viernes, 23 de septiembre de 2016

Birds in the night



Es una isla casi cuadrada, por las mañanas. Según avanza la tarde, gracias a la niebla que sube desde los dos ríos, esa rigidez geométrica, esas calles dibujadas con reglas y cartabones, esas esquinas que vienen a dar, por lo general, a otras calles iguales, se van suavizando, perdiendo sus aristas. Todo ese orden se va transformando lentamente, la isla, por un resorte invisible, se vuelve un lugar más orgánico al anochecer, podríamos decir que se materializa en carne, van apareciendo curvas, palpitaciones, se oye algún quejido o respiración que hace estremecer el pavimento, surgen a la vista, difuminados, edificios que resultan ser de un color inesperado, casi vegetal, selvático, y al final, es con la noche plena, con su habitual dosis de miedo sutil, la que muestra la verdadera cara de la isla y puede al fin desnudarse de su máscara de tedio. Nada de esto tendría mayor importancia si no fuera porque es justo entonces, cuando las farolas de gas tiemblan, que esos pájaros aparecen.

Al principio nadie les presta la menor atención. Son pájaros en apariencia inofensivos, de los de andar por casa, cabrían en una mano si alguien pudiese atraparlos, sus colores no dicen nada, picotean, se posan en los cables, en los semáforos, se miran entre ellos desconfiando, como acostumbran a hacer todos los pájaros. De vez en cuando cruzan las calles volando en círculos, a la espectral manera de los murciélagos. Sin embargo, su atroz canto los delata. Las calles, por la noche, están casi siempre vacías. Esto fue así siempre, mucho antes de la aparición de los pájaros. Los habitantes carecen de esperanza y por ello se acuestan temprano. Nadie recuerda lo que era un paseo nocturno, ni siquiera los solitarios. Trabajan mucho, fabrican fonógrafos y kinetoscopios. Son precisos, puntuales, inflexibles. Pasan las noches, antes de acostarse, remedando la oscura labor de los topos. Hace mucho que se apagaron las estridentes luces de las fiestas, los olores a absenta, el oscuro circular de los alucinógenos que vertían sueños de rebelión en los jóvenes. Nadie enciende, salvo en los solsticios, las lámparas de las habitaciones, cenan frugalmente, ensayan cuentos a los niños sólo por medio de susurros cavernosos y sólo en algunos edificios, una frágil luz de vela denuncia la presencia de algún lector. Les apasiona la termodinámica y la historia del fuego. Por lo demás, sueñan, pero sueños tibios, acariciantes, fáciles de interpretar, afortunadamente, hace mucho que las pesadillas han sido proscritas por ley. Todo podría haber seguido sin más sobresaltos de no ser por los pájaros.

No resulta fácil describir su verdadera forma. Nadie los ha visto a la luz del día. Nunca se consiguieron ejemplares para su estudio. Los escasas observaciones permiten un retrato sólo parcial de su aspecto, mientras que de su etología nada se ha escrito. Se cree que pertenecen a una especie no catalogada. Miden de quince a veinte centímetros desde la cabeza a la extremidad de la cola. El pico es fuerte, triangular, capaz de abrir una brecha en una pared de ladrillo. El plumaje semeja una piel irisada, que en vuelo quizás puede compararse a algún tipo de seda. El color es verde jade, pero el tono depende del  ángulo visual del observador. Se desconocen las diferencias entre el macho y la hembra, porque nadie ha documentado jamás la presencia de una hembra. Los silbidos que emite, como decimos, son irreproducibles, apenas se pueden comparar con ningún otro sonido producido por la naturaleza o por el hombre. No emite ecos metálicos, como la voz de los isleños. No hay pruebas médicas de que dicho sonido provoque daños en el oído. Sin embargo, muchos sostienen que es absolutamente impredecible las consecuencias que pueda tener en otras frecuencias cerebrales. En cualquier caso, esta no es la única razón del miedo.

Son pocos los avistamientos, hay algún disco y bandas de imágenes registrados que tan sólo muestran estelas lumínicas, fáciles de confundir con cualquier otra clase de haz, manchas verdosas y translúcidas que describen curvas, se entrecruzan, que pasan muy cerca del suelo, de las paredes, parecen desorientados, azarosos rayos con fondo oscuro. Tampoco se han recogido muchos testimonios de los habitantes de la isla. Son pocos los casos informados de vecinos que se deciden a salir por la noche y aún así, son menos los que hablan de los pájaros con extraños. El hábito de no salir poco a poco devino en fobia, en tabú. Solo por necesidad imperiosa abandonan sus casas y siempre, casi sin excepción, andan deprisa con la vista pegada a los adoquines, algunos deslizándose sobre ruedas, sabedores de que los pájaros acechan. Se trata de casos de vida o muerte, rápidas carreras a las pocas ferreterías de guardia, o alguna huida infantil o sonámbula, tal vez se pueda tratar de alguno de los hombre-grúa que, como todos saben, son originarios de aquel lugar. Algunos pocos, en cambio, quisieron ver a los pájaros. Se expusieron, en pleno verano o bajo las tórridas lluvias del invierno austral, a una oxidación galopante. Se abrigaron con trajes de camuflaje mediocres, que intentaban imitar árboles desnudos. Pronto constituyeron una sociedad secreta, tienen reuniones en los sótanos, comparten información y registros, se intercambian millones de giga vites. Su primer objetivo es localizar ejemplares, estudiarlos, analizarlos, disponen de varios cirujanos, de filósofos, de algún cazador de dragones entre sus miembros. Hay niños. Todavía no han tenido éxito, y pese a que en casi todos los callejones y plazas han colocado trampas y redes, los pájaros se les escabullen. En segundo lugar, pretenden alertar al resto de la población, porque todos los miembros están convencidos de que la presencia de estos pájaros en la ciudad supone una amenaza de muerte para la isla.

Hoy en día, disponen de una imagen más nítida de qué son en realidad estos seres. Las conclusiones, sin embargo, se han ramificado hacia unas conjeturas inesperadas. Todo empezó con la aparentemente intrascendente observación de algunos cazadores que observaron pequeños destellos metálicos en los ojos de los pájaros. Concluyeron, sin excepción, de que esos destellos no podían  corresponder a animales vivos. Fue entonces cuando empezaron los rumores sobre los autómatas.

