jueves, 28 de agosto de 2014

Crítica: "Premio a la excelencia" de Elisa Ferrer



¡Ha llegado a Madrid el Teatro Eléctrico! Nos referimos a la trasnochadora obra “Premio a la excelencia”, de Elisa Ferrer, en el Microteatro por dinero de la calle Loreto y Chicote, interpretada por dos ascuas encendidas llamadas Raquel Burbano y Rut Santamaría, dirigida magistralmente por Chos. Eléctrico por la tensión, por el alto voltaje, por su vocación de denuncia, por lo que tiene de galvánico e inducidor de voltios desbocados a prueba de fusibles rotos. También porque es como una tormenta anunciada en una tarde de bochorno.

El argumento es necesariamente condensado: dos madres que se encuentran en una sala de espera. Dos madres esperando que devienen en dos figuras algo así parecidas a las de un duelo final en una calle polvorosa del oeste americano, cuando los vaqueros deciden que en el pueblo, en la escuela, sólo hay sitio para uno de los dos. Representación de madres no pergeñadas de revólveres pero si de iphones y compras de última hora, madres de altura, notables, ventajistas, aspirantes, refinadas, reconocibles, en resumen, “sublimes”. Aquí está la denuncia, porque esto no puede ser, porque las hijas, ausentes en el escenario, sufren, seguro, toda este cúmulo de atributos de la excelencia como una lacra, como una exigencia patética de una sociedad desrumbada y expuesta a las luchas de poder en altura que no son más que estulticias vanas. Vivimos en tiempos en el que las sátiras aún tienen sentido.

 Las particulares características de la sala ayudan a esta concentración de energías. No nos vamos a engañar: es un teatro condensado, acercador, de distancias cortas. Es una tormenta con rayos sin lugar donde refugiarte. No permite más que un acto, no hay lugar para un descanso, ni siquiera para un respiro. No dio tiempo de colocar un telón. Se tiene la suerte de percibir sin esfuerzo el ligero temblor en los labios de las actrices o los rayos chispeantes y terribles a punto de estrellarse de sus miradas y esto creo que es bueno, excluye la posibilidad de distraerse. Es bueno que en el teatro uno tema que a las actrices se les escape un bofetón, porque para eso debería estar el teatro, para espabilar, para despertar, para reaccionar. En la función en la que estuvimos presentes no hizo falta ese bofetón real: ya el texto es en sí suficiente excusa para desadormecerse, para pensar, es como un chute de ideas implacable y, por que no decirlo, también extremadamente divertido, casi hilarante. 

Las actrices: de empaque y figura, además de sobrias, estaban contenidas, a pesar de la licencia histriónica que maneja sabiamente el texto, catalizadoras de una tensión creciente en perfecto ritmo de ejecución progresiva. No debe ser fácil poner en escena algo tan concentrado, sin la posibilidad de un prólogo, de una acomodación pausada del texto. Todo tiene que ser impactante desde el primer momento y no debe sobrar una palabra. Reto logrado. El resultado es vibrante, jocoso, pero no chusco. Todo medido, como tiene que ser, incluso las emociones que se desbordan. La autora, la genial y levantina Elisa Ferrer, de la que ya conocíamos demostraciones indudables de su talento y de su descomunal facilidad para montar historias turbadoras y conmovedoras en breve tiempo, no nos ha decepcionado esta vez tampoco. Solo queda el recurso de esta felicitación somera y torpe por hacernos pasar tan buen rato y la invitación a todos para que acudan en tropel a disfrutar de semejante e inusual joya de la noche madrileña. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me muero de ganas de ir a verlo. El sábado voy. Gracias por la recomendación.

Rochies dijo...

quiero leer algo

Mario gomez garrido dijo...

Me encanta que quieras leer algo ;)

Rochies dijo...

entonces? :P