jueves, 18 de diciembre de 2014

Cláusulas



(Cláusula 3.45/2014: “me gustaría que esto se leyera con toda la seriedad posible, gracias”)

La quiero, pero lo digo no muy convencido...En realidad, lo que es seguro, es que siempre había deseado, antes de juntarnos, ponerle un gorro rojo en la cabeza. Rascarle la espalda. Meter las manos en sus bolsillos, calentar mis pies con los suyos, leer, cazar hurones, revolver armarios ajenos, sollozar a medias por cómo le va a los amigos comunes, untar de mantequilla la punta de su nariz las mañanas de invierno, soltar escupitajos callejeros al unísono, cantar a capela arias extinguidas del siglo de las luces, rodar por cunetas encima de ella, morir a la vez. Fue por eso que redactamos un contrato. Porque ella también quería hacer conmigo cosas extrañas. Las parejas que conocemos hacen pactos por cosas más prosaicas, bien es cierto. Por eso también nos dedicamos a odiarlas. Lo importante es esto, que por una vez, antes de empezar cualquier relación, ella y él se sienten en un sillón viejo, como hicimos nosotros. Hay que tranquilizarse primero, contenerse mutuamente las ganas de reír, ponerse uno enfrente del otro con cara de perro, con un papel y algo para escribir, que a veces cuesta encontrar pero que es necesario. Llegados a ese punto, conviene mantener fija la mirada un instante, en silencio, para concentrarse, para reparar las distorsiones y extorsiones que provoca el ruido exterior, los rayos ultravioletas o la humedad reinante por las bajas presiones, es decir todo ese medio ambiente incompatible con esta práctica. Entonces hay que empezar a discutir, a pelearse, a llegar a los insultos si es necesario, eso si, sin hacerse daño. Hay que ofrecer muchas ideas, palabrear sin descanso, gritar, exponer al otro todos los deseos, las expectativas que tiene el uno del otro, las compatibilidades y las manías insoportables, los gustos y disgustos, las probabilidades de que la elección equivocada de una camisa pueda causar una tragedia. Hay que hablar mucho, hasta la extenuación, y levantar una pormenorizada acta de cada acuerdo. Al final, tras dos días, tres, o una semana, o tras lo que sea necesario, quedará finalmente redactado un documento en el que permanecerá consignado el contrato por el que ambas partes, de forma informal, libre e inusual, se comprometen a darse coba para el tiempo indefinido que les toque pasar juntos, para los desmedidos encuentros en estrambóticos lechos, para las conversaciones a medianoche, para la celebración de cumpleaños rutinarios y otras sandeces, para sobrellevar trabajos anodinos y grandes explosiones de entusiasmo a destiempo. Resumiendo, para quererse, si se me permite esta terrible expresión de lo inefable. 

Nuestro contrato, puedo decir, incluyó muchas cláusulas absurdas. Pero también una en la que se reconocía el derecho a decir, hacer y escribir cosas absurdas. Todo quedó muy bien atado. Incluso una exagerada concesión mutua de libertad para ambas partes, repartida equitativamente. El documento, una vez revisado por el gato de la casa y por la vecina del quinto, se legalizó y se selló en un registro no mercantil. Pagamos unas tasas y después lo celebramos con alcohol de garrafa y un revolcón. Pero esto parece ser que no fue suficiente. Todo negocio depende también de otros factores, los acuerdos, los contratos, las planificaciones, todo, puede venirse abajo si, por alguna razón, los cimientos del acuerdo se inundan de sustancias tóxicas o, que todo puede pasar, se tiene mala suerte. Hay muchos imprevistos que no están consignados en los manuales para llegar a viejo. Yo empecé a notar que algo no iba bien el lunes pasado. 

Fue el típico día que lo meterías en una bolsa de plástico y lo tirarías por el retrete y que pese a todo, el día aun se complica y es lunes y el retrete se atasca y empieza a salir agua y a inundarse el baño y luego alguien llama por teléfono y es para darte una mala noticia con mala uva y bueno, ya sabéis, todos hemos tenido un día como ese. Yo me desperté y a las dos horas ya tenía ese tipo de lunes y como no estaba para más tonterías decidí no ir a trabajar. No conviene empeorar las cosas que empiezan mal, exponiéndose más de lo razonable. El caso es que sin quitarme las legañas volví a la habitación y la vi, allí tendida, embelesada o yo que sé con alguno de sus sueños ocultos. Estuve observando aproximadamente unos cinco minutos como se movía ligeramente entre las sábanas, se relamía, sonreía con los ojos cerrados y en un instante, se quedaba seria o atemorizada o definitivamente feliz. A los cinco minutos fui al armario y busqué la caja de zapatos donde habíamos archivado nuestro contrato. Lo revisé de arriba a abajo. En ninguna cláusula pusimos nada al respecto. Me dije, hay que respirar. Y respiré. Al rato me volví a decir, hay que esperar e intenté esperar pero no pude así que me tiré a la cama y la zarandeé, la hice cosquillas, puse la música a mil decibelios e hice entrar al gato y me puse a saltar sobre el colchón hasta que casi revienta, como hago todas las mañanas de sábado, porque así estipulamos que tenían que ser nuestros despertares, a base de terribles conmociones. Pero era lunes y ella se dio cuenta enseguida de que algo me pasaba. Yo de momento no le dije nada, salvo vamos a desayunar. Saqué antes de nada la basura, por la ventana, para desahogarme, para que cuando desayunara con ella no estuviera tan agitado. 

Ella se sentó en la mesa de la cocina y bostezó, tras destapar el bote de mermelada de calabacín. Yo freí las costillas asadas y los boquerones que sobraron de la cena. El café olía como suele oler el café de los sábados. Pero ni siquiera así me quedé tranquilo. Ella empezó a untarse mantequilla en su nariz, pero vio que esta vez no me hacía gracia. Empezó a hablar de sus planes para ese día que incluían ir a la compra, destapar algunos secretos de estado, escribir cartas, colocar su colección de tortugas, descolgar la ropa, quedar con un par de amigos probablemente para acostarse con ellos, escuchar a Poison, ir corriendo a todos lados y derramar pintura roja a la salida del centro de mayores. Yo le miré fijamente, cuando se quedó callada, intentando no prestar atención a la mantequilla de su nariz. “¿Y no tienes nada más que decirme?” Le pregunté de sopetón. Ella se quedó con la boca abierta, como cuando quiere cazar moscas y me respondió con un “¿A qué te refieres?”. Era evidente que no tenía ni idea de a qué me refería. Yo por fin depuse mi actitud insolente y bajé la cabeza y reconocí que no podía pedirle eso, que no estaba en el contrato, que era una locura que llevaba varios años dándome vueltas en la cabeza y que no estaba bien, que si quería podía echarme una bronca, o incluso escupirme a la cara o irse de casa, pero yo quería una cosa que no estaba en el contrato, no podía evitarlo, era una actitud muy injusta por mi parte, no podía romper un acuerdo que había conservado nuestra relación de manera en general bastante satisfactoria para ambas partes pero, sí, yo quería, sí, yo quería, repetí porque me daba mucho miedo decírselo, yo quería saber qué había soñado esa noche. 

Ella me miró con una especie de lástima. Como se mira a los perros apaleados, si eres un partidario de los perros. Luego suspiró y alargó una mano, atravesando la mesa, derribando el tarro de mermelada, esquivando las tazas, hasta llegar a mi mano y posarse encima, en una muestra de indudable comprensión y cariño. Pero negaba con la cabeza. “Eso no”, me dijo dos o tres veces. “Eso no puedo decírtelo, mis sueños son míos, tendrás que aceptarlo o todo habrá acabado, no podemos añadir ninguna cláusula a nuestro contrato a estas alturas del negocio.” El gato cayó en ese momento de la lámpara, para atenuar la tensión. Yo me levanté con un gesto brusco y me fui a dar una vuelta. Le dije que tenía que ir al médico para simular una gripe. Le di un beso de percebe y todo parecía solucionado. Di un par de vueltas y media al parque, más que nada para pensar. Me pregunté si se puede querer a alguien del que se desconocen los sueños. Ni las pesadillas siquiera me podía decir. Era duro. Tal vez era el momento de romper el contrato. Irse. Viajar a Kazajstán como siempre había sido mi deseo. No lo hice. Solo me detuvo una cosa. El viejo tópico de que mejor es, a veces, no saber. Pensé que era posible, incluso probable, que nunca soñara conmigo. Y eso sí que no podría soportarlo. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Se hace de noche demasiado pronto



Se hacía de noche demasiado pronto. Sin tiempo para que la luz siguiera filtrando su piel demasiado blanca. Llovía con una furia desusada. Entró en la boca del metro, corriendo, chorreando, sintiendo un escorpión en su garganta. La noche aquella era distinta y ella se sentó en el banco del andén. Al rato cabeceaba, centrada, pensativa, seria, mirando fijamente su propio vómito a sus pies. El tren llegó con algunos minutos de retraso. Se abrieron las compuertas y una voz en el andén se quejó de lo resbaladizo del piso. Se entremezclaron paraguas mojados y rotos. 

Ella dentro del tren, como si nada, siguió mirando el suelo. Las horas pasan despacio en la noche vacía. Tenía que llegar al otro lado de la ciudad, donde alguien la esperaba. En la parada siguiente, el metro se detuvo, se vació de gente, se apagaron las luces. La diversión había por fin acabado. Era durante aquella época en que las noches se medían por gramos. Cuando la música resbalaba fácil por oídos expertos. Cuando el dolor no era más que una condición de los sueños. Ella llevaba puesta una camisa que le dejaba un hombro desnudo. Llevaba tenis viejas, una falda corta, la mirada húmeda y roja. En la oscuridad del metro vacío aún se reflejaban sus ojos. Parecía una tigresa desahuciada. Pasaron unos minutos, pero no tenía fuerzas para levantarse y salir como los demás. Se oyó algún ruido de tuberías, de carreras, de gritos, de golpes y chapoteos afuera. Las puertas se cerraron sin más avisos. Los motores se apagaron como queriendo dormir. La oscuridad era húmeda y negra y fétida y acogedora. 

