comentar el tiempo, la próxima reunión de vecinos, el excesivo precio de las verduras en la tienda de la esquina. 
Luego se perfiló una especie de silencio, 
uno de esos silencios que en otra parte hubiera sido catastrófico, 
como si se hubieran olvidado de algo,
como si pudieran arrepentirse,
como si todo volviera a ser objeto de queja, de melancolía, de miserable callejón sin salida.
Fue a ella a la que se le ocurrió arreglarlo.
Sacó el violonchelo de su armónico ataúd,
apretó con su no demasiado delicada mano el arco e hizo vibrar las cuerdas,
con la soltura que pocas veces había logrado.
Con eso fue suficiente.
El se dijo con un susurro, para no interrumpir, que nunca dejarían de estar juntos y ya no hizo intención alguna de atravesar las paredes y volver a su piso, a su gabinete absurdo de ecos, a su biblioteca de quejas.