Se ha vuelto a verificar toda la ingente información que se ha acumulado hasta ahora. Nuevas evidencias fortalecen la teoría de que los pájaros tal vez no son de carne y plumas, sino engendros mecánicos ideados por algún habilidoso artífice, no se sabe con qué intención. No es raro encontrar sobre el pavimento pequeños tornillos, planchas de acero diminutas, ruedas dentadas que deben pertenecer a un mecanismo más grande que un reloj. Por otra parte, se ha comprobado que la táctica de apoderarse de uno de estos pájaros usando trampas de veneno ha sido infructuosa. Se ha intentado controlar sus fuentes de alimento, pero la comida esparcida es desdeñada sistemáticamente por estos engendros. El vuelo observado mediante estela, aderezado de loopings imposibles, de caídas y velocidades absurdas, casi confirma la evidencia de que ningún ser de la naturaleza es comparable por sus movimientos a estos artilugios. Aunque quizás sea la cualidad de sus gritos lo que revela mejor su esencia sintética. Producen sonidos agudos, insoportables, capaces de inflexiones inusitadas, gorjeos que parecen surgir de un túnel de cobre, y unos crujidos como si provinieran de una radio, de un control remoto, entre los que se desliza, de tarde en tarde, alguna palabra grabada con voz y tono de mujer anciana. Aunque la tónica general es escuchar agrios gritos tísicos, que diría Verlaine. Alguien mencionó la antigua forma de las sirenas.

La sucesión de los días y las noches continua, sin embargo, inmutable. La isla amanece cansada, pesada, como si las turbias presencias de los pájaros de la noche la hubiera maldecido para siempre. Se están cruzando muchas teorías, la mayoría paranoicas, sobre la trascendencia de todo este asunto. De entre ellas, la más negra insinúa que los pájaros no son autómatas, que los autómatas son los habitantes de la isla y que perciben a los pájaros de la noche como seres extraños porque son realmente los únicos seres vivos que habitan esa ciudad silenciosa. Sigue habiendo controversias, debates, acaloradas discusiones al respecto. También hay pánico, pérdidas de identidad, denuncias, muchos abandonan la isla. Otros están dejando de buscar a los pájaros, viven con indiferencia y su oído se va haciendo insensible a sus graznidos. No se ha encontrado ningún nido, todavía.



martes, 23 de agosto de 2016

Origami



Hubo una época en la que los diccionarios servían para equilibrar las mesas cojas. No quiero caer en la vil nostalgia. Las mesas venían cojas de fábrica, y los suelos, fruto de arquitecturas ambiguas, solían estar inclinados en todas las calles y salones. Esto favorecía mucho la evacuación del agua de lluvia y las prisas de los que iban cuesta abajo. Los diccionarios servían para solucionar este desaguisado igual que las guías, los tratados, los manuales, la literatura en general, vamos, pero al final lo mejor era el compendio léxico, sin duda, porque la profusión de significados siempre provoca estabilidad. Se perdieron, pese a todo, esos ritmos infusos que solían tener las mesas bamboneantes, que provocaban vinos derramados, incomodidades varias, pero también, músicas improvisadas, juegos de equilibrio y tensiones imprevistas entre comensales que sin la mesa coja hubieran acabado terciando sobre política. Los diccionarios, mientras tanto, eran felices, al fin se sintieron útiles, tras largos siglos de obligado silencio. Con muchos quilos de polvo a sus espaldas, todos y cada uno de los diccionarios, que como obsoletos juguetes del pasado habían sido recluidos al fondo de los armarios más oscuros, fueron saliendo a la luz y no a una luz cualquiera, sino a la esplendorosa luz azulosa de los veranos de terraza y comida familiar, o a la luz más procelosa de las íntimas reuniones familiares rodeados de pucheros y manteles de crinolina. Sí, se podría afirmar que los diccionarios alcanzaron la felicidad, su lugar en el mundo, e incluso, merecieron el aplauso de los particulares usuarios de mesas cojas y de las autoridades civiles y militares que por lo demás nunca previeron un contingente de medidas, por medio sobre todo del Ministerio de Industria, para que tanto la producción de mesas cojas como la de diccionarios, en imprentas por lo demás clandestinas, se redujese a un mínimo razonable dada la escasa demanda de la población, población que por otra parte ya estaba hastiada de objetos inútiles, hastiada y embrutecida a base de esos conglomerados suecos que impedían, con evidente malevolencia vikinga, la penetración propiamente dicha en los hogares de los usuarios en sus propias propiedades y mucho menos la inserción en ellas de diccionarios, si por propiedad aún se entiende algo hoy, expuestos como estamos a la poderosa confusión de definiciones inherente a las campañas criminales y marxistas que se han institucionalizado en estos tiempos dentro del marco de la economía social renegrida con espasmos de incongruencias, gracias a Dios, denunciadas por lo civil en los juzgados de medio mundo.