Ella seguía mirando sus pies pero ya no los veía. El dolor de estómago se había vuelto ligero, y podía por fin respirar bien, nadie sabría allí de las marcas de jeringuilla de su brazo.  Palpó con sus manos las zapatillas y comprobó que estaban mojadas pero limpias. Quería regresar a casa. Simplemente no podía moverse. Estaba débil, justo como después de que te de una patada la persona que más quieres, ese tipo de debilidad que es una respuesta cuando ya no hay respuestas. Pensó si en el vagón cerrado y a oscuras habría suficiente aire para pasar la noche. Tal vez dentro de unas horas volverían a removerse los motores y aquello echaría a andar y llegaría por fin a casa. Cualquier cosa era mejor que levantarse y ponerse a golpear las puertas como si de ello dependiera su vida. Pasó unos minutos hasta que empezó a adormilarse. No debió salir aquella noche. Atrás quedó la imagen de aquel local en donde cien personas se frotaban sin que nadie buscara un sentido. Se acordó del tipo que le pasó el caballo, de sus dientes que la boca se obstinaban en contener, de su sonrisa falsa de camello disfrazado de amigo. Se acordó de su amiga Rosa, de su pelo mojado pegado a la cara perdida en el barullo de la sala, de su mano en el aire alejándose entre el oleaje de cuerpos. Se acordó de que aquel día era su cumpleaños y de que se suponía que ahora tendría que estar celebrándolo con su familia. Se acordó de que mañana tenía examen de sociología. Se subió las medias y comprobó que también estaban limpias. Cerró los ojos, y pasó quizás una hora o dos hasta que afuera empezó a oír los pasos. 

Eran pasos de botas tristes. Eran pasos cada vez más nítidos. Luego oyó el chirrido de la puerta. Oyó que alguien entraba al vagón y que la puerta volvía a cerrarse. Alguien se había sentado en el otro extremo, en el asiento de plástico rojo que vibró hasta donde ella estaba. Oyó su respiración. Su silencio. Pasaron unos cuantos minutos más, tal vez una hora. Ella no intentaba imaginar quién podía ser. Ella ya no se entretenía, por aquel tiempo, haciéndose preguntas sobre nada. Ella se conformaba con seguir respirando a pesar de que tal vez pronto no quedaría aire. No quiso saber quién estaba con ella. No quiso saber si las hormigas recorrían el suelo. Ni si aquello era una especie de castigo. El otro, el de la esquina, de vez en cuando se removía, como buscando una posición cómoda en el asiento. Cada quince minutos carraspeaba, muy ligeramente. Ella ya hacía tiempo que había vuelto a sentirse bien. Recordó una película que dejó a medias la semana pasada. Iba de ciertos asesinos, que secuestraban, jodían y carraspeaban como el tipo de la esquina, suponiendo que lo que había en la esquina del vagón era un tipo. Y no un animal. O algún habitante de sus pesadillas. Todo seguía negro. Pero pensó si no sería conveniente decir algo. Preguntar no. Sólo decir algo. Saludar. La situación para ella era normal, como la fiesta, como los polvos a mediodía, como las huidas constantes. Dijo hace calor como quien dice socorro. Pasó unos instantes de duda, de arrepentimiento, de mejor estar callada. A él no se le ocurrió otra cosa que preguntar a dónde iba. Se rieron, porque era evidente que no iban a ninguna parte. Es absurdo, dijo él. Por qué, contestó ella. Y hablaron. Y se quedaron callados después. Y hubo de nuevo palabras, bromas, historias, mentiras, sin que hiciera falta justificación alguna. Y pasaron unas cuantas horas, tal vez tres. Hablaron de todo menos de por qué estaban en ese vagón parado a oscuras. Trataron la posibilidad de abrazarse, pero al poco la descartaron, por obvia. Prefirieron hablar, hasta que él también le felicitó el cumpleaños. Ella no le había dicho que era su cumpleaños. Entonces vinieron unos minutos de silencio. Algo tenía que haber pasado afuera. Algo necesariamente malo, porque ella dejó de sentir el latido del reloj en su muñeca. Él sugirió la posibilidad de que no salieran nunca. Ella aceptó este temor como una propuesta que daba solución a todos sus problemas. Pero el agua, indiferente a este encuentro, indiferente a sus resoluciones, a sus intentos de redimirse, empezó a entrar en el vagón, cubriendo lentamente el suelo, los zapatos, los calcetines, los carteles, los asientos, las rodillas, los sexos, los brazos, las palabras.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

No te quejes tanto



¿Crisis?, ¿Qué crisis?. Cuando me hablas de la crisis me acuerdo de aquel pequeño mono, sí, deberías haber oído hablar de él, el mono de Krakatoa. ¿No conoces la historia?. Lo encontraron en 1883, unos días después de la erupción del Krakatoa, navegando tranquilamente encima de un tronco de palmera chamuscado, por el estrecho de Sonda, en Indonesia, sí, allí mismo. Llevaba por lo menos tres días en el mar, era un superviviente de la erupción del Krakatoa. Estaba allí, de toda la vida, en la ladera del volcán, recostado, comiendo plátano, rascándose, filosofando, ocupado en esas cosas que hacen los monos, no se. Y entonces el volcán se hizo añicos. Se oyeron unos silbidos extraños aquí y allí, empezó a salir humo por todas partes, y después vino el gran reventón. Aquello si que fue una crisis. La isla voló por los aires con la explosión cataclísmica, hubo un maremoto, el tsunami que provocó llegó hasta Madagascar y hasta California, hubo 36.000 muertos en las costas, desaparecieron puertos y ciudades, las cenizas volcánicas llegaron hasta la estratosfera, cambiando el color de los crepúsculos en todo el planeta durante un año, descendió la temperatura global unos cuantos grados, haciendo perder la cosecha de arroz a millones de chinos que pasaron bastante hambre y el mono... el mono tan contento, salvo por unas pequeñas quemaduras de segundo grado en la espalda y por la sed. Sí, estaba cansado, pero sobrevivió, así sin más, hasta que lo rescataron unos pescadores y lo llevaron a un refugio y le dieron piña colada....¿y me dices tú ahora que estamos en crisis? ¡Anda! No me vengas con esas y ponte a escribir.  

viernes, 24 de octubre de 2014

Frío es cuando tiemblas



Las temperaturas empezaron a bajar varias semanas después de aquello. Llegaba de trabajar a casa a las nueve, casi siempre con la camisa húmeda y con esa máscara de cansancio que el espejo no tenía la vergüenza de disimular. Trabajaba en una oficina, en agosto no había mucho que hacer, abrir un par de cartas que no leía, colocar el papel en una carpeta, mirar por la ventana. Esa era mi jornada. Abrí la nevera y estaba vacía a pesar de que cuando Susana aún vivía allí siempre era yo quien se encargaba de llenarla. Sin embargo, había un limón en el cajón de abajo. Lo saqué y lo partí en rodajas, llené un vaso de hielo, pero la botella de ginebra estaba tan vacía como la nevera, la casa y mi vida, así que me conformé con meter la cabeza debajo del grifo y maldije en varios idiomas hasta que oí el teléfono. Era Jorge, llamando desde su apartamento de vacaciones en la playa. Estaba sudando también, se le notaba en la voz, en los resoplidos, en la torpe manera que tenía de justificar su llamada. Le pregunté cómo estaba, sin la menor muestra de que estuviera interesado en su respuesta. Me contestó que bien, que su viaje acababa, que pronto regresaría, que una gaviota se había posado en el balcón en ese preciso momento. También dijo que tenía muchas historias que contarme, que en cuanto llegara quería verme, que había novedades. Esto en Jorge perfectamente podría no significar nada. Accedí con un silencio y un vale. El grifo de la cocina seguía abierto y el agua rebosaba y caía al suelo porque los cacharros sucios taponaban el sumidero. Susana no me habría perdonado que hubiera cacharros sucios en el lavadero. Lo aproveché para colgarle. Yo no era amigo de Jorge. Pero él no lo sabía. 

Una semana después se presentó en casa, a mediodía. Confiaba en que no tenía interés alguno en que le invitara a comer. No era un buen día para visitas. Era sábado, pero llevaba una temporada especialmente cansado, cansado de no hacer nada. No dormía bien y no sólo porque la almohada amaneciera encharcada por los dos lados. Soñaba casi siempre con Susana. Soñaba con Susana en invierno. En paisajes nevados en los que nunca habíamos estado. Al despertar me acordé de cuando nos conocimos, en diciembre de hacía cuatro años y de los primeros meses que pasamos en esa casa. Por entonces yo sólo tenía frío cuando ella temblaba. Sonó el timbre y vi el lamentable rostro de Jorge. 

