lunes, 31 de diciembre de 2012

Sobre la fractura de un texto



Escribir es desvelar un secreto. Es mostrar, “publicar”, expresar algo que acontece al escribidor y que le es íntimo, reservado, algo que suele revestir el carácter de “visión” única, algo que sólo se descubre una vez. Se mira un árbol, un mero árbol mil veces visto sin consecuencias, y el poeta encuentra en él una pregunta, un misterio, una perfección nunca antes sugerida por el objeto. El poeta siente la imperiosa necesidad de traducir la experiencia en palabras. La visión le pertenece, pero necesita compartirla. No se resigna a retenerlo en la memoria, sino que le empuja, en ocasiones frenéticamente, a ponerlo por escrito, para que otros también puedan verlo, para que aquel íntimo secreto no se diluya en el olvido.

María Zambrano lo entendió así, con su particular filosofía poética:

“Escribir es defender la soledad en que se está...pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra.”

Pero el juego no es tan sencillo. Hay un problema, una dificultad entre decir y que te entiendan. Escribir y que te entiendan. Ese dilema tan mal resuelto con falsas confianzas en el lenguaje y en sus hermenéuticas, no puede solucionarse de cualquier manera. Siempre permanece la duda de que el escrito pueda ser entendido como se propuso el escritor. Escribir puede ser expresión o máscara. Pero casi siempre quiere ser expresión. Las máscaras de hecho tan solo proponen una expresión oculta, más o menos vergonzosa y es entonces que de la comprensión por parte del lector, de esa coincidencia entre lector y escritor, depende que el acto de la escritura, por muy silenciosa que pretenda ser, tenga sentido.

En la práctica pienso que esta supuesta y tácita comprensión es muy dudosa. O que no se da casi nunca. El lector suele ser el que impone su mundo, su manera de ver las cosas frente al texto siempre limitado. La intención del escritor es esencialmente anulada. Se corre el riesgo de que la “visión” que se quiere comunicar se pierda por el camino. Del reconocimiento de esta realidad parten las construcciones de esos extravíos del lenguaje que son los “coq-´a-l´âne” o “despropósitos” de Rabelais[1] o las glosolalias[2] que constituyen buena parte de la poética moderna. Amparadas en la locura, en el destronamiento de dogmas y órdenes, son construcciones de palabras aleatorias, con una secuencia lógica desmoronada, algunas inventadas, que en un discurso absolutamente incoherente conducen al lector al sin-sentido de unos versos atroces y herméticos. Yo entiendo que, lejos de resignarse a la incomunicabilidad, estos poetas recurren, en lo que parece ser una irritada reacción, a un mayor oscurecimiento de su escritura, a una renuncia a los significados, a un refugio en los significantes que se traduce en una dolorosa e infantil queja, en un desafío al orden establecido que no puede proporcionarles lo que anhelan. Vienen a decir algo así como “pues si hablo claro y no me entendéis, hablaré oscuro, que me va a dar lo mismo...”

La ironía, el componente humorístico de esta especie de juego o broma, no esconde el desamparo que sugiere este origen, la impotencia en esa lucha contra el lenguaje que es de antemano una guerra perdida y que, sin embargo, no excluye la esperanza: cada nuevo poema, cada nueva palabra escrita es un intento de traspasar esa frontera y muro del entendimiento, de cuyo éxito depende escapar de la soledad a la que parecen estar destinados los poetas.


[1] Gargantúa: “Señor, es cierto que una buena mujer de mi casa llevaba huevos al mercado y los vendía, pero, a propósito, ocurrió que entre los dos trópicos, seis grados hacia el cenit en lugar opuesto a los trogloditas, en un año en que los montes Lipheos sufrían una gran esterilidad de mentiras a consecuencia de una rebelión de patrañas ocurrida entre los Chalanes y los Corredores, a propósito de una sublevación de suizos, que estaban reunidos en asamblea en número de tres, seis, nueve, para marchar a la Guianueva en el primer agujero del año, cuando se da la sopa a los bueyes y la llave del carbón a los muchachos, para que des avena a los perros”

[2] Alejandra Pizarnik. Fifina: “Pero el verdugo, ¡aleluya! Encubre a una madre y el hacha caerá de sus manos hoy, no mañana ni pasado mañana, sino a su debido tiempo. A su debido tiempo, mi querido. Volveré con la tarta de frambuesa sin confundir pitirre con pitarro, como aquella abnegada mujer que fatigó leguas y leguas hasta dar con el pitarro por el que al parecer se pirraba su cónyuge, y una vez desandado lo andado y extraído de lo hondo de la pilalojera, como amorosa ofrenda, el motivo de sus largos caminantes, no va el pinchaúvas y le dice que jamás se pirró por pitarro, que es chorizo pequeño, sino por pitirro, que es pajarito oscuro y largo de cola.” En Patricia Venti, La escritura invisible.


lunes, 24 de diciembre de 2012

Lluvia tras el cristal


“Et d´une chambre en autre
Entrerent...”
Chrétien de Troyes
Li Contes del Graal

En realidad nunca se llegó a considerar un tipo extraño. Salía al trabajo por las mañanas, era severo con los horarios, se vestía de una forma que no fuera posible recriminarle por ello. Fue no mucho después de conocer a Adriana que esta sospechó que escondía algo. Esto es habitual. Todos escondemos cosas, manías, hábitos más o menos infames que avergüenzan. Adriana se acabó por sentir insegura a su lado, pese a que le acabaron gustando sus corbatas, sus cuentos, sus timideces, su modo de pronunciar las esdrújulas. A los dos meses casi ya le quería. Salían a pasear, más que nada. Un cine de vez en cuando. Pero las llamadas a deshoras confirmaron que la cosa iba en serio. Él no tenía dudas, quería a Adriana. Desde el primer momento. Y hacía frío, y era principios de otoño, y la ciudad se empezaba a despertar al final de la tarde, cuando la gente parecía salir de escondrijos como alimañas que acechan en la noche. Hablaban de todo, compartían una sincera devoción por los libros, por cierta sinfonía de Brahms, por las hormigas, por los tejados de pizarra, por la lluvia, lo típico, esas coincidencias que a nadie sorprenden y que sin embargo justifican esos obstinados devaneos que llamamos cariño. Adriana estaba a punto de decirle que a aquello que habían empezado deberían darle un nombre, no sabía muy bien cual, pero antes se obligó a descubrir esa cosa que le extrañaba en él, ese secreto que podría cambiar las cosas, ya se sabe, el afán de saber, que luego provoca tan malas sorpresas.

Iba pensando en esto, agarrada a su brazo, cuando se pararon ante el escaparate de una mercería, porque ella andaba buscando lazos. Se fijó en uno que a pesar de que era de color fucsia le parecía bien y le preguntó si le gustaba. Él miraba a otro lado, con una mirada que pretendía estar perdida, pero que en realidad era tensa, escurridiza, tiró un poco del brazo de Adriana para seguir caminando. Ella insistió que mirara el lazo, pero él se negó, hasta que sus reflejos en el cristal desaparecieron, con una mueca de preocupación y sospecha en ella, con una de evidente fastidio en él.  No se volvieron a mirar hasta que llegaron al portal de Adriana, en medio de ese temible silencio que había surgido de repente, inesperado. No tuvieron más remedio que acostarse juntos para diluirlo.

El matrimonio se celebró en el más absoluto de los secretos. Fue un día lluvioso, de esos que les gustaban tanto. En un pueblo de la costa, en una iglesia medio perdida, ruinosa. En un idioma que no conocían. Se habían marchado para casarse muy lejos, sin muchas pretensiones de volver.  El viaje hasta allí fue largo y en tren. Él se lo pasó leyendo todo el tiempo. Adriana miraba a través de la ventanilla un paisaje compuesto de bosques, nubes, atardeceres medio rojos, montañas, postes eléctricos que aparecían y desaparecían con una asombrosa cadencia, como si fueran chispas. Cuando llegaron, ella le señaló el mar, pero él no quiso mirar, supuestamente sumergido en la lectura. Adriana comprobó que el libro estaba al revés. Para la ceremonia, ella llevaba un vestido azul y en la cabeza un lazo fucsia. El lo rozó con sus dedos y le dijo, antes de empezar la ceremonia, que era precioso. Iba despeinado, como siempre, con legañas. Por la tarde, antes de entrar en la posada, la descubrió llorando. Se justificó por la emoción. Pero él se dio cuenta de que sus lágrimas eran más bien de incertidumbre, de esa incertidumbre que surge cuando hacemos algo de lo que no estamos nada seguros.