Toda esta situación podría haber pasado perfectamente desapercibida para el común del populacho si no fuera porque, el pasado miércoles 24 de noviembre del presente, a las cinco y cuarto de la tarde, todo se vino abajo. El común de los ciudadanos permanecía en un latente sueño de siesta acrisolado a base de más de cuarenta grados centígrados en el ambiente, ya de por si cargado por unas preocupaciones absurdas que los medios de comunicación subvencionados habían propagado por todos lados en relación con el tema tan sagrado de la convivencia de las escolopendras en los parques de niño con esos extranjeros maleducados, los cangrejos rojos de ríos secos. Pues bien, en ese ambiente enrarecido, a esa hora precisa, a Romualdo Fuenterrabía, natural de un pueblo de Nuevo México que se llama Pueblo, etimologías aparte, se le ocurrió pensar que necesitaba saber el significado de la palabra “origami”. En esos transcendentales momentos de siesta disipada a duras penas, Romualdo, el hijo menor de una familia de cazadores de tapires y tapiceros ellos mismos, estaba tomándose, con una lentitud sospechosa, un conglomerado de chufas al que nadie se atrevió a denominar horchata. En otro platito había unas aceitunas en vinagre que evidentemente no pintaban nada allí, pero... ¿qué se puede acompañar de tapa a una chufa? Nadie lo sabe. El caso es que tanto la innominada horchata como el platito de estúpidas aceitunas negras (procedentes de un olivo bantú) estaban sustentadas en una mesa de mal llamado plástico, que al fin y al cabo es más bien un conglomerado de petróleo en colorines. Y sí, la mesa era coja, sin ausencia de malicia por parte de los diseñadores de la misma, suecos para más señas. No solo eso. La mesa, como todas las mesas cojas, aún se veía más inhabilitada para permanecer estable debido a que Romualdo Fuenterrabía, de ocho años de edad, había elegido la mesa del bar el Vernáculo más alejada de la entrada, más que nada para joder al camarero que no estaba, a sus ochenta y tres años de edad mal llevada, para muchas más carreras, y no sólo estaba la mesa alejada del origen y punto de partida de la susodicha horchata, sino que además estaba en el inicio de una considerable cuesta abajo de la calle, situada en una pendiente de más de ochenta y cuatro grados, algo así como un acantilado sumiso y urbano, solo accesible a escaladores que hayan ascendido a cinco o más “ocho miles” himalayos sin provisión de oxígeno y sin que los sherpas les hayan hecho la mitad del trabajo. (La cuesta también se podría afrontar al revés, viniendo en dirección sur, cuesta abajo como vulgarmente se dice, pero el riesgo era aún mayor, pues caer rodando por ella, después de cualquier mínimo traspiés, supondría, y así lo han atestiguado numerosos gatos desaparecidos y reencontrados, un rodamiento sine obstáculo, una carrera hacia el infinito, hacia países incógnitos, salvajes y no recomendados por el Ministerio de Asuntos Exteriores dadas las graves situaciones de perpendicularidad a la que se ven avocados los hipotéticos e involuntarios visitantes y/o turistas). En cualquier caso, lo que importa es que Romualdo Fuenterrabía quería saber la definición de origami y a sus pies, sujetando la mesa coja, había un diccionario. Romualdo, que nunca se caracterizó por ser un ciudadano imprudente, ni siquiera temerario, pensó el asunto. De hecho nunca había salido de casa sin peinarse. No una hora o dos, sino tres, estuvo meditando sobre qué decisión tomar. Puso cara de violento esfuerzo mental. El vaso de horchata se iba quedando medio vacío. Estaba pegando una buena solanera, en pleno noviembre, sí. Pero es que aquello estaba en el hemisferio sur. Surgió en él una especie de prurito. Pensó en las consecuencias de sus actos. También en otras cosas, como cuando le dio por recordar a su ex-novia, una pelirroja de amplio caparazón, reformada de la fe ortodoxa, costurera de desconchados, de nombre Alfonsina, poeta a medio meter, rotunda en sus efusiones amorosas y acrílicas, rezongante de salud y poder, la misma que hacía un par de días dio calabazas a Romualdo con la firme intención de marcharse a un pueblo de la Siberia mongola donde un antiguo amor, de nombre Li, había montado una serrería de matojos. Pensaba en esas calabazas grandotas Romualdo, y se persuadió de que los pensamientos, los recuerdos y los planes promueven dolores articulares en los músculos que rodean el cerebelo. Así que se encontró centrado en el tema del origami. No, no podía imaginarse, en esos terribles momentos, que origami era una palabra japonesa, transcrita en alfabeto románico y que por lo tanto, era muy dudoso que en el diccionario que estaba a sus pies, sujetando la mesa coja, pudiese hallarla. Pero el hambre de saber es demasiado insaciable, era como poner delante de un tipo sin desayunar un plato de callos. Miró el sustentante diccionario una y otra vez, y le dio varias pataditas, como inquiriéndole que despertase. Por fin, cuando una tribu nómada de nubes bajas se alzaba por el horizonte amenazando el ya de por si desdichado negocio del bar Vernáculo, se decidió a poner fin a su cuita. Con un gesto inseguro, aprovechando la fuerza extraordinaria que habían adquirido sus brazos a base de remover terruños en el parque que está a dos kilómetros de la casa de su abuela materna, la matriarca de la familia, se agachó y levantó la mesa, derramando algunas aceitunas por el inestable suelo. Nadie pudo hacer nada, prevenir a Romualdo para que se estase quieto, para que se conformara en la ignorancia del significado de esa palabra que como la mayoría de ellas, en esta lengua tan farragosa en la que nos ha tocado vivir, no sirven ni para limpiarse el culete. Una vez con el volumen en sus manos, mientras perdía entre los labios un hilillo de saliva asombrada, se puso a buscar origami donde le correspondía estar, en el apartado que sigue a la infame letra ñ. Sin embargo, el puñetero destino tenía la última palabra. La mesa, que durante unos momentos de zozobra se había visto rítmicamente zarandeada por la ausencia de sujeción de su maltrecha pata, inclinada sobremanera al borde de la fatal cuesta que, como dijimos, era similar al abismo, comenzó lentamente a inclinarse, de tal modo que no pudo conservar ninguna clase de equilibrio y envuelta en esa pérfida esclavitud que es la ley de la gravedad, se deslizó hacia abajo en modo cabriola, llevándose en su inercial fuerza, horchata, platito de aceitunas, sillas, parasol y por fin, distraído en su infructuosa búsqueda de significados y definiciones, a Romualdo, que tras ubicar un grito infausto en la atmósfera recargada y pretormentosa del momento, cayó cuesta abajo junto a su diccionario, al que se abrazó como un desdichado del Titanic se hubiera agarrado a su salvavidas y/o flotador. Mucho tiempo después (algunas fuentes hablan de siete meses), el cadáver de Romualdo fue encontrado al borde de un meandro del río Grande por una vaca extraviada de su rebaño. Junto a él, testimonio de la insidiosa ironía del Destino, el diccionario, mermado de sus páginas y exhausto, estaba también abierto exactamente donde debía aparecer la definición de la palabra japonesa “origami”. Su maldita ausencia, sin embargo, hizo a muchos creer que la precipitada muerte de Romualdo Fuenterrabía no fue en vano. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Muñecos de arroz



En la casa no hacía frío a pesar de que la caldera estaba rota. A veces pasa que no se sabe de dónde viene el calor que uno siente, ahora no, porque ella andaba cerca. De postre su madre puso chocolate crujiente, trufas y fresas, y uvas que no se tocaron porque ya era bastante abuso. Después empezamos a hacer los muñecos de nieve. Cortamos tres calcetines en dos partes. En la que iba a ser el cuerpo, agarramos un extremo con una goma de caucho y a cucharadas soperas, sin miedo, empezamos a llenarlo de arroz barato. El arroz se disgrega con sonido y algunos granos escaparon hasta el suelo. El calcetín acabó haciéndose una bola, modelamos una cabeza y lo atamos con más gomas. La pelota resultante pesaba de un modo gracioso, humano, era extraña esa mezcla de granos vegetales y tejido. Con la otra parte del calcetín hicimos el gorro y se lo pusimos un poco como caía, doblándolo por abajo. Cortamos fieltro azul, amarillo y rojo para las bufandas. El fieltro se corta fácil y es bueno para el tacto. La madre explicaba como hacer todo suave, sencilla y más que nada reíamos. Con tres alfileres y dos botones pegados con cola los muñecos consiguieron sus ojos, de mirada pequeña y limpia, su nariz y su traje. El blanco del calcetín simulaba bien la nieve, igual igual a aquella que cayó hace cuarenta años en mi barrio y en la que descubrí que el frío, a veces, también es un juego. Para decorar el gorro, le hicimos unos lazos casi de seda y añadimos más fieltro cortado, todo a juego, mediante contrastes, porque nos importan siempre los detalles y los hilos que se desflecan, las pecas, los granos, las flores absurdas, las letras y otras cosas aparentemente sin importancia. Al final había sobre la mesa tres muñecos de nieve perplejos por haber nacido así de fácil. Ella hizo una foto y dijimos algo así como qué bonitos. 