Le hice sentar después de que casi sin saludarme entrara y mirara por la ventana a un lado y otro de la calle, como si alguien le hubiera estado persiguiendo hasta allí. Iba en bermudas y tenía barba de cuatro días. Los ojos más rojos de lo normal en un tipo que tampoco había dormido bien nunca. Le dije si quería una cerveza, dijo que no, que si no me importaba le trajera un vaso de agua. Lo miró como si pudiera tener veneno, creo que lo olió y después, tras mirarme, se lo bebió de un trago. Todo esto era normal. Jorge nunca me cayó bien, era uno de esos conocidos de la universidad con los que se mantienen el contacto por si le fuera bien y hubiera que pedirle algo, pero las principales características de su personalidad eran el tedio y la locura. Empezó a contarme. Que se había pasado el verano tirado en la arena de la playa, que había comido pescado, que el tiempo no había sido ni bueno ni malo. Empezó con una larga descripción de los alrededores del pueblo, de las calas, de los incendios. Yo empecé a pensar en otras cosas. En Susana, en si llamaría, en si habría encontrado ya un alquiler o si seguiría con sus padres, en los accidentes, en los suicidios, en los desiertos, en los viajes, en los regresos, en los regresos imposibles. Pensaba en esas cosas hasta que oí decir a Jorge que había decidido cambiar de profesión. Sería interesante saber a que se refería ya que hasta ahora, que supiera, nunca había trabajado en nada. Dijo que había barajado varias opciones: recogedor de lotos, vendedor de momias, limpiador de serrallos, lubricador de espasmos, descallador de bestias, ingeniero de tuercas, reponedor de cadáveres, linchador de pollos, predicador mudo, cazador de hienas... pero que al final se había decidido por poner un negocio de libros y que buscaba inversores. Pensaba que yo podría ayudarle. Le dije que no y seguí pensando en Susana. En un atardecer en que ella dijo algo relacionado con el destino. Dijo que para ella, perdíamos demasiado el tiempo en cosas que tenían poco que ver con nuestro destino. Dijo que cualquiera podría saber su destino si se paraba un instante a pensar en él. Dijo que ella lo había hecho y que dudaba bastante que el suyo tuviera algo que ver conmigo. Después dijo algo bonito sobre los crepúsculos, los celajes o algo por el estilo. Jorge insistió en que le diera dinero. 

Intenté convencerle de que no era una buena idea. Le pregunté si estaba seguro de que la venta de libros era su destino. Yo lo dudaba. Eres un tipo inteligente, dije, y sabrás que ese es un negocio en vías de desaparición, que bueno, igual para él sería preferible volver durante un tiempo al sanatorio y allí pensar tranquilo en el futuro, antes de tomar una decisión que podría lamentar toda su vida. Enseguida se puso a llorar. Pidió quedarse durante un tiempo en casa. Le convencí de que eso no le convenía. No me hizo caso y siguió hablando, me contó más detalles de las vacaciones, algunos desamores antiguos, varias historias relacionadas con guerras en las que no había participado. Su tono de voz era monótono y cansado, así que seguí pensando en Susana. Cuando era ya de noche, le conduje a la habitación de invitados, le di un pijama usado,  le dije que se durmiera y cerré la puerta. Detrás él seguía hablando sólo, de cosas que cada vez eran más oscuras. Volvió a sonar el timbre de la puerta.

Era el pizzero. Abrí aunque yo no había pedido pizza. Me dijo que ya sabía que yo no tenía que ver pero pasaba por ahí y me preguntó una dirección del barrio, dijo que se había perdido y a la moto apenas le quedaba gasolina. Le di las indicaciones, me preguntó si podía entrar al baño, le dije que no, y siguió hablando, haciendo una lista larga de razones por la que la profesión de pizzero ambulante era detestable. Pensé que a Susana, siempre, le habían gustado las pizzas sin anchoas. Nunca supe por qué. Uno nunca sabe las razones por las que a otro le gustan o le disgustan ciertas cosas. Ella prefería el provolone a la mozarella, la rúcula a la lechuga, el asiento de pasillo al de ventanilla, los atardeceres a los amaneceres, la caipirinha al vodka, justo todo lo contrario que a mi. Detrás del pizzero apareció el cartero. Pidió permiso, se interpuso y me acercó a la cara una carta certificada, un bolígrafo y un papel para firmar. No sabía que los carteros trabajaran los sábados por la noche. Él me confirmó que normalmente no lo hacían, pero dadas las circunstancias...me cuidé mucho de no preguntarle cuales eran esas circunstancias. Me pregunté si sería una carta de Susana. Susana me escribía cartas cuando vivíamos juntos. Decía que era una manera como otra cualquiera de mejorar nuestra comunicación. Pero nunca las mandaba certificadas. Esta era una carta de mi jefe, en la que me anunciaba, con pocas palabras, mi despido. No podía esperar al lunes. Me dijo que era por una mera cuestión de imagen. Yo daba siempre la impresión de estar cansado y eso no era bueno para la imagen corporativa de la empresa. Se disculpaba y me invitaba a buscar un empleo que requiriera menos esfuerzos. El de predicador mudo que mencionó Jorge fue el primero que me vino a la cabeza. Susana, me acordé entonces, también prefería la carne al pescado. Decía que los peces son pájaros acuáticos. Le gustaban los pájaros en general. Siempre estaba diciendo cosas de este tipo, muchas de ellas absurdas, pero que a mi me encantaban. Sonó el teléfono. Entorné la puerta y dejé en el descansillo al cartero y al pizzero discutiendo sobre cierto tema de política internacional del que yo no tenía noticia. 

Era Susana. Me dijo que ya había encontrado apartamento, que todo andaba bien, me preguntó como estaba yo. Le dije que bien y poco más, la dejé hablar. Me contó cosas de sus padres, intentó alguna explicación de por qué se había ido, cosas de esas, pero ya no la escuchaba. Me puse a pensar en cuando Susana se quedaba mirando atardeceres, en el balcón. Ponía una cara seria, como si tras esas nubes hubiera algo que le atañera únicamente a ella. Habíamos visto atardeceres en el balcón, en las playas, en algunos estercoleros, daba igual. Yo creo que era en esos momentos cuando más cerca me encontraba de ella y eso era algo nada fácil. Al menos entonces mirábamos para el mismo sitio. Susana dijo adiós con una voz en la que alguien podría intuir algo así como emoción y colgó. Oí la voz de Jorge en la habitación comentando algo sobre lo bonito que sería tener una librería juntos. Sentí frío, mucho frío. No tenía la menor idea de por qué Susana estaba temblando. 

martes, 23 de septiembre de 2014

Secretos de patio



Este hombre que te digo, nació en Madrid, aunque vivió la mayor parte del tiempo fuera, fuera de sí, como si no habitara lugar alguno. Tenía un carácter caótico, se dedicaba a leer libros convulsos convulsivamente. Tuvo una pluralidad de laburos asombrosa: continuador de líneas blancas, entre ellos. Su poesía es importante, aunque nadie la conoció ni siquiera fuera de su ciudad natal. Trabajó de técnico de laberintos, varios años, sin saber para qué. Era moreno, de escasa estatura, propenso a estornudar siempre en el peor momento. Lo importante de su carácter era su afición a los secretos. A guardarlos sobretodo. Al noroeste de su casa había un archivo muerto, en donde tenía cosas que no conocía nadie. Estaba en una calle atestada de ruidos, de ecos, de vida, pero eso a él no le importaba. Sólo tenía que cerrar la ventana. Por las mañanas se acercaba, sacaba las llaves y a duras penas subía los cinco pisos, después de saludar a la vecina del primero, la francesa, si no estaba ausente del umbral de su puerta. Entraba y se sentaba, resoplaba. Recurría a los libros escondidos para recuperarse. Su interés estaba más que nada en los libros que le faltaban. Aun así, en el archivo secreto guardaba otras cosas además de polvorosos tomos de poetas riojanos. El archivo pronto se convirtió en una antología de objetos absurdos. Entre ellos, destacaba su colección de opiniones muertas. Eran esas cosas que se dicen sin pensar, rescatadas de conversaciones callejeras o familiares, en las que un tipo sin sombrero, impulsado por la mera necesidad de hablar, dice o afirma algo que no viene a cuento, una opinión sucinta y meramente absurda, sobre cualquier tema del que no tiene ni media idea, opiniones que casi siempre eran tan obvias que no merecían decirse. Las guardaba en cofrecitos azules, de cartón. Había más cosas. Pequeñas figuritas de jade, que semejaban ejércitos mogoles. Luciérnagas fundidas, cristales rayados, una buena muestra de lapiceros a medio comer, pero sobre todo había cajas, pequeñas, grandes, con diferentes embalajes, donde estaban sus secretos, secretos que eran tan secretos que ni él mismo sabía qué eran. Su manía con los secretos la llevaba desde la infancia, como quien lleva puesta una bufanda en verano. Posiblemente se morirá con esta pasión insatisfecha. Si no hubiera nacido en una ciudad las cosas hubieran sido diferentes. Los secretos son cosas de las ciudades, en los pueblos no hay sitio, en el campo abierto son demasiado absurdos. Siempre, antes de ponerse a repasar, catalogar, y enloquecer con las cajas-incógnitas, partía una chirimoya, se entregaba a pequeños olvidos y pensaba en los amores fallecidos. Su vida, por más que cualquiera pensara lo contrario, era una forma del fracaso. El piso iba a dar a un patio, a veces, en un descanso, se asomaba y veía al perro que abajo se espulgaba invariablemente, siempre, a las cuatro y cuarto. En realidad, lo que le interesaba no era el perro si no su dueña, la señora del primero, que pensaba podría tener un secreto. Desde hacía semanas la observaba, cuando salía al patio a lo que fuera, pensaba que era francesa, por como se ataba el pelo, también observaba su cara que estaba surcada por la inconfundible marca de la tristeza, a fuerza de lágrimas, lágrimas esas tan funestas, que suelen salir de ojos azules. Una mujer tan linda, decía el pobre hombre, no puede llorar así, tan metódicamente, si no es por un motivo puramente secreto. Lo cierto es que entre sus planes estaba averiguar ese secreto, tal vez robarlo y añadirlo a su colección. El perro no daba pistas sobre qué le pasaba a su dueña. El perro y sus pulgas parecían felices. Así hasta que un día ella salió a colgar la ropa y él mediante gritos y ecos, le preguntó así, nomás: ¡¿Qué cosa es tu secreto, francesa?! Ella miró hacia arriba, con unos calzones en la mano, mientras el perro se levantaba, asustado. Con un acento auvernés que no podía con él se limitó a contestar, airada: ¿¡Y a ti qué!?. Fue tajante. El hombre no era de los que se conforman con diez y siete negativas. Necesitaba diez y ocho. Así que al día siguiente volvió a su archivo, trayendo entre sus manos unos cartones compactos, acolchados, rígidos, resistentes, de dos metros por cuatro, con las esquinas protegidas, y unas cuerdas. Esperaría, volvería a preguntar, vería de qué pie cojeaba la mujer, miraría a la francesa, descubriría su secreto, haría con él un atado y lo pondría al final de la estantería del fondo, donde nadie, ni siquiera él, lo recordaría.