La casa donde acabaron viviendo tenía el tejado de pizarra y escasos muebles. Tuvieron que comprar mesas, sillas, un armario de dos cuerpos. Adriana se encaprichó de una araña, pero él se negó a comprarla. Ella pensó en la multitud de reflejos que nunca verían en esos caireles. Se hicieron con un baúl enorme. Pretendían acumular ilimitados recuerdos. Solo faltaba un espejo para el baño, algo que cualquiera consideraría básico. No lo compraron. Él tuvo que confesar por fin. Nunca había visto su propio reflejo en un espejo. Solo la idea de este reflejo le espantaba, desde siempre lo había evitado de mala manera, esquivando los cristales, las habitaciones nuevas, los escaparates, las ventanas cerradas, los estanques, las fuentes, el hielo incluso. Adriana no podía creerlo. Aquel era, se dijo por fin, su secreto...pues vaya secreto, pensó que aquello era absurdo pero en absoluto terrible. Después vinieron más paseos, nuevas costumbres, tranquilidad aparente. Ella hizo con sus dudas un paquete bien apretado, y las metió en un cajón del armario, cerrado con llave. Era un armario de madera de roble. Pensó que eso es el amor, no dejar abandonado al otro en su laberinto.

Los años pasaron. Las gotas de la clepsidra cayeron metódicamente, una detrás de otra. Hay analogías asombrosas, como esta del agua y el tiempo. La vida se podría explicar como una especie de evaporación lenta. Adriana nunca le echó en cara su extraña fobia. Comprendió que la cosa no tenía que ver con traumas infantiles, ni con vergüenzas, ni con autoestimas, ni con símbolos: comprendió que el miedo es libre y que en general no se atiene a razones ni a explicaciones racionales. No podía reprocharle nada, a ella le horrorizaban las mariposas, tan frágiles...sin embargo, no se conformó con dejarlo pasar. Así que una mañana, amaneció nublado, con montoncitos de polvo sin barrer en las esquinas. Él se despertó con tanta parsimonia que cualquiera diría que había soñado todo la noche felicidades. Al abrir los ojos, vio en el suelo del dormitorio un largo lazo fucsia que salía por la puerta. Se levantó, cogió uno de los extremos y se dispuso a encontrar el otro. Desde un cuarto entró en otro, recogiendo en un ovillo el lazo de ese color atroz, dejándose ganar por el juego, pasando por la cocina, el trastero, el sótano y volviendo atrás y adelante, siguiendo el dichoso lazo. Llegó a la biblioteca. Allí acababa el lazo, prendido entre las hojas de un libro. Era un libro con las tapas rojas, sin título ni autor. Pensó que nunca antes había visto ese libro. Lo abrió y en vez de hojas vio el espejo y en el espejo, pequeño y traicionero, su imagen reflejada.

Desayunaron café con tostas. Adriana le miraba y él permanecía en silencio. Cuando se le cayó la cucharilla, se dio cuenta que aquello no había sido una buena idea. Ensimismado, parecía a punto de llorar. El caso es que la imagen de su rostro no era para tenerla miedo. Tenía una cicatriz en el mentón, una ceja demasiado ancha, pero por lo demás, era un rostro normal, sincero, entrado en años, incluso interesante. Adriana le preguntó cómo se encontraba. Bien, dijo él y salieron a dar un paseo, el silencio duró un día. Nunca le contó que el rostro que encontró en el espejo no era él, no se le parecía en nada, era de alguien desconocido, de un completo extraño con el que, a partir de entonces, tendría que convivir, si no quería que las cosas se estropearan. Afortunadamente, el día después del encuentro, se puso a llover.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Historia


Fue un 26 de diciembre cuando una mosca, ejercitando volteretas inexplicables, se arrojó desde el escritorio al suelo, desfallecida. Aquel día alguien perdió, sin darse cuenta, un pañuelo de papel sobre el asfalto. La humedad y la presión atmosférica se ajustaron a la media registrada en la última década. Alguien tosió, a eso de las once de la mañana. Una sombra apareció de repente en medio del parque, a consecuencia de la errática deriva de una nube gris y rebelde. Ya era mediodía, aquel 26 de diciembre, cuando un bolígrafo agonizante se quedó sin tinta, cuando en un cuarto sin luz, a ochocientos kilómetros de donde me encontraba, alguien cerró un libro de poemas. Pocos minutos después, nos encontramos por primera vez.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Sombras, nada más...de Antonio di Benedetto



Rastrear la relación entre sueños y literatura es una tarea casi imposible, porque son dos cosas que van indisolublemente unidas, y uno cuando lee cualquier libro no puede evitar sentir que todo partió del sueño del autor, que sus enrevesadas galerías y sus otros elementos fantásticos, improbables, sus meditadas definiciones del deseo y las nebulosas explicaciones nacen de los mismos subconscientes que propició Orfeo.

Antonio de Benedetto, sin embargo, ya desde el inicio propuso en Sombras, nada más... una historia construida con los elementos básicos del sueño, sin reformar apenas la primera impresión que nos queda en el recuerdo una vez nos separamos de la almohada, sueños, nada más, con su caótica y absurda realidad. Una posible razón para acometer este tipo de empresas, de explicar el asombro y el dominio que ejerce lo onírico en la literatura, es la constatación de que esas realidades absurdas, la deshilachada narración de imposibles, tiene una similitud sorprendente con los hechos que percibimos durante las vigilias. No hace falta vivir demasiados años para acabar dándose cuenta de que la vida es irracional, descabellada, disparatada, pese a lo que piensen que todo es orden y razón, y que todo tiene sentido y que nosotros decidimos quienes somos, lo que hacemos, que todo se podría limitar a un esquema sencillo o científico. En otras palabras, que las vigilias se parecen demasiado a los sueños. Benedetto, con su asimilación del sueño y la sombra como sinónimos, parece indicar que la atroz materia de los sueños no es más que el reverso de las cosas tangibles que vemos durante el día, una mitad oscura de nuestras vidas y que la luz, la razón, la claridad, lo sólido, no son más que meras ilusiones. Esto ya lo propuso Borges, como él, muchos otros. El sencillo silogismo que propone que los sueños son la realidad, aun está vigente.

Esto no tiene que provocar necesariamente un juicio negativo sobre la vida. A mi me parece que los sueños conceden a la vida o al mundo una mayor profundidad, unas explicaciones de lo que somos y de lo que nos rodea difusas, neblinosas, pero que dejan margen para una serie de posibilidades que las cotidianas vigilias suelen despreciar. Los sueños, como reconoce el mismo Benedetto en una entrevista, igual que la literatura, son un consuelo, un reposo, un sosiego, una manera de hacer nuestra la irrealidad, de poder disfrutar en el caos que de otra forma amenaza con perdernos. Preguntado por las reglas del sueño, el escritor apunta una definición que parece contradecir esto: “Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.” Podría definirse así a la novela moderna, sin duda. Pero yo creo defendible esta vorágine porque, ante todo, propone el sueño como un lugar donde uno tiene necesariamente que dejarse llevar, sin responsabilidad alguna. Los sueños inducidos, que el soñador tenga alguna voluntad, que él dictamine lo que quiere observar o a quién encontrarse, que se establezcan planes, que en ellos exista el tiempo y las agendas, que pueda dirigirse la percepción hacia un lado u otro, es un contrasentido, una negación del sueño como espacio absolutamente libre y oscuro, como realidad aparte, como contrapunto a la vigilia regulada. La literatura fantástica, igualmente, propone sumergirse en un mundo reconocible, verosímil, pero que no responde a ciertas reglas que lo limitan, entre ellas, la posibilidad de que a un tipo le de por volar, o la de que una persona determinada, que en la vigilia suele prestar poca atención al soñador, en esa cabezada pueda depararle alguna caricia, aunque sea tan corta como permita el traicionero despertador.

El protagonista del sueño, Emanuel de Aosta, heterónimo evidente del autor, parece resignarse a este desvalimiento. Conviene leer este libro sin proponerse explicaciones, sin acudir al habitual juicio de símbolos que desde Freud se ha convertido en un juego algo cargante. Freud es algo cargante, pero criticarlo ya dejó hace tiempo de ser algo novedoso. Los tópicos que surgieron de sus interpretaciones de los sueños, en la novela, parece que quieren ser dejados de momento un poco de lado. Así ese de que el sueño es la expresión de un deseo reprimido o de un deseo frutado. Emanuel no niega esta explicación, pero le parece insuficiente. La absoluta ambigüedad de esos símbolos destilados de los sueños invita a ser prudente en las interpretaciones, hay que evitar una determinación rígida que las simplifique en exceso, y yo más bien me dejé llevar por una lectura en que el sueño, al menos por una vez, fuese tomado como un cuento posible, suspendiendo la incredulidad, asombrándose pero dejando de lado el reconocimiento de que los extraños hechos que se suceden no pertenecen a la realidad. 