No llueve desde hace días, esto no parece diciembre, carajo. Casi se secó el cactus, pero no se queja demasiado. Alguna que otra espina ha cedido y se ha caído. El mar, por su parte, sigue perdiendo agua. Dieron las cinco.

Fue entonces que los tres muñecos de nieve empezaron a conversar, así, sin más y bueno, después de mirar todo alrededor y de decir algo sobre la lámpara, después de sonreír sin boca, preguntaron cómo era que ellos parecían, efectivamente, muñecos de nieve y sin embargo no andaban con frío, como corresponde. Se hacían cruces de como podía ser esto, tenían la cabeza grande pero no comprendían mucho. Yo estuve por contarles algo sobre el arroz, sobre el calcetín deportivo y blanco, sobre esto que casi todos sabemos de que no podemos ser siempre lo que queremos ser. Luego susurraron algo entre ellos, parecían contrariados, porque, hay que aceptarlo, no es difícil echar de menos la nieve en estos tiempos. Al rato se quedaron callados, parecía que habían olvidado y opinaron algo sobre las propiedades y usos de la cúrcuma. La tarde se hizo buena, tranquila, distinta y sin saberse muy bien por qué, caliente. Uno de los muñecos, el de la bufanda azul, empezó a derretirse, contento. 

martes, 27 de octubre de 2015

Manos



Si hay una criatura extraña en la naturaleza, esa es la mano, tan plagada de dedos, tan inquieta, tan pronta a cerrarse cuando un peligro acecha. Son animales fuertes, las manos. Muy inteligentes, resistentes a los cambios, a los roces, a los golpes, al constante azote de las  temperaturas y las lluvias, son seres extremófilos emparentados con esas bacterias y caracoles que moran despreocupadamente en el ácido y en el hielo. Algunas especies de manos, algo más remilgadas, usan de guantes, de bolsillos y manoplas para protegerse y se entiende, porque una mano también puede ser frágil, una presa fácil para un depredador experto.

Es conocida la evolución de esta especie. Se encontraron fósiles cretácicos que eran manos de cuatro dedos. Pese a que se apañaban bien así en un principio, la cosa se fue complicando porque era como si faltara algo, hasta que alguien percibió que una mano de cuatro dedos pellizcaba mal y de ahí que surgiera el quinto dedo, el gordo, que le dio la forma de complitud y de maña que tiene en nuestros días y que le permiten coger una taza de café de una forma altamente civilizada.

No suelen andar solas, aparecen casi siempre en parejas, tienen esa manía. Cuando hay un peligro tácito, cuando el frío hiere, ambas se juntan, se retuercen, entremezclan sus dedos, se frotan casi hasta provocar chispas. Ocurre también que diferentes parejas de manos se unan entre sí, pero este extraño comportamiento no provoca ninguna clase de celos. Acostumbran atrapar objetos, por el mero goce de rozarlos, de jugar con ellos, de entender sus formas. Sienten una especial predilección por los topacios, por las figuras de jade, por la seda, que como todo el mundo sabe, es aire tejido. Juguetean con ellos, palpan lentamente la superficie, raspan intentando profundizar en sus secretos, para alcanzar la pulpa, la escondida esencia que los define. Muchas veces fracasan, entonces los dedos se relajan y el objeto resbala, cae al suelo y se rompe.

Las manos más sabias, que se concentran en manadas en las estepas asiáticas, por razones que nadie más que ellas entienden, toman las cosas y las dejan escapar al poco tiempo o simplemente pasan a su lado, sin hacerles el menor caso. Despreocupadas siguen su camino, en espera de nuevos encuentros. Tanto desapego contrasta con la de las manos que viven en las escarpaduras de algunos montes de Europa, que se ciernen sobre las cosas como si toda su vida dependiera de ello y como garras de pájaro de prominentes uñas las protegen y las ocultan hasta de sus propias familias. Muchas de esta especie poco afortunada se pueden encontrar deambulando por los desiertos,  encadenadas a anillos y pulseras, locas. Se quejan de que la libertad las haya olvidado, desgraciadas a pesar del adorno de esas gemas de cuyo frío tacto tanto se enorgullecen. De estas especie eran las que hace un tiempo iniciaron la implacable persecución de las manos izquierda. Aunque a primera vista nadie las diferenciaba de las diestras, éstas emprendieron unas razzias terribles, con juicios sumarios y fuertes tintes de locura. Hubo hogueras y muchas manos izquierda fueron ajusticiadas en piras de madera, dejando tan solo para su recuerdo un montoncito de siniestras cenizas.

Aun hoy las hay airadas, siempre prestas a metamorfosearse en puño, en ariete y arma. Los tortazos a mano abierta que dan muchas veces sin razón alguna,  también son temibles. A estas es mejor acercarse con precaución. Muchas acaban en jaulas por su orgullo y son carnívoras. Pero esto solo lo sufren unas pocas. La mayoría lleva una vida sencilla, toman arados, juegan con extrañas máquinas, revientan con delicadeza y placer infinidad de granos, se esconden en orejas y narices, son aventureras y no reniegan de los sitios oscuros, les gusta escarabajear palabras con lápices y pringarse de pintura con la que estampar su huella en las paredes, otras se contentan con arañar cuerdas para pronunciar notas, con hacer ondas en la superficie del agua, con agitarse como un péndulo para decirse adiós o con provocar misteriosos estallidos de placer. A las crías de las manos, como no, les gusta meterse donde no deben, hacer cosquillas y dar cuerda a los relojes. Las manos que aplauden están en algunas zonas en franco peligro de extinción, aunque muchas se alzan pidiendo lo suyo, convocando asambleas, agrupándose en manifestaciones, son manos huelguistas que reparten panfletos...creo que fue una de estas la que dejó entrar Cortázar un tarde en su casa, esa que le caía tan bien porque tenía poco de voluntariosa y si mucho de pájaro y hoja seca y a la que puso por nombre Dg, que es un nombre extraño como son extraños todos los nombres sin vocales.

Otras manos, afectadas por la lluvia ácida, los cambios climáticos o las reducciones de sus hábitat debidas a la tala de los bosques donde antaño tenían sus refugios, caen inertes en bolsillos sin fondo, en oscuras y muy tristes cuevas donde no les queda otra que jugar con las llaves y las monedas. En una isla del Índico se encuentra la más excepcional clase de mano. De piel fosca, son largas, pero abultadas y muelles, cubiertas por tatuajes de henna.  Se alimentan de puros sueños, de palabras en su oscuro idioma, que se basa en un alfabeto de contorsiones. Con exóticos malabarismos de sus dedos emiten letras, símbolos de un lenguaje complejo, infinito, un silencioso lenguaje que suele devenir en poemas o canciones. Al atardecer, entre las palmeras (si las encuentras, porque son tímidas con los extraños), al borde de un arroyo o en las playas, puedes verlas en parejas, charlando. Si te fijas mucho, podrás percibir su música. Un mito local resume su cosmogonía. Cuenta que dos manos primigenias se juntaron, se entrelazaron en forma de cuenco y retuvieron en su seno la lluvia, el agua de la que nació todo y que ahora son los océanos que rodean la isla. De que no se separen estas manos depende la continuidad del mundo, que podría disolverse de un momento a otro en una enorme cascada, en un terrible sumidero que rugiría sin compasión...sin embargo, por la noche, alrededor del fuego, las manos no temen nada, simplemente duermen y sueñan en espera de nuevas caricias.