Pasaron muchas de esas cosas extrañas que llamamos meses. Se cayeron hojas, avanzaron vientos, se sumaron desdichas. El tipo seguía mirando al patio desde el archivo, a ratos, hasta que un día llegó la lluvia y la francesa dejó definitivamente de salir a colgar la ropa. Qué hacía con ella es un misterio, el hombre pensaba que la acumularía perpetuamente húmeda en lóbregos y ensimismados armarios. Y eso, como a cualquiera, le ponía triste, también teniendo en cuenta que el secreto de la francesa tal vez quedaría para siempre oculto, ajeno a su colección, a su museo, ignorado, perdido, como un pecio en un mar demasiado húmedo. Para combatir esa tristeza, al hombre no se le ocurrió otra cosa que ponerse a leer el Ulises de Joyce. Era una obra cuyo significado siempre le pareció de una claridad deslumbrante, algo nada ajeno a su persona, una serie de palabras muy ordenadas que le daban una tranquilidad que no conseguía con otras cosas, ni siquiera con la contemplación del vuelo de las hormigas aladas. La lluvia siguió cayendo, zumbona. Cerró la ventana para que pasaran un par de meses más, escampó y se asomó de nuevo, tras dejar el Ulises a falta de un capítulo para acabarlo. La francesa seguía sin tender la ropa en el patio, pero el perro estaba allí. Mirando hacia arriba. Mirando con su máscara de perro. Mirando como fijamente. Mirándolo a él. Es difícil aguantar la mirada a cualquiera, pero a un perro más. La escena se repitió en los días sucesivos. Hasta que el hombre se dio cuenta que el secreto, si había algún secreto, lo tenía el perro y no su dueña.


Tras aterrizar en esta conclusión, el hombre no hacía más que idear cómo sacaría al perro su secreto. Había dificultades, con el idioma, con las maneras, con el método. Conociendo a ese perro, no se podría concluir que su secreto fuese tan prosaico como un hueso enterrado o que estuviera enamorado de su dueña. Eso no podía ser, era algo más misterioso, más, si se quiere, sobrenatural o literario. También podríamos estar hablando de un secreto peligroso. Los secretos peligrosos son una especie aparte. Pueden morder, hacer que la vida se tuerza, podrían incendiarse y hacer que el resto de objetos del archivo desapareciesen convertidos en fútiles cenizas. El hombre, prudente, pensaba en esto mientras hacía una fidecuá de pato. El caldo borboteaba sobre un hornillo y no habiendo salida de humos, el archivo se volvió algo rematadamente enigmático y húmedo-caliente, cubierto por la pura niebla. Sherlock Holmes llegó, entró, se paseó por unos momentos por las habitaciones, vio, dijo que allí no había nada que ver, y se fue por donde vino, dando un portazo de cocainómano. El perro, por fin, ladró abajo. Volvió a mirar arriba, como diciendo, usted busca algo que no sabe lo que es y que no querría saber qué es, seguro que no podría aguantar mi secreto en su archivo, ni reforzando la estantería con vigas de acero. No se, la mirada de un perro puede decir mucho. Al final, impelido por un impulso meramente animal, resignado ante la mirada del hombre que decía aún así prefiero saber, cedió y se acercó a un rincón y comenzó a arañar con sus garras, haciendo un agujero en la tierra de un parterre, desenterrando algo, su secreto. Se lo llevó a la boca y lo dejó en el centro del patio, para que lo viera, como si fuera un ídolo rescatado. Se trataba de una enorme pinza, de una forma extraña, enrevesada, color púrpura, metálica, irisada, brillante, hermosa, práctica, manchada de limaduras de oro, asombrosa, de origen incierto, una pinza de esas que caen impunemente en los patios sin que nadie les preste la menor atención pero más valiosa. El archivero de secretos se quedó cabizbajo, algo triste, pensando en más bien nada. Apareció la mujer, con el cesto de la ropa. Apartó al perro. Recogió la pinza. Con un gesto flexible, natural, amplio, realmente bonito, se la llevó al pelo y con ella, mediante un acto de prestidigitación prodigioso, se sujetó el pelo, negro para más señas. El hombre comprendió entonces que hay secretos que no le pertenecían, que hay cosas que mejor dejarlas libres, que hay lugares oscuros a los que sus ojos de coleccionista nunca le estaría permitida la entrada.

jueves, 28 de agosto de 2014

Crítica: "Premio a la excelencia" de Elisa Ferrer



¡Ha llegado a Madrid el Teatro Eléctrico! Nos referimos a la trasnochadora obra “Premio a la excelencia”, de Elisa Ferrer, en el Microteatro por dinero de la calle Loreto y Chicote, interpretada por dos ascuas encendidas llamadas Raquel Burbano y Rut Santamaría, dirigida magistralmente por Chos. Eléctrico por la tensión, por el alto voltaje, por su vocación de denuncia, por lo que tiene de galvánico e inducidor de voltios desbocados a prueba de fusibles rotos. También porque es como una tormenta anunciada en una tarde de bochorno.

El argumento es necesariamente condensado: dos madres que se encuentran en una sala de espera. Dos madres esperando que devienen en dos figuras algo así parecidas a las de un duelo final en una calle polvorosa del oeste americano, cuando los vaqueros deciden que en el pueblo, en la escuela, sólo hay sitio para uno de los dos. Representación de madres no pergeñadas de revólveres pero si de iphones y compras de última hora, madres de altura, notables, ventajistas, aspirantes, refinadas, reconocibles, en resumen, “sublimes”. Aquí está la denuncia, porque esto no puede ser, porque las hijas, ausentes en el escenario, sufren, seguro, toda este cúmulo de atributos de la excelencia como una lacra, como una exigencia patética de una sociedad desrumbada y expuesta a las luchas de poder en altura que no son más que estulticias vanas. Vivimos en tiempos en el que las sátiras aún tienen sentido.

 Las particulares características de la sala ayudan a esta concentración de energías. No nos vamos a engañar: es un teatro condensado, acercador, de distancias cortas. Es una tormenta con rayos sin lugar donde refugiarte. No permite más que un acto, no hay lugar para un descanso, ni siquiera para un respiro. No dio tiempo de colocar un telón. Se tiene la suerte de percibir sin esfuerzo el ligero temblor en los labios de las actrices o los rayos chispeantes y terribles a punto de estrellarse de sus miradas y esto creo que es bueno, excluye la posibilidad de distraerse. Es bueno que en el teatro uno tema que a las actrices se les escape un bofetón, porque para eso debería estar el teatro, para espabilar, para despertar, para reaccionar. En la función en la que estuvimos presentes no hizo falta ese bofetón real: ya el texto es en sí suficiente excusa para desadormecerse, para pensar, es como un chute de ideas implacable y, por que no decirlo, también extremadamente divertido, casi hilarante. 

Las actrices: de empaque y figura, además de sobrias, estaban contenidas, a pesar de la licencia histriónica que maneja sabiamente el texto, catalizadoras de una tensión creciente en perfecto ritmo de ejecución progresiva. No debe ser fácil poner en escena algo tan concentrado, sin la posibilidad de un prólogo, de una acomodación pausada del texto. Todo tiene que ser impactante desde el primer momento y no debe sobrar una palabra. Reto logrado. El resultado es vibrante, jocoso, pero no chusco. Todo medido, como tiene que ser, incluso las emociones que se desbordan. La autora, la genial y levantina Elisa Ferrer, de la que ya conocíamos demostraciones indudables de su talento y de su descomunal facilidad para montar historias turbadoras y conmovedoras en breve tiempo, no nos ha decepcionado esta vez tampoco. Solo queda el recurso de esta felicitación somera y torpe por hacernos pasar tan buen rato y la invitación a todos para que acudan en tropel a disfrutar de semejante e inusual joya de la noche madrileña. 