La historia, desde el inicio en el preciso lugar de una encrucijada de calles, las de Maria de Molina con Francisco Silvela, a escasos metros de la última casa de Onetti en el Madrid real, va construyéndose mediante la sucesión sincopada de hechos, entre despertares abruptos y asombros. Predominan los ambientes presididos por el inevitable Eros y por los de su compañero Tánatos, presente este de una forma suave, tranquilizadora, hasta el punto de que Emanuel acaba por quejarse a su mujer de que le haya despertado justo en el momento en que en el sueño se moría. Hay selvas, hay redacciones de periódicos, hay catástrofes, hay familiares, hay calles, pero todo envuelto en esa especie de niebla tan característica de lo onírico. Lo fundamental en el transcurso de la narración son las continuas transformaciones que van surgiendo inesperadamente. Las transformaciones, ese estar frente a un compañero de trabajo y de repente aparecer hablando con un primo que solo viste en la infancia, el hecho de que el compañero y el primo, en el orden del sueño vengan a ser la misma persona, es algo soberbio. Esas asociaciones prodigiosas de aromas, de objetos, de recuerdos e imágenes conectadas de forma aparentemente absurda, constituyen también el fundamento último de la literatura fantástica, como bien reconocería ese buceador del subconsciente que fue Dalí. Igual sucede cuando la mezcla de dos imágenes conocidas propone una tercera que define a ambas, convirtiendo el universo en una red de relaciones infinitas. Así aquella fusión que Walter Benjamin encontró en la poesía de Baudelaire, cuyas “imágenes de la mujer y de la muerte se compenetran en una tercera, la de París”

Soñar, leer, tienen sus contraindicaciones, sus abusos, también hay quien opina que es mejor olvidar lo soñado, que son escapatorias que hay que parcelar y no confundir. Es una acusación definitiva el que a alguien se le acuse de soñador. Va implicado en el juicio una cierta indisposición hacia el deber, un cierto desdén hacia lo cotidiano, una inocencia y un ilusionismo que no es propio de un adulto normalizado. La fantasía y el sueño tienen que ser defendidos como una parte irrenunciable del ser humano: “Emmanuel sale del lecho, con una débil percepción aún del riesgo de que su mujer, al despertar, pueda regañarlo a causa de lo que anda soñando...” Aunque luego también están las pesadillas.

Emanuel se encuentra con otro personaje durante uno de sus sueños, un personaje gris, aparentemente poca cosa, y al que el protagonista no puede evitar nombrar como Maldoror. No sorprende encontrar este nombre en un libro sobre sueños, no en vano, Les chants del uruguayo Lautréamont constituyen la pesadilla por antonomasia, plagada de embriagantes metamorfosis, de monstruos oscuros, de negros deseos que ayudaron tanto a los surrealistas en sus idealizaciones terribles, esos surrealistas que desde Breton para abajo hicieron de la materia candente de los sueños la razón de su escritura. Benedetto construye, irónicamente, al Maldoror de su novela como un ser más bien insignificante, un demonio de andar por casa y es que el sueño no suele contentarse con proponer un nombre que coincida exactamente con el objeto o personaje nombrado.

En fin, la novela me pareció interesante, sobre todo porque yo, confieso, soy un soñador. Bueno, más que soñador (que lo somos todos afortunadamente), soy un ensoñador, alguien que suele perderse por las calles porque va pensando en otros mundos, alguien también, que siempre va cayéndose de sueño. Todo es cuestión de alejar ciertos componentes de la dormición que no conviene usar, tales como los bostezos, las modorras, los somníferos, las soñarreras o el noctambulismo.  Mis sueños prescinden de todo esto, aunque no suelen ser muy narrativos, no son historias complicadas ni con muchas aventuras. Mis sueños responden más bien a ese verso de Pessoa que rememora cuando “Num meio-dia de fin de primavera/ tive un sonho como uma fotografía”, sueños como fotografías, imágenes aisladas y hermosas de lugares donde se desearía estar, vistas en el destiempo de una siesta de mediodía caluroso, siempre dispuestas a convertirse en un recuerdo....o en un cuento.

martes, 27 de noviembre de 2012

Huellas que no quieren borrarse


Me pregunté siempre cuánto tardan en desaparecer unas huellas en la arena. Me refiero a el tiempo mínimo requerido para que el viento, para que la probable ola acabe con esa minúscula señal de unos pies, con la marca de sus dedos, de su andar dubitativo o firme, pesado o decidido. Ya sean pies ligeros los que apenas comprimen la superficie o pies pesados de cuerpos contundentes, de cuerpos a punto de sumergirse,  de marcharse o diluirse, el tiempo siempre acaba haciendo de las suyas con su afán de llevárselo todo, sin remedio. Intenté calcular la exacta porción de minutos o de segundos que se requieren según las diferentes tipologías de pies y huellas, de arenas y de las más diversas condiciones ambientales, y por supuesto no encontré un patrón único, una estimación fiable que diera el tiempo exacto de esta operación nimia que sin embargo a veces tiene una importancia insospechada.

Hice los experimentos y cálculos cuando supe de aquellas huellas de niña, de esas huellas que perduraron por no se sabe qué milagro durante más de media hora, quizás más, unas huellas minúsculas como las que correspondían a un cuerpo minúsculo de seis años, niña ligera pero atigrada, de huella felina y casi salvaje, niña de pelo revuelto, de risa constante, que ya entonces tenía frente al mar una actitud de solvencia, una actitud parecida a la que tiene cualquiera al mirarse al espejo, como si su imagen, entonces tan modesta, tan niña, no pudiese contentarse con un espejo de mano y necesitara del mar, de su extensión prodigiosa, de su opacidad y profundidad, al mar como escapatoria de su imagen inabarcable...y solo tenía seis años.

 Sus huellas van lentamente separándose, sin más, de la mirada de sus padres, que distraídos por la caída imprevista de la tarde en uno de esos rojos más bien literarios, la dejan andar sola por la playa desierta, cuando ya todos se refugiaron en sus casas, porque era invierno. Y ella anda en círculos, en espirales, a la pata coja, embisten unas olas tranquilas, y la tarde, y el rojo de unas nubes hacen el resto. No se si oyó tal vez algo en la lejanía de aquel espejo que la llamaba, pero el caso es que se alejó de sus padres, de la mirada de sus padres. Tan solo ahonda esas ligeras huellas que deberían desaparecer con la primera ola, pero que esta vez permanecen, que aquel día por una extraña confabulación contra las leyes de la naturaleza permanecieron sin que las olas, ni el viento ni ninguna otra huella extraña pudiera borrar de la arena esas que la niña va sembrando como no queriendo la cosa, como suelen hacer estas cosas los niños, plantando huellas, alejándose, tal vez huyendo, escuchando el atardecer rojo, buscando un llamado de lejanías, siguiendo tal vez a un cangrejo que se dirige hacia las rocas del final de la playa, a muchos metros ya de la mirada de sus padres, segura a sus seis años que ese cangrejo le pertenecía, que no escaparía, que no había peligro, que el mar es un espejo inofensivo, segura de que la mirada de sus padres no había dejado de seguirla.

Influyó también la ausencia del miedo. El miedo ignorado, imprevisto, ausente. El miedo como una noticia vaga de un país extranjero, el miedo que no reviste aun la experiencia del dolor. Al fin corre hasta las rocas, sigue buscando a su cangrejo que se ha perdido entre los charcos y las algas, la tarde va filtrando una oscuridad de invierno. Trepa, sale del campo visual de sus padres, se adentra entre los guijarros entre tropezones y resbalones, anda más hacia las olas, se le atranca un pie entre dos rocas, pierde una chancla, sigue adentrándose más entre los riscos, alejándose de sus huellas de la playa, buscando al cangrejo que será suyo, hasta un pedrusco plano que descuella sobre una especie de abismo, sube, gatea y sigue adelante, descuelga sus piernas y allí más rocas, allí más algas, allí el olor salado de una marea que sube. No está el cangrejo, pero están las olas, la oscuridad, las caracolas vacías, un anzuelo abandonado que se clava en el talón. No se queja, no llora, ni siquiera al comprobar un hilillo de sangre que se pierde en un charco de agua verde. Se sienta, mira al mar, al espejo, a las nubes, a la oscuridad, ve más allá a su cangrejo lanzarse al agua, mientras la espuma de una ola cubre, por primera vez en aquella tarde, la lisa roca donde descansa.

Su padre está concentrado en otro azul, el de los ojos de su madre, siente el aire, la oscuridad y ella decide que es un buen momento para volver a casa, se dan la vuelta y la llaman. No ven más que las huellas que se alejan, formando un reguero de huellas minúsculas sobre la arena negra. Son esas extrañas huellas las que permanecieron, las huellas de unos pies y de un cuerpo tan ligero, pero que a pesar de esto no desaparecen y uno no se lo explica, porque yo, mucho tiempo después, cronómetro en mano, comprobé una y mil veces cuanto tarda una huella en desvanecerse, el tiempo que necesitan el viento o la ola para deshacer la marca de unos pies sobre una playa y las de la niña de seis años, tan ligeras, deberían haberse borrado hacía varios minutos cuando sus padres las recorrieron por fin con su mirada. Corren en medio de los gritos tras las huellas, no la ven, son metros y metros de arena hasta llegar a las rocas, uno tampoco se explica cómo una niña puede escaparse de esa manera si fue dando círculos, si andaba parándose a cada momento en espirales y reflejando su imagen en las olas, cómo pudo tardar tan poco en alejarse tanto una niña que iba tras las lentas patas de un cangrejo.  Llegan hasta las rocas, hasta las que la marea que sube irá cubriendo, hasta las que poco después estarán totalmente sumergidas por el agua. Tiene que ser así porque el mar es un espejo, pero también el mar es el mar, el mar sin definición, sin imagen ni metáfora, el mar en silencio de las tardes de invierno, simplemente el mar.