Solo ellas pueden conseguirlas. Las caricias. Son su especialidad, muchas veces también, su deseo inalcanzable. El arte de la caricia no es fácil de aprender. Ni siquiera en las bibliotecas te lo explican. La caricia requiere de cierta preparación, mental, emocional, espiritual, también conviene que las manos se corten las uñas, unas a otras, así, aunque esto es algo que nunca les gusta demasiado. A las manos peludas tampoco les gusta que les corten el pelo, porque se quedan frías. Alguien dijo que las manos fueron creadas para esto, para proporcionar caricias gratuitas, al descuido o guiadas por una necesidad inexplicable. Ellas saben el secreto, el porqué de la sed de caricias. Saben que ese roce mínimo y difícil requiere de algo más que una mera piel para ejecutarlas. Saben que si la caricia no provoca un estremecimiento es mejor no insistir. Saben que son gratis. Las manos, humildes, saben que ellas son nada más que un instrumento, que las caricias, en el fondo, se reparten entre dos almas. Ellas entienden estas cosas y muchas más. Por eso, cuando sueñan, se sienten seguras. Piensan que el mundo les esperará a que despierten. Los objetos, infinitos, necesitan su caricia porque si no, probablemente desaparecerían. Creen que las manos no les dejarán caer al suelo sin una buena razón. La caricia es una especie de mirada. Es cierto que los ojos a veces envidian a las tribus de las manos. Pero su extraña relación ya es otra historia. 


domingo, 16 de agosto de 2015

Miradas



Para María.



Ella y el gato se levantan en la madrugada. Se estiran. Ella está de vacaciones, tiene el día libre, ha dicho a sus amigas que no la llamen, que hoy tiene que hacer sus cosas y escarba entre sus pestañas algunas legañas, despeja la mesa de libros, de apuntes, de fotografías, recuerda los temas dejados a medias el día anterior. Enciende la pantalla del ordenador, prepara café, se queda ensimismada, dispuesta ya a empezar el día, aunque es muy de mañana y llueve.  

Llueve afuera y puede que siga así la mañana y la tarde. La lluvia abre una puerta inevitable a la nostalgia, a la lluvia de otros lugares, a los rostros mojados que ya deberían estar olvidándose. Hoy sin embargo prefiere pensar días más azules, recurrir a pensamientos limpios que tenía guardados entre las sábanas, recuerda los paseos que acabaron muy tarde. No lo había hecho antes, pero se acerca al teclado del ordenador y empieza a escribir casi sin abrir los ojos, con cierta timidez. Duda y en un descuido se le cae alguna letra cerca del pie, huye alguna palabra que juega al despiste, una de esas que nunca salta de la punta de su lengua en el instante en el que ella quiere.

Ensaya un cuento. En él hay una barahúnda de niños que la cercan y abrazan.  Ella no está muy segura de porqué escribe el cuento. Las palabras surgen, saltan, aparecen y desaparecen. Mientras, el gato se pasea entre la bañera y el pasillo que va a dar a la calle.

El gato tiene hambre y con sus pequeñas garras araña la puerta de la cocina. Ella, a media mañana, se hace un sándwich con mostaza. Repasa las palabras que lleva reunidas hasta esa señal que marca la siguiente parte. Muerde lápices. Escucha las suaves pisadas del gato que al fin entra en su habitación. Mira por la ventana. Se pregunta si ese animal es un gato o más bien un jaguar tímido.   

Le gusta hacer fotografías. Siempre ha pensado que la realidad es más que nada un cúmulo de imágenes. Siente la necesidad de descifrarlas. De retenerlas. De rescatarlas, de entenderlas, más las imágenes cubiertas por los velos de la indiferencia. Vuelve a teclear algunas palabras sueltas, casi ha acabado el relato. Decide salir de casa un rato. Sale con su cámara. Hacía tiempo que no lo hacía. El gato, asomado por la ventana abierta, casi resbalando del alféizar,  le mira alejarse aparentemente desolado, aunque si le preguntaran nunca lo reconocería, eso, la tristeza de verla andando calle abajo.  

Fotografía árboles, ramas sinuosas, gente que se duerme en el metro, regueros de agua, colores sin nombre, reflejos en ventanas, la hierba que crece entre los adoquines, cristales rotos, se centra en los objetos que están ahí y nadie es capaz de ver. Tarda horas en descifrar el lenguaje de las sombras, de los claroscuros, de la luz que de vez en cuando se filtra entre las nubes. No se cansa de merodear, de acechar los movimientos sutiles, se sacude el agua que se desliza por su pelo, se sienta, se pregunta algunos porqués, por delante desfilan los objetos, los árboles, los rostros, los cuerpos, en cada uno ve algo diferente, ella es por momentos una especie de Casandra, adivina posibilidades, resuelve premoniciones, para ella el dibujo de las sombras, que estuvieron a punto de perderse para siempre, tiene sentido. A mediodía descansa en el parque, come algo, se queda medio dormida sobre la hierba. 

Por la tarde se abren cada vez más claros, hay viento, y las nubes se arrebolan para dar la luz precisa que ella necesita para sus fotos. Hace mucho que hizo un pacto con la luz. La deja entrar dentro, la llena de vida, las calles se le abren y cierran como si las pudiera amoldar a su paso, siente sus propios ojos, tan claros como un arroyo limpio, cada vez más grandes, iris color miel. Propone miradas tranquilas, su inquisición es suave. Cruza las verjas del cementerio, enfila la avenida central, hacia la parte sur, no siente ninguna clase de tristeza, tuerce casi al final tras esquivar un par de encinas y unos arcángeles tapizados de musgo, saca fotos a las piedras que respiran. Más allá del último panteón abandonado, de lejos, ve como se cruza cerca del muro, de la frontera cubierta de malvas y enredaderas, la figura de un gato que salta hacia afuera, esquivo y desdeñoso. Intenta hacerle una foto también, para atrapar su fuga efímera. Sale de allí. Sigue andando. Las farolas se han encendido demasiado temprano. Se recuerda a sí misma de niña, sus primeras fotos. Jugando, recogiendo piedras sobre la playa, imaginando mundos, inventando palabras, coleccionando caricias, planeando trastadas, riendo, siempre riendo, creciendo, gritando, sonrojándose, reprochando, desobedeciendo, exigiendo, elevando la mirada, levantándose de la mesa, dando portazos, deseando, casi volando. Su corazón late porque no logra encontrar sus propios límites.