jueves, 17 de julio de 2014

Elecciones apresuradas



Se tomó su tiempo a la hora de tomar la decisión. Decoraba las esperas con ideas absurdas sobre Raquel. Soñaba con la posibilidad de que un día todo se viniera abajo. No supo cuándo fue que empezaron las dudas. Cuándo empezó el miedo a equivocarse. Antes de septiembre, sin duda, cuando solo se dedicaba a subir y bajar persianas. El calor había caído sobre la ciudad somnolienta y a primera hora bajaba sistemáticamente las persianas, los toldos, cubría las ventanas con cortinas, tenía mucho cuidado de que no entrara un solo rayo de sol por la mañana y a la noche volvía para abrir, esperando una corriente, aunque fuese mísera, que le aliviara. Y después bajaron las temperaturas y empezaron a llegar las cartas de Raquel. Eran sobres grandes, tamaño folio, con manchas. Dentro, en un papel arrugado, estaban los dibujos. Ni una palabra. Sólo dibujos de animales. El primero fue un tigre de Bengala. Tenía los contornos muy difuminados, porque el tigre se estaba moviendo como cumpliendo una amenaza. Era uno de esos tigres de mirada fatal y perfecta. El segundo no tenía nada que ver. Una especie de koala, amarrado a un eucalipto amarillo. Cada tres días llegaban nuevos dibujos. Perros, hormigas, jirafas, daba igual. Animales salvajes casi siempre. Álvaro conocía poco a Raquel. Solo habían hablado un par de veces, cuando coincidían en el portal. Ella vivía en el quinto. Los sobres no llevaban franqueo. Era evidente que se habían introducido en el buzón directamente desde las manos de Raquel. Álvaro no tenía puesto el nombre en el buzón. Hacía unos meses que alguien había arrancado la pegatina, y había esparcido los restos por la escalera, tal vez ejecutando algún tipo de venganza de la que desconocía la causa. A las dos semanas le llegó un dibujo de una pantera que le gustó bastante. Era negra, con aspecto de ser letal y suave al tacto. Como se imaginaba a Raquel. En el sobre encontró al fin una nota, escrita a mano y con mala letra, en la que ella tan sólo le pedía algo, mediante dos palabras aisladas y misteriosas: “Elige uno” Álvaro no se hizo demasiadas preguntas de por qué ella le hizo esa propuesta, como no se las había hecho de por qué su vecina le mandaba dibujos de animales. Sin embargo, se tomó en serio la imperativa nota, como si de esa elección dependiera el destino de ambos. No tenía la menor idea sobre qué criterios debía utilizar para elegir el dibujo. ¿El que más le gustara?, ¿El que diera más miedo?, ¿El que tuviera colores más vivos?... Despejó la mesa de restos de comida y migas. Extendió los dibujos, sin orden y de momento se limitó a admirar el arte con que habían sido compuestos, la extrema delicadeza con que se habían perfilado sus detalles. Sintió deseos de hacer algo con Raquel. Tal vez subir y saludar y entrar en su cuarto y verla desnuda. Entonces pensó que el tigre o el puma serían una buena elección. Pero siguió dudando. El dibujo de una garza, al borde de un cañaveral, hierática, esbelta, casi japonesa, realizado mediante líneas sueltas y tenues, de un color entre blanco y gris extraño, al borde de una laguna, también le llamaba mucho la atención, sin saber por qué. Tras una semana dándole vueltas a la cabeza, por fin apartó uno, lo miró de arriba a abajo, se preguntó si de esa especie aún quedaban ejemplares libres. Cogió el dibujo, lo metió en un sobre y lo echó al buzón de Raquel. Se equivocó. No sabía muy bien lo que hacía. Eligió la quimera. Ella hizo la mudanza una noche, sin que nadie lo notara. Desapareció sin dejar señas, ni rastro, ni un sobre con un dibujo de despedida. La lluvia empezó a repiquetear sobre las persianas bajadas. 

jueves, 3 de julio de 2014

La ciudad rota de Miguel Rubio



Tercera novela de M. Rubio, que ya desde la portada del púgil en reposo, del boxeador después de la pelea y probablemente derrotado, define las características de los personajes que la recorren, la sombría y épica imagen de los que no acostumbran a salir indemnes de los combates.

La ciudad que se perfila y a la que alude el título podría ser Madrid, como podría ser cualquier otra ciudad, lugar indeterminado, fragmentado, por el que deambulan un número casi ilimitado de voces, de personajes indefinibles y que a manera de una novela coral van tejiendo sus historias, sus desavenencias, sus desdichas, sus distintos puntos de vista para lograr una historia colectiva plagada de meandros y caminos sin retorno que sin embargo confluyen en ese objeto extraño que es una manifestación de protesta indefinida.

El concepto de ciudad fragmentada en esta novela no corresponde a la ciudad idealizada al modo en que las concibió Calvino, ni una ciudad fotografiada al milímetro de un Antonio López, es más bien la ciudad a contraluz que recorren los flaneur de Walter Benjamin, las galerías violentas y agónicas que surgen de un presente líquido, globalizado, excluyente. La Ciudad Rota no define unos personajes característicos, costumbristas de Madrid, sino más bien a excepciones, a inadaptados que excluyen los tópicos y que parecen ir siempre a contra corriente. Están marcados por el fracaso, sí, pero un fracaso que nace de un tipo de rebeldía que confiere a estos personajes el estigma de héroes urbanos.

La derrota deviene necesariamente de su relación con el pasado, una relación problemática, intensa, que excluye el olvido y la conciencia tranquila. Hay cuestiones pendientes, errores, destinos cruzados y confusos, decepciones, mentiras que la corriente intransigente del tiempo vuelve irremediables. La música, parafraseando a Borges, igual que la lluvia, es una cosa que siempre sucede en el pasado. En esta novela, es la llave que deja entrar el recuerdo. Así en El verano en que la música murió, dónde el primer flash-back viene precedido por una canción de Mclean, aunque también por una magistral enumeración de objetos que son parte de “recuerdos absurdos”, pero que como teselas de un mosaico van recomponiendo una historia nunca cerrada.

El lenguaje es claro, liso, sin florituras, afín al imperativo del autor de no perderse en las formas. Esta elección permite sin embargo momentos que rozan lo lírico, mezclados y entretejidos magistralmente con otros, como en My Way, de una precisión sensitiva y sensual admirable. Se excluye la grandilocuencia y la sensiblería. Las acotaciones de los diálogos son directas y simples. Todo encaja y se desliza con una suave cadencia de balada, sin que falte la tensión ni los puños cerrados.

Otra de las cumbres estilísticas de este libro es la consecución de atmósferas. Como decía el pintor Turner, la atmósfera lo es todo. Se trata aquí de esa atmósfera “densa y sucia” del Tristeza bar que se contagia un poco al resto de relatos, una atmósfera bien concretada a base de elementos sensoriales precisos que logran esa rara proeza de hacer partícipe al lector de la historia, de introducirle en el escenario donde se desarrolla la acción, de permitirle oler literalmente lo que los personajes huelen, propiciando el marco apropiado para una empatía obligada. El uso de la primera persona en relatos o capítulos como Tristeza bar, El verano en el que la música murió o Pago de favores, refuerza esta inevitable participación del lector en la historia, en su intensa y fulgurante introducción en ella desde el primer párrafo.

Pago de favores es quizás el relato o capítulo más espectacular por su trama, donde el conflicto adquiere tintes de tragedia clásica, donde los personajes se enfrentan, como en la épica antigua a decisiones impracticables. Es difícil encontrar en la narrativa actual, donde predomina tanto el sarcasmo, este deslizamiento tan decidido hacia un mundo en el que la conciencia o el coraje se vuelven protagonistas de las decisiones de los personajes, unos personajes que remiten necesariamente a los grises héroes de Raymond Chandler y en el que sin embargo hay sitio para el humor, un humor único del autor, hecho a ras de calle y que ofrece un contrapunto estimable ante tanta adversidad y crudeza.

En fin, se podrían escribir muchas cosas más sobre este libro, leerlo puede tener los mismos resultados que apurar una copa, sea ese Manhattan inolvidable de My Way o de cualquier licor indefinido del Tristeza Bar. Eso sí, hay que tomarlo al final de la noche, cuando el local se ha quedado ya vacío, un poco antes de cerrar. Se trata de uno de esos momentos que tienen que ver con la memoria, con la nostalgia, con los sueños incumplidos, pero también con los deseos y con la buena literatura.


lunes, 16 de junio de 2014

Puentes circulares



El tipo aquel subió al metro en la estación de Nostrand con la sensación de que alguien acechaba detrás, de que le seguían, de que en cualquier momento podrían echársele encima y arrebatarle su metrocard y entonces ni metro, ni cruzar el río ni llegar a Manhattan. La oscuridad había dejado de darle miedo hacía treinta años, pero dentro, por el contraste con el sol de afuera, no veía nada. Sus ojos se fueron acostumbrando muy lentamente a las lámparas que parpadeaban cuando un tren de la línea A se paró justo delante. Tiene que coger el metro y desde esta mañana se acuerda de un sueño que tuvo hace mucho, donde le perseguían y él los despistaba corriendo y escondiéndose después de cruzar un puente de hierro enorme.

Se sentó y las puertas se cerraron medio segundo después de que él por fin se decidiera a entrar. De sus manos pendía un libro, cuyas páginas dobladas y mojadas por la lluvia no llegarían al final del día. Él lo había empezado a leer esa mañana y parecía estar escrito con la sola intención de que nadie entendiera muy bien para qué estaba escrito. Un antropólogo rumano de fama universal sostenía que el eterno retorno, la concepción de oriente de un tiempo circular, la repetición de los arquetipos y todas esas cosas eran muy preferibles a cualquier clase de tiempo lineal que induciera a creer que hay progreso. El tipo nada más empezar el libro estuvo de acuerdo. No hay progreso, ni sentido, ni aunque quieras vas a alguna parte sino que te dedicas a dar vueltas, como ese metro en el que ahora iba y que esperaba llegara a Manhattan pero quien sabe, igual se ponía a dar vueltas porque sí y dentro de un momento volvería a estar en Nostrand buscando la entrada, sintiéndose perseguido, con el libro mojado colgando de sus manos temblorosas.

Hay un predicador negro en el vagón. Con una biblia enorme, con gafas, vestido de azul y corbata, parece dispuesto a ofrecer la explicación de porqué él se metió a cristiano a ver si alguien le imita. Prepara la voz, carraspea, dice voy a contaros algo y se queda con la boca abierta y callado porque a un lado del vagón un niño, también negro, de unos ocho años, le interrumpe y empieza a tocar una flauta de madera, de esas que hay que comprar para el colegio a costa del almuerzo de dos días de toda la familia. El predicador deja que el chico toque la flauta y todo el vagón se ríe, y piensan se ha quedado con la palabra en la boca. Cuando termina empieza a pasar la gorra, los billetes de dólar salen de todos los bolsillos incluido el del predicador, en un gesto bastante cristiano en eso de amar a los enemigos. Una vez que hemos asistido a este breve concierto de nuestro pequeño hermano, ya puedo contaros porqué me metí a esto de cristiano, yo estaba en mi casa tranquilamente cenando con mi cuñado cuando...entonces el chico de la flauta, Sam, esta vez por mero interés de joder al personal, vuelve a tocarla al otro lado del vagón, una tonada entre irónica y sentimental. El predicador respira y sonríe, pero es evidente que está fastidiado, vuelve a callar y a escuchar el concierto de flauta. Tenía razón el antropólogo rumano. Todo se repite, los comienzos y sobretodo, se repite los intentos de comenzar que no comienzan, el tren llega a High Street y el tipo que se subió en Nostrand empuja a dos señoras para salir precipitadamente a pesar de que su intención era llegar hasta Manhattan.