Ellos también resbalan, caen, se tuercen un poco el tobillo, buscan aterrados, porque ellos si conocen el miedo, ellos si alcanzan a vislumbrar todas las posibilidades, porque ellos ya conocen el dolor, la misteriosa punzada de un anzuelo clavado en el talón, la desdicha que produce ver un hilillo de sangre diluirse en un charco de agua verde, porque ellos se acusan el uno al otro de haberse despistado, de haber dejado sola a la niña en medio de la playa, como otras veces ella acusa al hombre de la torpeza, el la reconoce pero no puede decirle ahora que estaba perdido en el azul de sus ojos, porque ahora eso no sirve, porque eso no sirve casi nunca como excusa, porque decir esas cosas sacadas de contexto es una torpeza enorme, porque no tenían permiso para perderse en ningún sitio sino que debían vigilar a la niña de seis años, a la niña a la que habían dicho mil veces que no se acercara nunca a la zona de rocas, a la que dijeron que dejara en paz a los cangrejos, a la que dejaron bien claro que no debía andar sola por la playa, ni por las calles, ni cruzar semáforos en rojo, ni hablar con extraños, ni aceptar regalos del abuelo sin dar las gracias.

La niña empieza a dudar, el talón le duele, decide arrancarse el anzuelo, y el hilillo de sangre se hace más grande, le duele y mira por fin alrededor, deja por un momento de mirarse en el espejo del mar porque ya está oscureciendo demasiado, y por fin piensa en la playa, en la arena, deja de buscar en el horizonte, y se vuelve hacia sus padres pero no están allí, tan solo las rocas manchadas de algas, las olas que cada vez están más cerca aunque apenas se ven, y se levanta pero no puede andar, tira el anzuelo lejos y siente ese dolor como algo nuevo, y no dolería tanto si no estuviera sola, y no tiene miedo, no tiene miedo pero empieza a intuir lo que es el miedo, y no quiere estar sola, si al menos hubiera atrapado al cangrejo, pero no, esta sola y le duele el pie y quiere volver pero no puede. Suben las olas, sube la marea, lo sabe, pese a que por fin la oscuridad lo cubre todo, ni siquiera quedan los tímidos reflejos del mar cuando no hay nubes y es la noche, la noche sin miedo, la que ahora lo cubre todo, hasta que el mar con su marea que asciende cubra también la roca plana donde está sentada la niña de seis años, de pelo revuelto, mientras sus huellas, dejadas atrás hacía demasiado tiempo, por fin desaparecen, innecesarias. No tiene miedo, pero cuando el agua llega a sus pies y se llevan el charco de agua verde y roja, cuando la marea por fin la alcanza, acierta a susurrar tranquilamente una especie de queja, de petición, unas ligeras palabras lanzadas al espejo del mar que reclama su espacio, esas palabras en las que tan solo dice que quiere volver y es entonces cuando unas manos la alzan de la roca, la hacen reír, la devuelven un abrazo que ya empezaba a echar de menos.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Palabras heladas


Los resortes de la nostalgia, sus insidiosos mecanismos, son un asunto bastante oscuro. Al menos así me lo parece. Es curioso cuando aparece de repente como si se tratara de una enfermedad aguda, de una “oxeía” que decían los griegos, y es que la nostalgia efectivamente me parece una de esas enfermedades que o se te pasan pronto o te matan enseguida. Resulta irritante cuando en medio de un día soleado, protegido por una cotidianeidad sin sombras, tranquilo en la inercia de los trabajos y los sueños, de las mediocres esperanzas y de los premios pobres, de repente se te cruza delante cualquier objeto, una cara, unos ojos, un viento, quizás tan solo un color y quieres evitarlo pero lo que sea te arrastra contra tu voluntad hacia aquel lugar del pasado que añoras y al que probablemente no podrás volver. Esto es más o menos lo normal, pero peor aún es como en mi caso, cuando me asaltan los mismos síntomas, pero la añoranza responde a algo que nunca he vivido, a un lugar donde no estuve, de alguien que ni tan siquiera cruzó una palabra conmigo. Esto de inventarse tristezas con tanta alevosía tiene mérito, no está al alcance de cualquiera. Luego está otro tipo de nostalgias, también inexplicables, más comunes, cuando las sientes de algo que en su momento te disgustó, te dolió, de un lugar en que sufriste, de una persona que hubiera sido mejor negocio olvidar.

Al respecto hay un cuento de Cesare Pavese, “Tierra de exilio”, en el que el protagonista viaja por motivos de trabajo a un pueblo del sur de Italia desde Turín. Es un pueblo marinero, “ingrato y vacío”, pobre, surtido de miserias humanas, de paisajes secos y agrestes. La narración en primera persona se inicia desde el recuerdo de esa experiencia necesariamente infeliz, ya de vuelta en el verde Piamonte. No en vano el cuento quizás esté inspirado en el exilio que sufrió el propio Pavese en un pueblo parecido, perseguido por los fascistas en 1935. Sin embargo, lo que vio, el lugar tamizado por la distancia del recuerdo, le hace suponer que aquel pueblo fue especial, que las historias de esas gentes que tanto le desagradaban significaban algo cuyo sentido se le escapó mientras convivía con ellas. Pavese lo explica al principio del relato: “solo lo que ha transcurrido o cambiado o desaparecido nos revela su rostro real”  En definitiva, para entender, es mejor alejarse.

Este es un tópico repetido en cualquier manual de escritura creativa, pero tanto para el manejo de las nostalgias como para el arte de la escritura, mantener las distancias es un requisito muy recomendable. Entiendo que esta distancia se ha de anteponer tanto frente al tema del que se quiere escribir, frente al objeto poetizable, como frente a la propia escritura. Es obvio que cuando uno quiere describir alguna pena, algún acontecimiento reciente, algo que tienes delante, el resultado puede ser decepcionante, sobre todo inverosímil. Lo que en el momento pareció reseñable o fundamental, un momento después, en otras circunstancias, puede resultar un invento nimio, cuyas causas ya no tienen sentido.

Sin embargo, esta distancia puede deparar que una palabra dicha por azar, que un hecho cotidiano del pasado, resurja en la memoria con una tonalidad imprevista, revistiéndose de una interpretación nueva, primordial. Me refiero a esas palabras pronunciadas sin saber por qué, escuchadas en medio de una comida familiar, de una conversación trivial con los amigos, esas palabras que entonces fueron ignoradas, minusvaloradas, desechadas, las palabras que no significaron nada, pero que recordadas tiempo después, con la experiencia, con la capacidad que dan los años de atar los cabos sueltos, de hilar el relato y comprender de otra forma a los que nos rodean, de ver el bosque sin el obstáculo de las pasiones y errores en los que se mueven todos los presentes, de repente las entiendes como si se destaparan tras un desmedido encierro.


Esto me recordó la anécdota de Antífanes de Berges, que era un viajero griego y antiguo, que escribió libros sobre maravillas y tratados de rarezas y curiosidades. Estos libros crearon el género paradoxógrafo, donde se catalogaban infinidad de lugares fantásticos, monstruosidades, costumbres infames, fantasmas, plantas prodigiosas y fuentes milagrosas. Eran obras muy estimadas por el  incipiente público lector de una Grecia que había ampliado el mundo hasta los confines de la India por medio de las estruendosas campañas de Alejandro, un público que a diferencia del de hoy aun tenía intacta su capacidad de asombro. En realidad nadie sabe quién demonios fue Antífanes de Berges, pero su fama proviene de su relato de una visita que hizo a un país del norte, donde era tanto el frío que hacía, que las palabras, pronunciadas en invierno, se helaban y solo se volvían a escuchar en verano, cuando se descongelaban.

Estas palabras congeladas son como las escuchadas en el pasado, las que no significaron nada y que, pasado el tiempo, saliendo del cofre de la memoria, por fin alcanzan su destino. Lo más probable, desgraciadamente, es que estas palabras entendidas a destiempo ya no puedan obtener respuesta. Solo queda el arrepentimiento, el reconocimiento de una torpeza injusta, el hecho irremediable de que esas palabras descongeladas se perdieron, y no hay forma de arreglarlo, tal vez tan solo la opción de hacer una llamada telefónica, ofrecer una disculpa, y al otro lado, el que dijo esas palabras, tras pensarlo, reconocer que lo había olvidado todo.