Decide que mañana comprará libros. Tal vez planee alguna locura. Apenas le queda luz a la tarde, le duelen un poco las piernas, regresa a casa. Sortea a los transeúntes y a los coches, atajando las calzadas con el semáforo en rojo. En el zaguán por fin guarda su cámara. Sube y abre la puerta, el gato apenas se detiene un segundo ante ella y le reprocha ese leve abandono. Se sienta y enseguida repasa las fotos en la pantalla. Algunas de ellas le ayudarán a completar el cuento que espera un punto y final. Las traducirá a palabras. Se detiene en la del gato que saltó la verja. Comprueba algunos detalles. No puede creerlo. El color, el gesto, las marcas. Es él. Su gato. Le busca por la casa, le encuentra en un rincón. Le pide explicaciones. El se restriega por sus piernas, falso inocente, como diciendo no pienses en ello. Ella nunca ha estado sola.


jueves, 6 de agosto de 2015

Hace poco más de un año



Hace poco más de un año:

- Eh, tú. – me grita detrás del mostrador.
- ¿sí?
- ¿Como vas?
- ¿Eh?
- Que cómo vas.
- Ah, bien, gracias.

Un gato entra por el fondo de las estanterías, me mira, se acerca con sus pasos melosos de gato, se friega con mis pantalones.

- Me cago en tu puta madre, Mike, deja esa puta fruta ahí.- dice por encima de mi hombro a su compañero que ha tirado una caja de manzanas detrás. 
- Me llevo esto. – le digo.
- Cinco dólares.
- ¿Cuánto es? 
- C-i-n-c-o dólares, tío. 
- ¿Cinco?
- Eso.

El acento no se si es de Bedford, de Brooklyn o de la India. Desenrollo unos cuantos papelajos que tenía metidos en el bolsillo. El gato no deja de mirarme. Llevo cinco litros de agua, coca helada, unos bollitos LadyLinda y manzanas.

- Hace calor. 
- ¿Qué? – me cuesta entender todo.
- Que hace calor – repite con una sonrisa enorme.
- No, qué va, no hace calor- digo de broma pero no entiende. 

Entran cuatro pibes, de dos metros el más bajo, descamisados, casi pisan al gato, saludan a Mike, empiezan a gritar y a pasarse bolsas de nachos por encima de las estanterías. 

- ¿De dónde eres?
- De Madrid
- ¿Madrid?
- Da igual.
- Nosotros de Bangla-Desh.
- Ah.
- ¿Qué haces aquí?
- Vacaciones.
- ¿Qué?
- Vacaciones.
- ¿Vacaciones?
- Seguro.
- Ah. 

Le doy los cinco dólares en billetes de uno. Empieza a gritarle algo a Mike de nuevo, cada vez más fuerte, Mike ahora está en el mostrador de la izquierda cortando queso o algo, a su vez él se pone a gritar a los chavales que han entrado, parece ser que no están muy dispuestos a pagar los nachos de momento, pactan algo, negocian entre gritos y música alta. Me meten todo en unas bolsas negras, se despiden, me dicen vuelve. Afuera sigo un reguero de gritos que corre calle abajo. Esos no vuelven, pienso. 

No entiendo por qué esta conversación me ha resultado tan memorable, tal vez porque eran de Bangla-Desh, porque yo tenía miedo a que alguien entrara y atracara el badulaque, porque estaba en Bedford Stuys, porque hacía mucho calor y yo sudaba demasiado y no quería dejarles un charco en el suelo, no se, a veces recordamos con cariño las cosas más estúpidas que nos pasan porque no nos queda otro remedio. 

 En todos los comercios y locales de Bedford hay un gato, eso es así. En la lavandería había otro. Al principio pensé que era el mismo pero no se, este tenía más mala leche, no se restregaba contra mis pantalones, supongo que viviendo allí tenía sus prejuicios contra la ropa humana. Cuando fui por primera vez estaban cuatro viejas hablando en la entrada, sentadas en unas bolsas enormes de plástico y en sillas de arpillera y en un mostrador un chino doblaba ropa. Ellas hablaban alto y se veía que estaban pasando la tarde allí como de costumbre. Un ventilador de esos de techo daba vueltas inútilmente. Entré como no podía ser de otra forma, sin saber usar la lavadora. Hay una chica preciosa al fondo, con un pañuelo en la cabeza, moviéndose como si la cinética y ella hubieran hecho un pacto secreto, es alta y lleva un cuarto de hora echando suavizante en la máquina. Me entran ganas de palpar sus ropas, solo para comprobar que la cosa valía la pena. Le pregunto al chino como funcionaba aquello. Duda un poco y al final se acerca y me explica muy despacio. Primero, echa la ropa. Claro. Cierras la compuerta, muy importante. Claro. ¡C-e-r-r-a-a-a-r la compuerta! No se me olvida. Echas el jabón. ¿Has traído jabón? Sí. Dame. Lo abre. Igual que la princesa nubia echa casi el bote entero, de cinco litros. ¿Suavizante? Ahí. Bien. Lo echa. Cuando empiece, vas echando más. Yo sólo he traído un par de nikis y unos calzoncillos, pero vale. Echa las monedas. No se si tengo. Solo admite de 25. No tengo cambio. Nunca tenemos cambio, ¿Ves la máquina del cambio? No funciona. Empiezo a sacar monedas de los bolsillos. Una de las viejas, que han estado escuchando, se acerca, habla con el chino, coge mi suavizante, y le dice algo medio enfadada, empieza a echar más suavizante, afortunadamente compré uno barato, en el badulaque bangladesí. Me da cuatro monedas de 25 por un billete de dólar. Me dice más cosas que no entiendo. La cosa está en marcha. La princesa nubia ya ha acabado pero se sienta en un cajón y se queda esperando no se sabe qué, con cara de pocos amigos, aunque satisfecha por lo suave que le ha quedado la ropa. Hay una televisión puesta en la que se ve un mapa del tiempo y una especie de borrasca que se acerca a la zona de NY. Confío en que sea una borrasca y no un huracán. Si fuera un huracán, me vendría a esta lavandería. Cuando ya están dando vueltas en el secador enorme mis humildes nikis, lo pienso. Se está bien allí. Entran más vecinos. Entran y salen con bultos de ropa enormes. Hablan. Se saludan, no me hacen ni puto caso, pero da igual, se está bien allí, como si la atmósfera brumosa de aquel sitio se pareciera a la de mi casa, como si allí no pudiera pasar nada malo, como si lavar la ropa uniera a la gente. El chino no deja de doblar la ropa aunque se le quede mirando el gato. Creo que bromea con un cliente con meterlo en la secadora. El animal entiende y se cabrea y se sube a la montaña de bultos. En la televisión emiten imágenes de Sandy, el huracán de hace dos años, pero me da igual, está la lavandería. La princesa nubia se va sin despedirse y queda allí donde estaba sentada una especie de vacío. Doblo mis nikis al lado del chino. Le digo gracias. Me pregunta de dónde soy. La vieja, que no se que hace allí tanto tiempo, me dice también algo y se ríe, pero creo que no de mi. Salgo, hay nubes cada vez más negras, avenida Malcolm X arriba está Mordor. Bajo la calle, paso por delante del badulaque, se cruzan un par de coches con la música alta, un viejo en pijama y sus nietos juegan al pie de las escaleras de su casa con cubos y palos, hay basura acumulada y un puesto de bebidas que sirven a través de un enrejado. Un cartel anuncia vino italiano a buen precio. Cruzo unas cuantas calles más, llego a las pistas de baloncesto, empieza a llover, corro hasta casa, en la iglesia suenan los ensayos de las siete de la tarde, saco la llave y un gato sale de entre los cubos de basura y se me cruza como si me conociera. Para mi que siempre fue el mismo gato. No quiero morirme sin volver. 