Por qué se apeó en High Street nadie lo supo nunca. Las consecuencias serían catastróficas para el libro del antropólogo rumano, porque seguía lloviendo, hasta con más fuerza, esa lluvia tan constante que no mueve ni el viento, esa lluvia gris, de dudoso estado líquido que más bien parece una manta dejada caer a peso, desde muy arriba, lluvia con sabor a Atlántico, lluvia de la que el tipo se intenta proteger con un paraguas acostumbrado a otro tipo de lluvias. Por fin entiende que lo que ha decidido al saltar del vagón en High Street es cruzar el puente de Brooklyn andando, porque así hará un poco de ejercicio y es bonito llegar a Manhattan tan solo usando un par de piernas. Así que empieza a andar, bajo la lluvia que encima de los puentes cae más fuerte que en la calle, como todo el mundo sabe. Los puentes como este, aunque están ligeramente combados, dan siempre la falsa sensación de que llevan al otro lado del río. El tipo empieza a dudar si este puente en particular que cruza por primera vez aguantará su peso, peso enormemente aumentado por el agua que le empapa y que el paraguas no ha logrado repeler. El libro es una pura esponja y se va deshaciendo lento entre los dedos del tipo que acelera el paso entre los charcos. Levanta la vista y ve que las nubes están a media altura de los rascacielos, anda y en diez minutos se supone estará al otro lado pero duda, como siempre duda si no será que sea un puente circular que le devuelva a Brooklyn y nunca llegue a la isla. Mira para atrás y no ve a nadie. Mira para adelante y hay un tipo con pinta de ser japonés que se le acerca mucho más preparado que él para esas circunstancias, envuelto en un chubasquero amarillo. Intuye que por debajo, en el río, circulan bestias submarinas de varias cabezas, del tamaño de ballenas azules, con escamas irisadas en la oscuridad de las profundidades. El tipo puede imaginar lo que le de la gana, que para eso le pagan. El japonés se le cruza y le dice: está lloviendo. En japonés. Pero le entiende.

La lluvia es una cosa que siempre sucede en el pasado, la lluvia es circular,  entra y sale del mar, entra y sale de la memoria, esta es la misma lluvia que un día soñó que le empaparía cuando cruzara el puente de Brooklyn por primera vez, sueño atestiguado en una libreta fechada el siete de agosto de mil novecientos ochenta y nueve. Igual, piensa ahora, cambiando de idea, que el antropólogo rumano no tuviera razón del todo. El puente se acaba y está al otro lado. Un taxi amarillo aplasta un charco sin piedad y sin piedad le salpica lo justo para que el tipo esté definitivamente empapado. Es hora de recordar más detalles de aquel sueño. Vuelve a dudar. Cree que ahora está empezando algo que acabará en alguna parte.

martes, 13 de mayo de 2014

Ariadna en Cartago



Ariadna estaba algo cabreada. Hizo un bulto con sus escasas ropas, se despidió de unos cuantos amigos, bajó al puerto, que estaba plagado de marineros aburridos que le miraron con ojos lascivos pero mediocres y, aunque no estaba muy bien de pasta en esos momentos, se hizo con un pasaje barato hasta Cartago. Se había cansado de Naxos, de sus oscuros bosques, de sus caudalosos y rumorosos y cristalinos ríos, de estar todo el día leyendo, rumiando venganzas, esperando que el pesado de Baco la dejara en paz. Ya hacía un tiempo que de Teseo ni se acordaba. Pero seguía enfadada, pensando que tenía que hacer algo con su vida, cualquier cosa mejor que esperar, siempre esperar. Después fue hacia la playa y se sentó en la arena, dejando que el agua le lamiera los pies, observando con detenimiento como las huellas de un cangrejo extraviado se iban borrando en medio de la espuma. Pensó que de ella no quedarían huellas. Que de Teseo si. Incluso del laberinto y de la mascota que tenía dentro quedarían huellas. Pero de ella pocos se acordarían. Esto más que nada le venía a decir a Dido en su última carta.

Se escribían desde hacía bastante tiempo, cartas repletas más que nada de reproches, de deseos insatisfechos, también tenían tiempo para describir su día a día, los paseos por parte de Ariadna, mientras que Dido la contaba los típicos problemas que conlleva el poder en un sitio tan absurdo como Cartago. Dido era una guasona. Que estuviera un poco loca no impidió que Ariadna la admirase, por sus formas de hacer las cosas, por sus logros pirotécnicos, por los zapatos que siempre sabía elegir, porque la sola idea de una reina tan perdida en sí misma la conmovía. Una de sus costumbres era firmar sentencias de muerte, a dos manos. La cosa parece ser que le suponía un esfuerzo. A veces firmaba sentencias de muerte mientras estaba pensando en otra cosa, componiendo música o fregando los cacharros. Era una de esas reinas que sentían mucho eso de mandarte a los leones, que lo hacían porque no había más remedio pero le daba pena. Ariadna pensó que Dido era un poco sentimental. Así se desprende de aquello que se le oyó decir, mientras echaba su firma en la sentencia de muerte a un frutero de poca monta, eso que dicen que dijo Nerón: “ojalá no supiera escribir”. El frutero no le rió la broma. Él tan solo había vendido un par de manzanas pochas...pero sobre todo las cartas, tan largas, venían a resumirse en que Ariadna quería irse de la isla donde la habían abandonado de mala manera. Y Dido le dijo que viniera, que le haría un hueco en palacio, que se lo tomara como unas vacaciones, que charlarían y se tomarían unas copas y que luego ya pensarían en qué hacer con el incierto futuro, con la ayuda de un par de augures que tenía siempre cerca solícitos, serviles hasta el asco y que no solían errar demasiado en sus pronósticos.

A Ariadna no le gustaba viajar en barco. Se pasó la mitad de la travesía en la bodega o vomitando. Tan solo por las noches, como si la hubieran llamado por su nombre, salía a mirar las estrellas, costumbre que por entonces se estilaba mucho entre los griegos. En la oscuridad de su camarote, se preguntaba como sería Dido, si la fama de Cartago se parecía algo a la realidad. Ella no tenía que avergonzarse ante una reina. Su padre también era rey. Aunque odiaba que la llamasen princesa. Los lujos dejaron de interesarle hace tiempo. Allí, en la oscuridad de ese barco, pensó que lo que realmente le gustaría, es dedicarse a la guerra. Envidió por un momento a los que sujetaban escudos y espadas, la furia ciega de las batallas, la posibilidad de confiar su vida a sus propias fuerzas. Releyó la Iliada a la luz de una vela. Se quedó asombrada ante aquella lanza que palpitaba porque estaba clavada en el corazón de un troyano. Se dijo que cualquier cosa era mejor que esperar, que dejar que otros urdieran su destino. En las bodegas, los esclavos andaban liados con los remos. Se hizo amiga de uno, negro, enorme de brazos como troncos. En su turno libre se tomaban algo, hablaban de sus respectivas islas, se entretenían contando mentiras. El esclavo le habló de Dido y afirmó que todas las reinas tenían que estar necesariamente locas. Le habló de Cartago, de sus lujos decadentes, de los tigres que a veces se dedicaban a merodear entre los cubos de basura de sus arrabales. Dijo también que en su país no se conocía el mar, que él era un afortunado, que los latigazos y las cadenas no eran más que una molestia aceptable. Solo al final, cuando estaba ya borracho, a punto de agarrarla en su camarote, reconoció que la envidiaba por ser libre. Ella se lo tomó como un cumplido.

Tras unas pocas semanas, llegó al puerto de Cartago, la ciudad fundada por mercaderes, la futura competidora de Roma, que sin embargo, aquella mañana, amaneció cubierta de niebla. La llevaron a un hotel, dónde le pidieron que esperase a que la reina Dido diera la orden de llevarla a su presencia. Obedeció, se metió en la cama y dejó que el sueño restañara el cansancio del viaje. Se despertó al día siguiente y pudo ver dónde la habían metido. Aquello era ciertamente impresionante. Nada que ver con lo que se estilaba en Grecia. Era vergonzoso como el oro se derramaba por todas partes. Miró por la ventana y vio que las casas no tenían techo para que cupiera tanta inmunda colección de joyas, muebles de maderas africanas, espejos donde la opulencia se reflejaba sin recato. Se deleitó viendo los bárbaros vestidos troquelados de las cartaginesas, con sus peinados desmedidos y rojos. Buscó la biblioteca, pero de aquel edificio solo quedaban cenizas. Anaqueles enteros de libros fueron quemados para dejar sitio a la plata, a los jarrones chinos, a las alfombras persas, a la seda traída del oeste por los mercaderes de Tiro. Un ligero olor a canela lo impregnaba todo. A veces se perdía en sus paseos, se alejaba demasiado y llegaba al borde del desierto, a las dunas interminables, al hastío de un calor excesivo, y allí sentía la nostalgia del laberinto. Veía el ir y venir de caravanas, que al final se perdían en el horizonte como ligeros puntos negros en medio de la arena excesiva. Planeó seguir a alguna, pero no se decidió.