 Extraña imagen esa de palabras lentamente perdiendo la escarcha, el sol calentándolas y de repente su sonido, al margen de quien lo emitiera y de a quién iba dirigido, surgiendo liberado y alegre. Más allá de la exageración sobre el frío de aquellas tierras, la noticia de Antifanes confunde el orden de los sentidos: la palabra congelada es un sonido que se ve, un sonido que se puede palpar. Por otro lado, concede a la palabra una analogía sutil con el agua, ambas fluyen, ambas se estancan, ambas forman ríos y mares y, que duda cabe, hacen naufragar en ellas a quienes por una confianza excesiva se adentran en sus procelosas ondulaciones.

Nostalgia, palabras congeladas, lugares que se transforman en la memoria...y libros. A los libros, a esos magníficos contenedores de palabras, les puede ocurrir lo mismo. Entre mis pocas manías que pueden considerarse defendibles está la de releer libros. Apilados en el fondo de la estantería, se esconden esos libros leídos y a veces, desechados hace muchos años. Libros que en su momento no te dijeron nada, que te decepcionaron, o lo más probable, libros de los que nada quedó salvo el título. Y luego los vuelves a leer y descubres un tesoro, no comprendiendo como los descartaste en su momento. Recién me pasó con el libro de Turgueniev, “En vísperas”. Es una historia sencilla, deliciosamente sencilla. Dos amigos, una muchacha, un tercero que se la lleva. Todo en un escenario de marejadas revolucionarias, de excursiones nostálgicas por campiñas y lagos, de filosofía y arte, de decisiones truncadas. Pero fue necesaria una segunda lectura para ver tras esa aparente sencillez sus profundidades, para reconocer en la renuncia de ese estudiante de filosofía llamado Bersenev, un acto de tristeza sin moraleja, de sentimientos sutiles y apenas definidos que se dibujan por debajo del relato, que es bastante más que un folletín oportunista como creía la primera vez que lo leí...es solo un ejemplo. Los libros hay que leerlos varias veces, lo seguro es que cada vez será diferente, como si fuese imposible leer dos veces el mismo libro, que diría Heráclito.

Una imagen análoga a la de las palabras congeladas de Antífanes es la de los libros enterrados. Libros que permanecen ocultos durante generaciones en la tierra o en la grieta de las rocas, y que después salen a la luz. Kapuscinski nos habla de los armenios, que perseguidos y aniquilados, guardaron su historia como pueblo y su idioma en libros que enterraron en espera de tiempos mejores. “Los armenios los sepultaban como los ejércitos derrotados sepultan sus estandartes.” Las palabras y los libros se transforman, se tergiversan, se callan y se queman, pero casi siempre permanecen, aunque solo sea en la modesta forma en que se recuerdan las palabras inacabadas y balbucientes de un niño.

martes, 30 de octubre de 2012

Escribir en Esmirna



Hay nombres de ciudades, que por el mero hecho de pronunciarlos, provocan algún tipo de reacción emocional, como si esas humildes letras remitieran a un recuerdo, o a algo pendiente de hacer. Esmirna es una de ellas, y no se por qué. Aunque apenas sepa nada de aquel lugar, ni me interesen demasiado las costas egeas, es pronunciar “Esmirna” y  instantáneamente trasladarme allá, alcanzar el Oriente, el mar, su pasado. Es extraño,  Esmirna debería interesarme menos que sus míticas ciudades vecinas, Delfos y su oráculo antiguo o Pérgamo y su biblioteca, que rivalizaba con Alejandría. Pero de Esmirna me atrae el nombre (tanto es así que es pronunciar el que le dieron los turcos, Izmir, y me sigue pasando lo mismo), me atrae esa mezcla caótica y sensual de lo griego con lo islámico de la que dejó buenas páginas Cavafis, y me atrae el hecho de que me permite llevar la mente lejos, a cierto ámbito exótico de la realidad en el que yo suelo moverme más a gusto que no aquí, y en esta ciudad, y en los lugares comunes que habito desde siempre. No se si me explico.

El caso es que Esmirna es famosa por muchas cosas, entre ellas por el empeño que tienen sus habitantes de que el mismísimo Homero nació allá, hace no se sabe cuánto. Este honor se lo disputan muchas ciudades, y nadie parece llegar a un acuerdo, parece difícil decidir dónde nació un tipo que ni siquiera se sabe si existió realmente, parece ser que sí. Al respecto se posicionaron Cicerón y Estrabón, que no solo aseguran que nació en Esmirna, sino que además los lugareños le construyeron allí un templo, lo cual no deja de ser algo curioso tratándose de un poeta que se mofaba, según Platón, de los dioses. Al parecer, a orillas del Melés, en un sitio bastante apartado y tranquilo, había un paraje en el que, según Chateaubriand, su madre le dio a luz y una gruta donde se retiró para componer sus iliadas y odiseas tan memorables. Llama la atención sobretodo la elección de este sitio como lugar para escribir, un sitio tan retirado que Quinto de Esmirna, exagerando, dijo estaba “a tres veces la distancia a la que se puede oír un grito”, lo que, si el que grita tiene buenos pulmones, es bastante lejos. 

Es habitual oír hablar a quien se dedica a la escritura de sus lugares ideales de trabajo, de los sitios privados donde, a modo de retiro o de guarida, se dedican a eso que es lo suyo: el escribir cosas que llamamos luego literatura. Yo no escribo habitualmente, pero si lo hiciera me gustaría ante todo un sitio oscuro, donde la luz no provocase distracciones, dónde solo hubiera la suficiente para que pudiera ver lo que hago. Precisaría de una silla, de una mesa, de papel y algo con que garabatearlo. Quizás un diccionario. Debería tener silencio, o un rumor exterior constante, algo así como el run-run de una conversación tranquila o el paso de carros en una autopista, todo salvo que los ruidos imprevistos te hagan levantarte de la silla a destiempo, alarmado. Todo esto es muy básico, pero necesario. En su defecto, me quedaría con la cueva de Homero, aunque estuviera fría y húmeda y, por supuesto, no tendría a mano un reloj, que es el peor enemigo de la escritura, con su afán de terminar pronto lo que estás haciendo.

La imagen de Homero escribiendo en una cueva, por otro lado, es muy sugerente. Sobre todo por el hecho de que a Homero se le supone que era ciego. Es como una redundancia, una doble oscuridad que se cierne sobre este proto-escritor del que sabemos tan poco. Y si era ciego, y si escribía en un lugar oscuro, uno no puede dejar de asombrarse por la perfecta disposición de las imágenes que se dibujan en sus versos, por las cóncavas naves, las lanzas que palpitan tras clavarse en el pecho enemigo, las diosas ojizarcas, las flechas y las espadas, por los escudos labrados, el viaje, el mar, los monstruos y por la vista del hogar tras la ausencia. Si era ciego, si nunca estuvo en el mar ni en la batalla, su logro no solo es algo encomiable, sino que incide en la idea de que para escribir no es necesario la vivencia o para describir algo no es preciso haberlo visto, todo como surgiendo de una inspiración imprevista, las palabras formando un universo creado desde la nada, tal vez desde la fusión de las historias oídas, como cualquiera podría escribir del amor sin haberlo logrado, sin utilizar unas experiencias auto referenciales que remiten al propio ombligo. Es también una perfecta apología de la imaginación, de las posibilidades ilimitadas del intelecto para crear mundos, sin la necesidad de que intervengan los sentidos....no se, o quizás a Homero le pasaron muchas cosas, sobrevivió a las batallas, cuando se hizo viejo se refugió en la cueva, y su escritura no sea más que un resumen de lo vivido, tan solo un remedo de lo que sus ojos tuvieron la oportunidad de atisbar.

Y si hablamos de epígonos de Homero, por qué no referirse a Borges. ¿Que pensaría él de esto que intento explicar, de lo de habitar cuevas, de lo de escribir a ciegas?...Uno de sus cuentos, El inmortal, parte del regalo de un anticuario de Esmirna a la princesa de Lucinge, de unos volúmenes que corresponden a la Ilíada traducida por Pope. La referencia a Homero y al supuesto lugar de su nacimiento es evidente. Borges, necesariamente, se debió identificar con el griego, ambos unidos por alguna clase de sutil afinidad. Los dos tuvieron el inmenso poder de fabricar poemas magníficos surgidos de una imaginación ilimitada, ambos parece ser que no precisaron de la vista para describir la definitiva belleza de las cosas que nos rodean. Quizás se les podrá acusar de escritores de biblioteca, de “hommes de cabinet”, de poetas librescos. Pero algún día, gracias a su ejemplo, quizás a mi me dé por escribir una historia ambientada en Esmirna.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Este jueves, relato: Azul



Estaba leyendo, fue hace mucho, cuando todavía me asombraba de casi todo, por la tarde, cuando la luz cedía. Mi padre se acercó sigiloso a mi espalda, vi su puño que se interponía entre el libro y mis ojos, vi como de él se escurrió una arena muy fina, de color azul intenso, cayendo de su mano como en los relojes de arena, lentamente, hasta cubrir la página. Solo me explicó que era lapislázuli y que lo guardara. Pasé la página, seguí leyendo, acabé el libro, lo dejé en la estantería, olvidé la arena.