jueves, 2 de julio de 2015

Las cosas, hablando, se solucionan.



Tras muchos años de esfuerzo, conseguí, a media mañana, un tigre. Un tigre blanco, no demasiado grande, de tamaño mediano, vamos, un tigre de andar por casa. Los primeros momentos fueron complicados. Había que mirarse a los ojos y ponerse de acuerdo. No es fácil crearse unas pautas, buscar salida de antemano a los probables conflictos. Yo me senté en mi sillón y él se fue a la otra esquina, me miraba como diciendo, bien, y ahora qué. El cuarto estaba medio oscuro. Levanté una persiana pese a que hacía calor y por ahí no entraba nada de aire. Dije hablemos. Y el tigre derribó de un zarpazo la lámpara. Un contrato por escrito hubiera sido demasiado serio, no se. Los tigres no suelen firmar contratos escritos, están hechos de otra madera, son francos, directos, confían. Intenté no hacer ningún gesto feo al ver caer mi lámpara, no fuera a preocuparse. La cosa era también difícil para él. Un sitio nuevo. Odio los sitios nuevos. Un día, siendo chico, me escapé de casa. Recorrí muchas calles hasta que me salí de la ciudad. Llevaba un bocadillo y pocas ganas de regresar. También tenía un mapa que no correspondía a ningún lugar conocido. Llegué a un galpón en un descampado y me dije que aquel sería un buen sitio para pasar la noche, que por cierto, estaba helada y negra como si fuera un tópico. De las paredes del galpón colgaban ganchos y cadenas, el suelo era tierra, y las corrientes de aire decían vete. Había otros ruidos menos amables. Desde entonces no me gustan los sitios nuevos. El tigre, tras merodear un rato, se sentó en un rincón y empezó a lamerse las garras. Una cosa importante era el tema de los almuerzos. No tengo ni idea de qué se alimenta un tigre. Barajé incluso la posibilidad de que fuera vegano. Fui a la cocina y le acerqué a la nariz un plato de tofu. No puso mala cara. No se enfadó pero se levantó y con la cabeza partió en dos la puerta del salón. Había que reconducir el tema. Volvimos a sentarnos. No soy un buen negociador. Si hubiéramos tenido antes unas reglas en casa a las que atenernos, la cosa hubiera sido quizás más fácil. Le miré a los ojos y le dije, firme, que si tenía algún problema con venirse a nuestra casa lo dijera ahora, que este era el mejor momento, antes de tomar una de esas decisiones de las que te arrepientes durante las noches de agosto. Antes de que pudiera contestar sonó la cerradura y entró María,  con el cansancio puesto, nos dijo hola, miró los destrozos, y se fue a la habitación a dejar las cosas y ponerse el pijama. Me puse nervioso. Salí, entré y volví a salir con disimulo y el tigre seguía ahí, lamiendo las sillas de estampado rústico. Al parecer María había salido antes del trabajo debido a que le dolía el cóccix. Nadie está de buen humor cuando le duele el cóccix. Me di cuenta de que hubiera sido bueno explicarle hace mucho a María que siempre quise vivir con un tigre, pero no me atreví, pensé que lo podía malinterpretar, que se sentiría acusada de algo, María se ofendía siempre fácil. ¿Quién es? Me preguntó cuando volvió al salón.

Un tigre.
¿Y?
Pues eso, un tigre.


Es muy difícil explicar a alguien, aunque ese alguien te quiera, el por qué de tus sueños. Por mucho tiempo que se pase conviviendo, los sueños privados, esas absurdas quimeras, son tan intrasmisibles e inexplicables, tan particulares, como la azarosa forma de tu páncreas. María me dijo que había tenido un día muy largo en la oficina, iba a explicar porqué y entonces el tigre la interrumpió con un rugido terrible mezclado de babas. Era otro punto a tratar. Éramos tres y los tres teníamos que estar contentos. Para ello había que hablar, escuchar la opinión de cada uno. Si no, no se puede. La convivencia se puede conseguir también modificando pequeñas costumbres de las que ya estamos cansados, dije para rebajar la tensión. No hay que levantar barreras invisibles. La casa es grande, hay dos dormitorios. Lo del baño, eso ya era más complicado. Pero buscaríamos todos una solución. Dije que yo me ocupaba de sacar los tapones de pelo de las tuberías pero ni así María puso buena cara. El tigre, por su parte, iba a lo suyo. Con un gesto posiblemente involuntario encendió el televisor. Estaban echando una película de Scorsese. El tigre miró y creo que no entendió. Un tipo rapado hablaba con un espejo. Dio un mordisco a la televisión para apagarla. Saltaron algunas chispas. María sin embargo estaba tranquila y me miraba. Dijo tengo sueño y se volvió a la habitación. La negociación duraría horas. No se, hay cosas de las que no puedes estar seguro, el futuro es gelatina deshaciéndose entre unas manos torpes. Ruidoso, terco, infantil, difícil de definir, aquel último gesto del tigre, cuando me arañó el brazo, me hizo dudar de muchas cosas. Pero una es segura, María siente cierto cariño por mí. 

sábado, 4 de abril de 2015

Cuentero



No está bien hablar a solas. Mejor escribir, que viene a ser lo mismo, pero con más disimulo, me dijo ella, la muchacha del cuarto de al lado de este hotel plagado de lagartos. Escribir es una batalla. Eso decían. Los que escribían. Hace tiempo que nadie escribe nada, acá, en la isla. Al principio pensé que para mí eso era una oportunidad, no se, toda la vida pensando que había demasiados libros, demasiada gente que escribía, demasiadas historias que desembocan en tragedias fáciles de olvidar. Alguien dijo que escribir era duro, que costaba sangre, que escribir no merecía la pena. A mi no me parece que escribir sea como una batalla. Me parece absurdo, pero no creo que sea algo bélico, ni triste, solamente, quizás, es más bien una forma de putear al tiempo. 