Las tardes en el hotel eran blandas. Allí le agasajaron con baños en leche de burra, con comida ilimitada y perfecta, con perlas y zafiros de oriente, con la insidiosa obsequiosidad de los serviles esclavos nubios. Tantas excentricidades le supuraron por la piel una dejadez y una vaguería incontenibles, pero el tiempo pasaba y Dido no la llamaba a palacio. Llegó poco dispuesta a esperar, pero no hizo otra cosa las primeras semanas. Indagó entre los empleados del hotel y le explicaron que no la llamaban porque, en esos momentos, Dido andaba ocupada en otras cosas. Al parecer habían llegado, poco antes que ella, otros extranjeros a Cartago. Habían estado a punto de naufragar, era gente con pinta de maleantes, pero Dido no solo los salvó, los acogió en su palacio y hizo todo lo posible para que se sintieran como en casa sino que además, y esto se lo dijeron en susurros, porque ofender a la reina se pagaba con la muerte y todo eso, pero parecía ser, decían las malas lenguas, que entre Dido y Eneas, el jefe de los extranjeros náufragos, hubo algo más que palabras, nadie los había visto en una situación comprometida, pero pasaban un montón de tiempo juntos y se iban a pasear y alguien los vio mirándose o comiéndose con los ojos, el caso es que todos daban por hecho que estaban enrollados. A Ariadna todo aquello no la convencía mucho. Pensó que Dido se había olvidado de ella. Y dejó pasar el tiempo, varias semanas, pero ya sin esperar nada. Se dedicó a leer y escribir, porque todo lo demás le parecía una chorrada.


Después de un par de meses de lujoso tedio, las noticias le fueron llegando a Ariadna con cuentagotas. Al parecer los extranjeros se habían pirado. Habían cogido sus bártulos, provisiones, y sin hacer ruido, habían bajado al puerto aprovechando la noche y se embarcaron al norte. Sin dar explicaciones. Poco después la gente le fue diciendo que la reina estaba mal. Que había perdido la cabeza del todo. Que al parecer Eneas había roto unas cuantas promesas. Ariadna no se lo podía creer. Tenía una mejor opinión de Dido como para verla comportarse como una adolescente estúpida. Pensó en todo lo que había pasado, en todo lo que había aprendido. Pidió urgentemente hablar con la reina. Ella sabía de que iba el asunto. Se tomarían unos cuantos pelotazos y se reirían. Le informaría detalladamente de las lamentable necedad de los hombres, le prevendría de esa absurda manía que los aedos definían con la palabra amor. Pero era demasiado tarde. La reina se había quitado la vida y prendido fuego a palacio. Porque la habían abandonado. No entendió nada. Se metió un par de copas de oro y las toallas del hotel en el macuto. Se despidió de los esclavos nubios. Dejó atrás el brillo, el tedio, la fiebre del desierto, los clarines y esas sandeces. Se fue al puerto y se embarcó en el primer barco que volvía a Naxos. Volvería y se tomaría algo con Dioniso. Le contaría todo. Con él se podía hablar de estos temas. Era un payaso, pero la hacía reír.

viernes, 2 de mayo de 2014

Desorden



Tu tienes también que haberte dado cuenta de que este desorden en que vivimos no es normal. Hay como un pacto tácito entre nosotros: que nada imponga una norma, que los objetos se acumulen alrededor como quieran, que el polvo y el olvido no sean un obstáculo a nuestra peculiar manera de entender el mundo. Rompimos calendarios y agendas. Te deseo especialmente cuando zigzagueas y huyes y saltas entre los muebles colocados por azar, por entre las azaleas secas, por entre las lámparas apagadas en el suelo y los caireles sueltos. 

Lo mejor es cuando te escondes y quieres jugar entre las cajas enormes y vacías. No se como hemos llegado a esto. Prefiero, como tú, comer sobre las baldosas rotas de la habitación y dormir cuando el día amenaza con invadirlo todo de luz. Tú siempre adoraste la oscuridad, los charcos y los tonos azulencos de las ropas tendidas en el baño desde hace meses. Dibujas con una navaja en las paredes figuras que sólo estaban en el desván de tu memoria, como quien araña el tiempo. Pero a veces te excedes. El juego comienza, te busco y no te encuentro, miro bajo los huecos de los libros acumulados en la biblioteca, entre los pliegues de las sábanas arrugadas, tras los montones de cacharros inútiles y no te encuentro. Empiezo a preocuparme, me doy en las rodillas contra las esquinas de las mesas. Al final no espero más y te llamo, pero solo logro pronunciar ecos que no te alcanzan, por el miedo. Rasgo las alfombras e inicio expediciones en tu busca. Sé que tú, en tu escondrijo, te ríes a oscuras.

De las estanterías me caen cosas en la cabeza, me tropiezo con sartenes, con paraguas abiertos, caigo en socavones, me enredo en cuerdas de esparto y el deseo sigue impasible, mientras yo temo la posibilidad de que te haya perdido. Al final apareces abriendo un armario, desnuda. Éste es el único orden que nos hemos impuesto. Atajar metódicamente la sed de nuestros cuerpos, cada cierto tiempo, sólo cuando no haya otro remedio. 

domingo, 13 de abril de 2014

Movimientos inesperados



Tremenda desilusión cuando,
a las tres menos cuarto
del día señalado en el calendario,
alguien,
de aspecto más bien infantil,
se dio cuenta así, de repente,
de que los pájaros se ponen a volar en cuanto te acercas un poco a ellos con las manos abiertas.

El hecho de que ese alguien sea un niño
no rebaja la importancia de semejante decepción,
pues lo que el niño quería, evidentemente,
es coger con las manos al pájaro.

El parque está resentido desde ese día y ya no levanta cabeza.
Las intenciones del niño tampoco es que estén muy claras.
¿atraparle, para qué?
No es tan fácil deducir que la causa de ese interés fuese meramente egoísta o criminal.
Los pediatras no se ponen de acuerdo en este punto.
El caso es que muchas veces los pájaros son desconfiados.

Esta sucesión de movimientos inesperados tuvo sus consecuencias.
El niño se fue haciendo a la atroz idea de que las cosas se escapan de las manos cuando menos te lo esperas, e intuyó,
de una forma casi definitiva,
que el mundo no estaba hecho a su medida ni las cosas se dejaban manejar a su antojo.
Alguien afirmó que este descubrimiento era necesario,
que mejor darse cuenta desde pequeño,
que si no se hubiera dado cuenta por su cuenta alguien le debía hacérselo saber por las buenas o por las malas.
Pero uno no puede dejar de percibir, en el sinsentido de los deseos incumplidos, en el rostro serio y cariacontecido del niño sin pájaro, una tristeza incomparable.
Y eso fastidia.

El niño se hizo un poco más pequeño.
Desvalido, podríamos decir.
Las tristezas incomparables son lo que tienen, que son difíciles de digerir,
a cualquier edad.
Mientras, ¿qué fue del pájaro?

Se salió con la suya, eso fue todo. 

martes, 18 de marzo de 2014

Sueños secos (2)



Los susurros eran aterradores como suelen ser los susurros. La habitación cerrada, el olor a oscuridad, todo devenía en un deseo mudo de que llegara el día. El niño, sin embargo, alcanzó a prevenirse contra los previsibles miedos, a base de crear sonidos. Primero unos golpecitos de la mano en el suelo de madera, rítmicos, uno dos, uno dos, y así hasta que se cansaba y era como el ritmo de su corazón, acompasado y era como que así el silencio no podría con él. Luego venía el momento para los silbidos, silbidos propios e indolentes, como los silbidos de un día de excursión por el campo. Había más ruidos. Una pequeña radio estropeada en el piso de arriba que sin embargo servía de escudo contra los susurros, el niño oía como se encendía y sonaba aunque no fuese más que el entreverado caos de ondas sin estación. Pero siempre llegaba una hora, muy entrada la madrugada, en que los susurros regresaban. Y entonces no quedaba otra sino escuchar, intentando descifrar que querían decirle los susurros, de dónde procedían, por qué siempre llegaban de noche. Durante todo aquel verano, en un alarde de coraje, aún sin perder el miedo, investigó y procuró escuchar quedo, arremangado en la innecesaria sábana, sudando, resoplando y tapándose las orejas cuando ya no podía más. Distinguió algunas palabras, aunque la que más se repetía era una simple orden, tranquila, insistente: duérmete. La falta de lluvia en el tejado quizás era la responsable.


domingo, 2 de marzo de 2014

Sueños secos



Despertarse se viene convirtiendo, últimamente, en un quehacer demasiado pesado, por lo repetitivo. Nada más abrir los ojos, abro la ventana pese al frío y cuelgo en el tendedero los sueños con pinzas, pero ni así hay manera de retenerlos. Quieras que no al final, con el viento, se vienen abajo y se quedan en la acera como si fueran basura arrojada y pobre. Alzo entonces la vista y me conformo con meras nubes. Dicen que me distraigo, que convivo demasiado con las abstracciones, que así no llegaré nunca a tener entre las manos un objeto cualquiera sin que se me caiga. Y les doy la razón, pero para qué. Los sueños yacen en la acera, esperando quizás a que baje las escaleras y los rescate como se hace con las pinzas o los calzones. Los vecinos no hacen nada al respecto, tan solo pisotearlos y dejar que se pudran. Yo sin embargo no puedo y espero a que tú, en uno de tus raros momentos libres, vengas, los recojas y me los subas, aunque luego no sepa que hacer con ellos.


domingo, 19 de enero de 2014

Buscar un libro



Se despertó con la idea de buscar el libro. Lo tenía en mente desde hacía tiempo, y se dijo que ya iba siendo hora de hacerse con él, aunque tuviese que recorrer todas las librerías de la ciudad. Pero antes se tenía que levantar, alzar las sábanas, desmadejarlas, romper los nudos secretos que le ataban al calor y al sueño, y ese era un proceso que siempre le pareció complicado, propicio a las renuncias, a seguir durmiendo aunque fuese un poco más pero hoy no, hoy es sábado y tenía que levantarse, desayunar, vestirse y salir a buscar el libro. Cayó de la cama, con esa tristeza inclasificable que le venía cada vez que ponía los pies en el suelo. Percibió que el día era oscuro casi como la noche, que era enero y que era enero nublado, percibió que hacía frío y que ese frío no le dejaría en todo el día. También percibió la habitación atestada de libros y para qué uno más. Percibió que estaba solo. Recordó por fin dónde estaba y la forma difusa que por aquel tiempo habían tomado las ausencias, los vacíos, los huecos de una habitación ahora demasiado amplia, pese a los libros. Porque los libros, al menos esa mañana, estaban en silencio. Callando. Como esperando a alguien. Casi como si pudiesen arrojarse desde la estantería y huir si ese alguien no venía a leerlos o a lo que fuese. Los libros, esos farsantes. Se duchó. Se vistió. Más rápido no podía porque tenía los músculos acostumbrados a no moverse demasiado. Tenía los ojos legañosos y en medio de la niebla del cuarto de baño se acordó de que por ahí había un espejo, lo aclaró con la toalla y se miró. Era el típico reflejo de un rostro de un tipo que va en busca de un libro. Recorría su cara un gesto de perplejidad, ni siquiera triste. Como si todo careciese de sentido pero no importara. Para qué un libro más.