Transcurrió el dichoso tiempo. La memoria jugó conmigo. Cierto que no le di importancia a aquella arena azul, pero del nombre y del color me acordaba siempre. Lo volví a descubrir en un cuadro de  Roger van der Weyden, en una miniatura de un códice medieval, en un recuerdo del mar, en un zafiro que reflejó un espejo, en el tono misterioso de una nube de marzo. Un día busqué el libro, y la arena permanecía donde la abandoné. Para entonces ya sabía que con ella, mezclada con aceite, se fabricaba el azul de ultramar, un tinte que durante mucho tiempo se consideró más valioso que el oro. Sabía que lo traían de Siberia, de Bactria, de Persia, que Marco Polo dio noticias de él en sus viajes. Sabía que se utilizó para iluminar las intrincadas capitulares del libro de Kells y para las delicadas escenas de las Horas del Duc de Berry. Sabía que Durero y Leonardo da Vinci se quejaron de su alto precio y del inútil orgullo de los pintores que lo usaban. Sabía que Ceninni le concedía el reinado sobre todos los colores por su perfección y resistencia. Los demás colores se desteñían, al poco perdían sus tonos, cambiaban. El azul de ultramar permanecía siempre igual. Por fin supe que hay regalos que no valoramos en su momento y luego se hace tarde.

Alguien dijo que el azul es lo invisible haciéndose visible. Es también el color de ciertos recuerdos, cuando se tiñen de nostalgia, tal vez de tristeza. Recordé el color, recordé el libro y la mano.  Ayer fui a su casa, él estaba adormilado en el sofá, apoyado en un brazo, reclinado sobre el sueño, en su habitual duermevela. Le di las gracias, veinte años después, por aquel azul. El me dijo si estaba loco, que qué era aquello de la arena, que él nunca me había dado nada parecido. Dudé un momento, pensé si todo no hubiera sido una invención de mi memoria, le enseñé la arena, guardada ahora en un pañuelo. No la reconoció. Conjeturé sobre la posibilidad de que fuese el regalo de un fantasma, porque sin duda aquella materia no parecía de este mundo. Mi padre fue a encender un cigarrillo, metió la mano en el bolsillo, sacó una caja de fósforos, prendió uno, iluminó su cara, vi su sonrisa astuta. Supongo que se alegró de que, después de tantos años, alguien aun recordara aquel color, aquella fugaz fascinación, aquel material tan ajeno que por un segundo consiguió abatir al gris cotidiano, al permanente diluirse del tiempo que pasa y no deja huellas.

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miércoles, 17 de octubre de 2012

Los jueves, relato: De libros... y magnetismo


Me dejó el libro mientras esperábamos el autobús un poco sin darle importancia, porque suponía que a mi me gustaba leer, eso si, dejándome claro que se lo tenía que devolver. Con una fingida severidad me dijo que estaba harta de la gente que no devolvía los libros, que aquello era una especie de robo y de traición, y que si no se lo iba a devolver no me lo dejaba y yo, le dije que sí, que se lo devolvería y ella por fin sonrió.

Lo primero que me llamó la atención fue la portada, tenía el dibujo de un ave que a la vez era una caligrafía turca, un laberinto de letras árabes que me llevó de inmediato al origen de la escritura como ideograma, como complejo y poético devenir del objeto al signo. Sin embargo no se me ocurrió más que decirle lo que me gustaba el color del fondo, que era de un violeta muy intenso, y le señalé, con esos inútiles arranques míos de erudición que más bien son pedantería, que el violeta y las violetas, en tiempos de Shakespeare, se usaban para hacer infusiones contra la melancolía. Ella, siempre tan pragmática, me contestó que no le importaba demasiado lo que bebían los ingleses y que la portada no era de color violeta, sino morado. Aquella misma noche empecé a leerlo.

Era La lengua de mi madre, de la escritora turco-alemana Emine Sevgi Özdamar. Recoge tres relatos largos, el titulo quizás no es tan hermoso como otro de la misma autora, “La vida es un caravasar”, que es un título y una sentencia con la que estoy de acuerdo, esa comparación que incluye una palabra tan sugerente que se convierte fácilmente en materia poética. El caravasar es una posada en medio del desierto donde descansaban las caravanas, que simboliza la vida como un viaje, o como la pausa de un viaje, palabra que también remite al descanso, al oasis, a los libros como lugar para detenerse. Özdamar posee una escritura directa, fragmentaria, diferente, en la que los sueños y la melancolía, las contradicciones de la modernidad y los viajes tienen un papel determinante. A veces tiene un sentido del humor surrealista, como en el segundo relato del libro, que es una conversación imposible entre un burro y su dueño.

El argumento de La lengua de mi madre, el primero de los tres relatos, parte con un planteamiento que desconcierta, que emociona: el de una joven turca, emigrante en Alemania, que no recuerda su idioma, el idioma de sus padres, de sus abuelos, y tiene que tomar clases para volverlo a hacer suyo, en una especie de anámnesis existencial y necesaria, que es una búsqueda de raíces, y que acaba siendo también un acto de amor, de profunda nostalgia, de tristeza compartida con su profesor. Enseguida relacioné este argumento con las circunstancias de quien me había regalado el libro, también inmersa en la idea del desarraigo, del olvido y de los caligramas árabes. Supuse que me lo prestó porque de alguna manera se identificaba con la protagonista y quería compartirlo.

Pasó bastante tiempo. Le dije que lo había leído, que me había gustado mucho, pero no me atreví a decir más sobre el contenido, porque ella siempre se había movido con mucha prudencia a la hora de hablar de si misma, y no le quería imponer ese tema de conversación, ni ningún otro, básicamente me dedicaba, los días que coincidíamos para tomar el te árabe, a escucharla  hablar de libros, o de su tierra, o del mar, mientras yo desdeñaba los agradables tedios en que se resumía mi vida sin que ella pudiera hacer demasiado por evitarlo. Cada vez que llegábamos a la parada de autobús, empezaba a exigirme que le devolviera su libro, medio en broma, como si estuviera enfadada, yo la daba largas, le decía que se me había olvidado, que al día siguiente se lo daría sin falta, y aquello se convirtió en un tira y afloja habitual y amistoso, en una broma privada.

Lo cierto es que a mi me costaba un mundo deshacerme de ese libro. Tengo una teoría: algunos libros están magnetizados. No tenés más que pasar por delante de una librería, o de la biblioteca de un amigo, para que tu vista se fije y como si tuvieran una fuerza extraña te atraen irremediablemente hacia ellos. Una vez que los compras o que te los dejan, ya no te los puedes sacar de encima, se te pegan a las manos como un imán al fierro.  Con este sucedió un poco esto. No fue hasta mucho más tarde que entendí que lo que pretendía, más que un acto de bibliomaniaco egoísmo, era tener un trocito de ella, convertir el préstamo en regalo, uno de esos gestos tan infantiles, absurdos y posesivos de los que me suelo arrepentir enseguida.

Ahora el libro de Özdamar está en mi biblioteca, con un color morado difuminado por el tiempo, con las hojas bien dobladas de tanto leerlo, con alguna frase subrayada por mi mano. Desconozco donde está quien me lo prestó un día, hace mucho. Se que se fue, sin despedirse, sin reclamar por última vez lo suyo. Daría cualquier cosa por poder devolvérselo.

viernes, 5 de octubre de 2012

El discurso vacío de Mario Levrero



Entre las cosas más viejas que guardo en la memoria está ese cuaderno que era de tapas naranjas y sucio, manoseado, con las esquinas rotas, con un pájaro en la portada. Era lo que se dice un silabario, precioso nombre, aunque entonces le decía simplemente cartilla, la cartilla para aprender a escribir y supongo que me lo entregaron al poco de empezar a ir al colegio. El procedimiento de aprendizaje era sencillo, tan solo estaban las letras y tu no tenías más que copiarlas, dibujarlas al lado con tu lápiz de trazo grueso y carbón, lentamente, evitando las timideces, los miedos a salirse de la línea, en ese momento de la vida tan determinante en que uno tiene que abandonar los garabatos y ponerse a dibujar letras, cosa que se hace sin pensar, seguro sin saber por qué te tienes que dedicar a eso y a los números y a las reglas de conducta cuando hasta ahora te conformabas con ver pasar el tiempo entre juegos de pelota y paseos por el campo, poco más. Esa imitación de vocales y consonantes sin sentido era un arte de escritura rebajado a mero dibujo, lo mismo daba que fuera una letra que una nube, el caso era tener el pulso firme y no despistarse demasiado. No puedo dejar de sentir cierta nostalgia por aquel rapaz que así empezó a conocer, como decía el gran López Velarde, la o por lo redondo...