Salía el sol todas las mañanas, en la isla, como sin ganas. Los lagartos, aun así, lo agradecían. Yo tenía algo de papel, y a veces lo hacía tiras, por mera crueldad, pensaba si no sería más útil hacer otra cosa con él. Me aburría cada tres días, el resto lo pasaba bien. Dije por teléfono a algunos amigos que iba a escribir algo. Percibí en la distancia un unánime alzamiento de cejas. Eso me animó bastante, era evidente que no me entendían. Por qué no mejor dejar hacer a las olas y tenderse y cabecear tras apurar la tarde roja. Aún así intenté comenzar.

Yo No Soy Escritor. Desde chico sostuve esta premisa. Ser escritor es otra cosa. Luego me decían cuentero. Porque me quejaba de todo, porque la isla no me gustaba. Decían muchas cosas. Yo escuchaba lo que quería escuchar. Y al mediodía dormía siestas combinadas con proféticas pesadillas. Después de comer, un lunes, me puse a escribir. Una historia sobre cosas que no están en ningún lado. Esa debe ser la última justificación de cualquier escritura. Fue también un mediodía cuando oí por primera vez ruido en el cuarto de al lado. Me habían alojado en un hotel extraño. Allí, me aseguraron, se oiría caer lluvia sobre un techo de pizarra. Me gustaba la idea de ir a escribir en un sitio así, por ese ruido del agua que sirve como atrezzo para ensimismarse. Me engañaron. Las gotas que cayeron eran limaduras de cielo plomizo. La lluvia acá no es lo mismo desde que de las nubes no cae agua, sino esa sustancia negra, dura, compacta, sin nombre, desde que la lluvia y el agua y cualquier líquido fuera del mar dejaron de existir, desde que se cuajó esta isla maldita. Luego llegó el otoño y me olvidé de reclamar. Me costó mucho escribir con una lapicera, en silencio y con sed hasta que, al otro lado, en el otro cuarto, noté como alguien hablaba a solas.

No me extraña que la gente de aquí se queje tanto de nostalgias. De nostalgias de lluvias líquidas. De regueros de agua sucia que formaran pequeños torrentes y desembocaran en alcantarillas enrejadas y casi taponadas. Fue entonces, cuando era mediodía y llovían piedras, que empecé a pensar en porqué llegué a este lugar. Creo que fue un accidente o un desvío, al poco me di cuenta de que sería el lugar de donde nunca querría salir, lo pensé así, con esa teatral hipérbole. No en vano fue el lugar donde la encontré. Al principio no era más que una colección de susurros indescifrables al otro lado de la pared, a veces sazonados de ecos. 

Durante los primeros meses, hubo momentos en que me cansé de estar rodeado de paredes. Como tenía tanta sed, pensaba en desiertos para distraerme. Los desiertos pueden ser mejores fronteras que las paredes, porque invitan mejor a imaginar lo que hay al otro lado. Las fronteras que son muros son mucho más prosaicas: sólo, sabes, que al otro lado hay alguien, que susurra, que habla sola, tal vez intentando oír lo mismo que tú estás intentando callar. Quise saber quien había al otro lado, ahí empezaron los problemas. Ella, al principio, era una amenaza.

Nos empezamos a cruzar por casualidad en el pasillo. Yo siempre salía pretendiendo no hacer crujir los tablones del suelo. Ella daba portazos. Lo que más me gustó de ella fue que tuviera un cuerpo. Cuatro días después descubrí que también tenía ojos, verdes, y obvio, se me descompensaron ciertas neuronas, que hasta el momento habían aparentado estar muertas. Nos acostumbramos a coincidir por las escaleras, desgraciadamente no cabían dos bajando juntos. Aún así hablamos. De cosas paranormales sobre todo. A ella le fascinaban ciertas clases de fantasmas, a los que llamaba mis historias pasadas. La cosa se fue complicando tanto que tuvimos que invitarnos al café seco de la esquina. Nos intercambiamos definiciones sobre qué cosa es la literatura. En el cuarto ella no hablaba con sus fantasmas. Por fin me reveló que lo que hacía era escribir y leerse en voz alta sus párrafos, antes de descartarlos o guardarlos. Era muy extraño que a los dos únicos que escribíamos en la isla nos hubieran puesto pared con pared. Desde luego, pensamos, aquello no era cosa del azar. 

La isla se fue quedando sin gente, una vez que el invierno amenazó con congelarlo todo. Se veían luces a lo lejos que ella identificó con barcos que se alejaban. No voy a negar que el miedo a que ella también se fuera me hizo morderme un labio, con resultado de tirita y yodo. Lo único que no puedes hacer para escribir es hacerlo por costumbre. Yo había cogido la mía enseguida. De dos a cuatro. Justo cuando los susurros en el cuarto de al lado alcanzaban casi el tono de un aullido mudo. Me pareció que no podría escribir sin ese ruido de fondo. 

Una tarde me senté en la mesa con los papeles y del otro lado no llegó nada. Ni un rumor, ni el chirrido de una puerta, ni el leve ritmo de unos pasos, ni su voz esponjosa. Miré por la ventana. Un trozo de hielo negro había atrapado un zapato que ella se dejó en la calle. La isla en invierno se queda desnuda. Huele a cierta resina quemada, que solo se encuentra aquí, adentro del bosque, en noviembre. En los desiertos, tradicionalmente, hace siempre calor. 

Sigo escribiendo sin mucha codicia. Los granos de mostaza que los isleños plantaron el otoño anterior explotaron en selvas. Las selvas se extendieron entre médanos y cuevas. Son bastantes verdes, con matices amarillentos. Cubren las colinas, de elevaciones muy ligeras, en las que las selvas se aclaran y después siguen por la llanura, manchando sus ríos secos a salvo de cataratas. Mi hotel está detrás, tras una niebla de espesura verde, tras los chopos de mármol, tras el semáforo en rojo, tras una sucesión de cordilleras que acaban en nieve, hielo y tal vez, ausencia. No sé si se fue, el zapato congelado no prueba nada. Tenía todo el derecho del mundo a no querer ser un ruido de fondo. Para eso están los lagartos, las olas, las ventoleras, esas cosas. Opino que nadie debería leerse a sí mismo cosas en un cuarto cerrado. Todo es cuestión de manejar la sed, tal vez, de esperar un portazo...no, no está bien escribir a solas.