 Tenía hambre y fue a hacerse el desayuno, el café y aprovechó para mirar a través de la ventana. Enfrente, una farola, detrás, otro edificio, otra ventana, alguien, ella, que hacía su desayuno, su café y que a su vez le miraba por la ventana. Desde hacía semanas se habían acostumbrado a mirarse por la ventana sin que esto fuera un problema. Una parcial y tácita cesión de intimidad concedido a sus respectivos ojos un poco por que, a esas edades, ya todo daba lo mismo. Y si todo daba igual, pensó el tipo, por qué no bajar, llamar al telefonillo, decirle que era el de la ventana de enfrente con el que desayunaba siempre, que si le apetecía salir, que si se iba con él a buscar un libro. Nunca antes habían hablado. Se puso el abrigo y dio cinco vueltas a la cerradura. Como si nunca tuviera que volver. Como si fuera de viaje. Como si fuera Ulises. Como si ese día empezara algo.

 Bajó y pese a las mil razones que en la escalera encontró para no hacer lo que iba a hacer, llamó al telefonillo y ella contestó y él le contó lo del libro. Ella se limitó a decir que vale y que le esperara cinco minutos. Apareció a los siete minutos y con una gabardina malva o morada o violeta o azul, el día era demasiado oscuro como para distinguirlo. Se pusieron a andar sin decirse buenos días. Las calles estaban parcheadas de charcos, y no había más gente. Sí un perro, que los vio pasar con tanta indiferencia que uno podría pensar que el paseo de esa pareja improvisada era lo más normal del mundo, algo que no merecería comentario alguno ni del perro ni de nadie, cuando, a todas luces, era una especie de milagro, al menos así lo definió el tipo en voz tan baja que ella ni se dio cuenta. El tipo usaba de esas palabras. Milagro, tristeza, libro, búsqueda. Efectivamente, el tipo era extranjero. Como todos los extranjeros, conocía la ciudad mejor que los que vivían allí de siempre. Sabía los nombres de las calles, las combinaciones de los autobuses, la situación azarosa de cada librería donde pudiera estar el libro que buscaba. Ella no dijo nada hasta que subieron al autobús que lleva al centro. No le importaba lo más mínimo cual era el libro, ni él por qué de la propuesta de acompañarle. Ella era una de esos raros especimenes de seres humanos que no hacen preguntas. Y no tenía planes para el sábado. Cuando se sentaron en el autobús el comprobó que la gabardina era azul. Y pensó que quizás tendría que decir algo. Habló del tiempo, de la ciudad, de lo difícil que era el idioma. Le pidió disculpas si no se expresaba bien, pero básicamente logró transmitirla la idea de que la búsqueda de libros en ciudades extranjeras era una de las experiencias más fascinantes que existen. Dijo varias cosas más, sobre cuando había llegado al país, sobre sus padres, sobre las colinas azules que rodean su ciudad natal, sobre su trabajo en la lavandería, sobre las ausencias, vacíos y huecos que encontraba en su habitación cada mañana, sobre lo que apreciaba encontrarla desayunando al otro lado de la calle. Ella se limitó a decir que vale. Que sí. Que también. Que ella ahora no tenía trabajo. Que le gustaban los libros. Fue suficiente.


Llegaron al centro. Se bajaron. Se compraron una bolsa de almendras. Se metieron en la librería y buscaron el libro sin éxito. Descatalogado. Siguieron andando y entrando en librerías. Agotado. Qué mierda de libro es ese. Nunca lo oí. Agotado. Hace años que no se publica. Una vez vi uno. Agotado. Al final se mancharon las botas de barro, se sentaron en un café a media mañana, entraron en el museo para ver un cuadro sobre un perro igualito al que habían visto cuando salieron a su calle. Se cansaron. El se desesperó un poco. No entendía por que no tenían el libro. Se cansaron tanto que ya no hubo otra y tuvieron que andar de la mano para volver. Buscar un libro que nadie tiene es una de las experiencias más fascinantes que existen, dijo ella, bromeando, imitando el acento del tipo. Regresaron al barrio, que seguía con sus charcos. En el portal de ella, se produjo uno de esos silencios que no justificaba ni siquiera el hecho de que él fuera extranjero y no dominase del toda la lengua. Se creó una especie de resistencia a la despedida, cosa que era necesaria, por otra parte. Porque era tarde, casi de noche, pese a que había luz, ya estaba despejado y el sol que se iba, junto a las farolas encendidas, parecía desvelarlo todo. Tal vez mañana podrían desayunar juntos. Pero el libro no había aparecido, y ya no quedaban librerías en la ciudad, y para qué quieres ese libro le preguntó ella, ella que no solía hacer preguntas. No hubo respuesta. Por que si levantarse por la mañana no tiene sentido, el resto tampoco, ni los desayunos, ni los paseos, ni los autobuses, ni las librerías, ni los viajes a países extraños. Se separaron. O si tenía sentido. Subió las escaleras, dio las cinco vueltas a la cerradura, entró y se quedó pensando con el abrigo puesto. Como esperando a alguien. Pensando y recordando. Los libros seguían en silencio en la habitación con huecos. A los siete minutos sonó el timbre. Era ella. Subió. Desde el rellano sacó el libro y se lo entregó, a él le dio igual. Ella se decidió a entrar. 

"...y muchas cosas inventan los aedos"



“...y muchas cosas se inventan los aedos” dijo Solón. Quizás fue en un momento de esos en los que estás un poco cabreado y tienes alrededor doscientos mil libros y dices que son muchos, y empiezas a creer en la atroz idea de que la verdad y la poesía son dos opuestos, y que todo texto debe tender hacia la verosimilitud, y que esto en realidad significa que dos más dos son siempre cuatro, que mejor copiar la supuesta realidad y Solón estaba en estas cuando pensó eso, creo y le pareció que los aedos se inventaban demasiadas cosas o es eso o lo que en realidad intentaba decir (no lo se muy bien porque la frasecita está sacada de contexto) es que los aedos se inventaban cosas en vez de repetir minuciosamente las historias que debían recordar, verso a verso, palabra por palabra, en ese ejercicio bestial de memoria que les llevaba a recordar y recitar y tal vez cantar con voces destempladas miles de versos sin que aparentemente cediesen a la vil improvisación y que así parece fue que se conservaron cosas como la Iliada y la Odisea, a base de repetir y repetir, sin que el pergamino o el papel tuvieran mucho que ver en la conservación asombrosa de esas historia que quieras que no ahí están y nos siguen sirviendo para no olvidarnos de que somos humanos y ese tipo de cosas. “...y muchas cosas se inventan los aedos” dijo Solón y nos preguntamos que quería decir esto sacado de contexto, porque hay que sacarlo de contexto necesariamente ya que es un fragmento que nos ha llegado así sin más y entonces tenemos que imaginarnos si lo dijo desdeñoso, o enfadado o por qué no, haciendo alusión a la prodigalidad de alguien, agradeciendo la manía de inventar historias y mundos y personajes y hechos de los aedos, esos incontinentes. Porque ya de por sí preguntarnos que pensaba Solón es complicado, ya que sabemos poco de su facha. Sabemos que tenía barba. Sabemos que andaba muy sólo, como su propio nombre indica. Tenemos una estatua que se le parece y que explica porqué estaba tan sólo, sabemos que fue uno de los siete sabios de Atenas. Hay que imaginarse ser uno de los siete sabios de Atenas. Es un cargo complicado, hoy en día. Sabio y encima de Atenas. Lo debió llevar mal el pibe. Pero ahí está diciendo cosas como esa de los aedos. También sabemos que fue un político. Hizo reformas y constituciones. Ahí ya tenemos una pista. Eso cambia el contexto. Porque a los políticos nunca les gustaron demasiados esa sarta de bandidos que son los aedos ni sus viles cantos. Los aedos venían a tocar las narices a los políticos. Siempre se salían por la tangente. Es como ahora, que de los poetas dicen los políticos que ya no existen. Se desgañitan proclamando versos y encima luego van los legisladores y sus secuaces y les sueltan eso de que no existen. Triste. El caso es que Solón, siendo político, y aunque entonces algunos políticos de Atenas se dedicaban a hacer también versos, lo más probable es que los aedos le cayeran de entrada mal. Por contar historias que no venían a cuento, más que nada. Eran otros tiempos pero es como ahora y entonces Solón se cabreó y dijo aquello de que los aedos se inventan muchas cosas, como si esto fuera un crimen, como si ya las cabezas estuvieran tan rellenas de realidad que no se pudiera inventar nada, como si nos tuviéramos que conformar con lo que tenemos y poner una mordaza a todo aquel que propusiera una alternativa, acusándole de poeta. Mal camino. Solón no sabía lo que decía. Mejor se hubiera quedado calladito y guerreando a los persas.