En El discurso vacío, Mario Levrero parece querer devolver la escritura adulta, la escritura literaria, profesional, existencial, devoradora, la escritura maldita a la simplicidad absoluta de un simple dibujo, al elemental redondear sílabas sin más pretensiones. El narrador emprende este ejercicio por prescripción médica, forma parte de una terapia extraña, que complemente los psicofármacos, que de alguna manera atenúe los síntomas de una depresión inminente y justificada por un tedium vitae de sintomatología difusa. Poco a poco, en estos ejercicios grafológicos o caligráficos irá surgiendo una especie de discurso, de contenido inevitable, que abarcará los escasos indicios de vida que le rodean y su condición de escritor “literario” frustrado, angustiado y devenido en pobre fabricante de crucigramas de momento en paro.

Parece inevitable, aunque quizás no sea la intención de Mario, encontrar en este magistral diario de un grafólogo una lección perfecta de escritura, una profundización muy sugerente sobre la práctica de la escritura literaria, un arte poética aparentemente improvisada e irónica, pero que contiene muchas de las claves que nadie que pretenda dedicarse a esto puede ni debe pasar por alto. Una de las ideas que se van destilando del diario es la de que toda escritura parte de un estado de ansiedad del autor. El impulso de escribir, esa fuerza extraña y generalmente absurda que le encadena a uno a una actividad de la que se obtienen escasísimas recompensas y demasiadas frustraciones, es algo ciertamente incomprensible, patológico. La ansiedad parte de esta contradicción elemental entre lo que queremos hacer y lo que sabemos no debemos hacer, esa recaída constante que nos lleva a escribir como si no hubiera otra actividad a la que podíamos dedicar el tiempo.

 El tiempo, denuncia Levrero, es precisamente una de las causas de esta ansiedad, en concreto, la falta de tiempo, el hecho irremediable de que a uno no le alcanzan las horas que tiene un día para escribir lo que pretende, para hacer un hueco entre el resto de actividades que nos mantienen más o menos con vida y esa labor tan lenta, tan plagada de errores, rectificaciones y páginas desechadas en que se nos va media vida. El tiempo también como elemento definitorio de la escritura cuando se pone uno a ello y se da cuenta de que te has convertido en un viejo, la edad como alarma que te advierte de que la idea de que hay infinitos libros por escribir solo es una ilusión infantil. Y es que Levrero entiende que uno escribe no solo con el cerebro, sino con todo el cuerpo, con el cuerpo enfermo y con sus posturas erróneas y con la vejez y la desdicha, por supuesto también con el ritmo de la respiración y las intuiciones de un corazón que no siempre late como desearíamos. Esto es una idea que entendieron bien los amanuenses medievales, esos monjes en general irlandeses que dedicaron su vida a copiar manuscritos y que acabaron con las espaldas y los riñones destrozados, con los ojos fundidos después de permanecer durante horas y horas frente al pergamino, sujetando el buril hasta el desfallecimiento. Y es que a veces se olvida pero la escritura tiene un lado físico que tiene que ver con el cuerpo y con los instrumentos, con los lápices con que se intentaban copiar aquellas vocales, con el tipo de tinta y birome, con la fantasmagórica realidad de los computadores, con el papel, con la forma visual de las palabras que una vez no fueron más que eso, formas sin alma, sin sonido, simplemente letras y materia prima en espera de convertirse en historias y poemas.

La ansiedad no es la única enfermedad que hay que hacer frente si se pretende escribir, Levrero también habla de las psicosis externas que van introduciéndose en el discurso, la oleada de objetos, observaciones, lecturas y actos involuntarios que penetran en lo que vamos escribiendo y que lo aleja de nuestra propiedad: “¿qué porcentaje va quedando de mi mismo?” se pregunta el autor del diario y es que la propiedad intelectual es uno de los más dudosos derechos de todo escritor, sometido desde el inicio a la percepción del torbellino de ideas externas que pretenden acceder a su pluma y que muchas veces no deja más opción que ordenarlas y ahí está la autoría, una autoría que necesariamente no puede acabar en orgullo. Queda la pregunta de cuándo elegimos nosotros los temas, las palabras, las formas de lo escrito y si no todo será más bien un azaroso olvido de nosotros mismos.

Progresivamente, en el diario de Levrero, el ejercicio grafológico va dando paso, como decía, a un discurso, aparentemente vacío, sin sentido, a ese escribir cualquier cosa, ya sea las vicisitudes del perro de la casa o la incongruente relación de sueños, pero Levrero nos engaña con el título y entre el aparente sin sentido se van deslizando una profunda descripción de la vida del protagonista, un discurso sutil que revela, sin aparentemente proponérselo, todo lo que una historia tiene que revelar para que se pueda considerar un texto literario, incluido ese “contenido oculto” que son las significaciones que se esconden en un relato trivial, las abstracciones o mensajes secretos, los dobles-sentidos, lo que hay que leer entre líneas: no deja de ser un misterio, un azar, estas asociaciones, estas segundas lecturas que diferencian un texto literario de un prospecto de medicamento, cuyas frases lacónicas apenas quieren significar una cosa y basta. En El discurso vacío se va incorporando pues otro nivel de lectura que requiere un esfuerzo del lector y de cuya interpretación acertada o azarosa depende la comprensión de lo que el autor quizás pretendió trasmitir. Levrero aquí juega con la idea de que este discurso oculto, muchas veces si no siempre, se añade al texto de una forma subconsciente, no intencionada, aunque a veces el escritor diga que “tengo ganas de escribir algo literario”. Yo quiero pensar que de esta espontaneidad depende la calidad literaria de la obra, porque a nadie le gustan los acertijos gratuitos y enrevesados, pero si la condición de la escritura como universal metáfora, el lenguaje siempre abierto a varios sentidos en una misma frase. El extraño arte de captar ideas ocultas, es una de las felicidades más sutiles de toda lectura.

Una de estos sentidos ocultos surge de la definición del personaje como alguien que esta permanentemente demorando una mudanza, un viaje, un cambio, planes pendientes que dan lugar a una sensación de inmovilidad, de bloqueo o parálisis, algo que sin duda se puede considerar como el peor de los infiernos que puede afectar a un escrito, el bloqueo final, la página en blanco, un monstruo para el que no hay recetas, ni modo de evitarlo, salvo tal vez el recurso desesperado de unos puntos suspensivos...

Llega un momento en el diario en que el discurso se llena por completo de significados, de poesía, es ese día en que escribe de una forma memorable las asociaciones imposibles y privadas entre unas ruinas abandonadas, entre la música de Bach, los paisajes de “vidrios rotos en la luz especial de la puesta de sol”, la orquesta de Enrique Rodríguez y las opiniones de Dylan Thomas sobre lo efímero o no de la belleza. El escritor reconoce en esas ruinas que reflejan la luz una imagen de él mismo, del hecho de que toda escritura nace de las cosas que suceden dentro, de una cierta contemplación narcisista, por más que se intente evitar, por más que ese yo que intenta abrirse se rompa a pedazos o esté seco como la mojama. 

Este narcisismo se traduce en la necesidad de privacidad, de intimidad, de concentración continuamente interrumpida por azares diversos, unas interrupciones de la escritura que, reiteradas durante toda la obra, inciden en la idea de la dificultad para escribir en medio de los ruidos externos, en la propensión a producir ex-cursos indefendibles como uno de los elementos fundacionales de toda escritura, ya sea novela, ya sea un mero poema, como si todo el universo se confabulara para que familiares, ruidos, accidentes o moscas formaran parte del proceso creativo, ya sea como obstáculo o como mera costumbre. El entorno, las personas con las que se supone convive padecen este narcisismo, se convierten en objetos ajenos y mudos, incomprensibles. Reprocha a Alicia, su mujer, que no acepte su necesidad de silencio, que no lo acepte “ideológicamente”, es decir, de buena gana, pero no, porque es absurdo imponer esta condición en una pareja entre la que se supone debe imperar la palabra.

 Sin embargo, sabemos que esta Alicia repasa, lee los ejercicios caligráficos del escritor, y yo me imagino que sin decirlo en el fondo es la destinataria, el objetivo del discurso, la siempre necesaria receptora que da el verdadero sentido a la escritura, que nunca puede ser para uno mismo, todo precisamente reflejado con la metáfora del mensaje en una botella, la desesperada llamada de auxilio y petición de atención que constituye todo lenguaje, incluido el escrito, y quien diga lo contrario se miente a si mismo. Esa es la motivación oculta, el verdadero motor que pone todo en movimiento, el único “alici-ente”. De que esto sea así depende que lo que escribamos sea algo más que un simple ejercicio caligráfico. Otra cosa a evitar es acabar en la locura, caer en esa obsesión por hacer legibles las sílabas: este es un peligro siempre latente y cuyo síntoma primero se puede reconocer cuando dejas de almorzar por escribir.

En fin, Levrero una vez más devolviéndonos a los orígenes, a los fundamentos de la escritura, a sus abismos y a sus posibilidades, a la realización de una actividad tan humana que creo desde Kafka nadie expuso de forma tan clara, tan directa, tan tercamente comprometido con unas preguntas que nunca fueron tan necesarias como en este presente tan cargado de discursos públicos y verdaderamente vacíos que nos arrinconan.

martes, 25 de septiembre de 2012

Ossip Mandelstam caminando por la calle Maipú



Estaba pensando en Ossip Mandelstam y no pude evitar pensar también en Argentina, y se me preguntará qué tendrá que ver un poeta ruso del siglo pasado y Argentina que si se agarra un mapa uno se percata enseguida que está en la otra parte del mundo. Pero resulta que Rusia y Argentina, no lo digo yo, se parecen, y no solo porque al Sur puede hacer tanto frío como al Norte o porque los páramos, tundras o pampas definan sus territorios, que se definen más bien por infinitos matices, sino porque el poder de asociación a veces tiene estas trampas que unen contrarios, cosas apartadas, sinestesias, y porque yo pienso algo y seguro acabo asociando incongruencias, por pasar el rato, porque no me defino ni me concentro, porque quiero abarcarlo todo y se me escapa la mitad.

Esta asociación la consideré cuando leí que Ossip Mandelstam acostumbraba a llevar en el bolsillo la Comedia del Dante y claro, vi al ruso y enseguida me vino la imagen de Borges leyendo al florentino en el tranvía número 7, camino de su aburrido trabajo en la biblioteca Cané, aprendiendo el italiano, pensando tal vez en sus propias Beatrices, concibiendo el Aleph, recreándose en los resonantes versos que luego le depararían tantas felicidades. El ruso, dice Ajmatova, se sabía páginas enteras de la Comedia de memoria y su amiga recordará sus lágrimas cuando le recitó, a destiempo como suelen ocurrir estas cosas, aquella parte inolvidable del Purgatorio en que entra en escena Beatriz y acaba con una de las mejores definiciones del amor, esa de la “antica fiamma”, (la antigua llama) que tanto a Borges como a Ossip no les abandonó nunca.

Ajmatova da también una explicación de por qué llevaba Ossip siempre la Comedia en el bolsillo y no la dejaba en casa, en la estantería donde la tengo yo, pese a que también me la leí en el metro, como suele hacer la gente, y decía Ajmatova que la llevaba siempre encima “por si no le detenían en casa sino en la calle.” Y claro, volví a pensar en el poeta perseguido en la memoria de los familiares, en el atroz recuerdo de su mujer del día de la detención, de la deportación a Siberia, a donde solo se llegaba para morir. Pensé en poetas inocentes y en detenciones y en narraciones del horror y recordé cómo relataba la mujer de Haroldo Conti la detención de su marido, si, había vuelto a Argentina pero es que todos los lugares del mundo se parecen un poco, sobretodo cuando se describen las crueldades o las injusticias o los poetas que merecieron mejor suerte.

También volví a Borges y recordé que fue él a quien escuché, perdón, a quien leí por primera vez hablar de los “confabuladores nocturnos”, hombres de la noche que refieren cuentos, hombres o mujeres cuya profesión es contar cuentos. Surge la imagen de una reunión en torno a un fuego, de una voz que hila palabras, una imagen que es el origen de toda historia, tal vez, de todo libro. Y pensé en lo que se dijo de Ossip, que alguien lo vio, en sus últimos días en el campo de concentración de Siberia, contando cuentos por la noche, recitando poemas a sus compañeros de cautiverio, algo tan hermoso, tan fuera de lugar, la poderosa imagen de la palabra surgiendo en medio de un infierno helado, la poesía final que lo justificaba todo, patética y que nadie logró escuchar ni aplacar nunca.

A Ossip Mandelstam le dio por nacer en Varsovia, en 1891, aunque pronto llegó a San Petersburgo, con su fuerza de oso, con su misticismo, con la sobriedad de unos poemas que se leen como prosa de niño pero que no eluden la provocación, ni la audacia que emociona, que a mi por lo menos me emociona. Escribió novelas, traducciones aunque no creía que la poesía fuese susceptible de traducción y sobre todo poemas, poniéndose al frente del acmeismo, que fue un extraño grupo de exaltados poetas que incluía a gente como a Ajmatova o como a su marido el historiador Gumilev o a Alexander Block, y que tenían por costumbre mezclar la vida y la poesía, como todo el mundo sabe, uno de los deportes más peligrosos que existen. Su poesía acude muchas veces al rescate de historias antiguas, de calles empedradas, de objetos nimios que no se suelen considerar materia poetizable. Fueron condenados por “esteticistas”, pero siendo poesía lo que circulaba por sus venas, difícilmente podían ser indiferentes a lo que les rodeaba. Hay muchas cosas de Ossip que me interesan, razones por las que leerle me supone una felicidad privada y posiblemente intransferible, destacaré dos.

Una es su vindicación de la vida en un poema de 1908, que a veces leo cuando estoy algo bajo de ánimos, es decir, bastante a menudo, para confortarme un poco:

Leer sólo libros infantiles,
Acariciar sólo pensamientos incautos,
Disipar todo lo que huela a solemne,
Sublevarse contra la honda tristeza.

Yo estoy mortalmente cansado de la vida,
No admito nada de ella,
Pero aún así amo esta pobre tierra
Porque no conozco otra.

De niño, en un jardín remoto, solía mecerme
Sobre un columpio de madera sencilla,
Y recuerdo los altos y oscuros abetos
En medio del delirio brumoso.”

Me gusta por su ingenuidad indefendible, por ese reconocimiento de la propia tristeza, de su poder y de la necesidad de no convertirla en última palabra, por su defensa de la memoria, de la sencillez y por ese final entre brumas que me parece condición indispensable para todo recuerdo. Lo cierto es que yo nunca hubiera defendido este tipo de ingenuidad en un poema sin el apoyo de, y vuelvo para el Sur, Cortazar. En Salvo el crepúsculo se puede leer ese texto hermosísimo de Comprobaciones en el Camino, ese que habla de lo elegíaco, de la tontería y de la ingenuidad, ese que reproduce un haikú de Onitsura en el que el japonés se asombra de las flores del cerezo, de que las aves tengan dos patas, y de que los caballos cuatro, ese haikú aparentemente estúpido pero que a Cortázar no se lo parece, y claro, a uno ya no le da tanta vergüenza escribir sobre flores, sobre niños, sobre el amor, porque entonces no es obligación reducirlo todo a la hiriente realidad de lo sórdido con lo que al parecer está diseñado este desdichado mundo. Con el jardín remoto, el columpio, los abetos de Ossip se podría construir otro haikú insolente y definitivo. Por cierto que en Rayuela hay otro Ossip, Gregorovius, aunque creo no tiene en común nada con el poeta y además es rumano.

La otra cosa que destacaré es su curiosa metáfora que considera a la poesía como un fenómeno geológico. El consideraba el arte de Dante como un proceso de “cristalización”, algo consistente en cierta manera de construir los versos como si fueran el resultado de un proceso químico o tectónico, donde las “imágenes y la sensibilidad se aunaban para expresarse en formas llenas de gravedad y belleza.”[1] Dice Ossip: “Escudriñé atentamente la calcedonia, las cornalinas, el yeso cristalizado, el espato, el cuarzo...comprendí entonces que una piedra es una especie de diario del tiempo, un coágulo meteorológico.” ¡Eso es la poesía!, algo perdurable, pero frágil como el cristal, estructurado y a la vez libre, sobretodo, un “diario del tiempo”. Comparar la poesía con una roca incide en la idea de que en la escritura se salva ante todo la memoria, es como anclar algo que en esencia es aire, o suspiro, algo que desaparece tras pronunciarse, pero la poesía no, la poesía resiste al tiempo, dura piedra eterna. Así pareció entenderlo también Marina Tsvietaieva, de la que Ossip también se enamoró, de la que, rencoroso, Ossip se declaró después enemigo estético, anti-Marina: “en general me gusta la piedra, esa alegría segura de la firmeza en la que pisas. O la eternidad o la naturaleza...no haga de mi un Mandelstam”, escribe en su diario. A Marina lo que más le gustaba era el mármol. El primer libro de Ossip se llamó “La piedra verde”. Creo que fue a Borges al primero que oí hablar del jade, no se dónde...pero dejaré ya de cruzar el Atlántico de una punta a otra, que se supone que es un viaje demasiado largo y está en contra el mar encrespado, el idioma, el frío, la lejanía, el olvido....no, el olvido no.


[1] Vicente Cervera Salinas. El síndrome Beatriz en la literatura hispanoamericana.