jueves, 6 de agosto de 2015

Hace poco más de un año



Hace poco más de un año:

- Eh, tú. – me grita detrás del mostrador.
- ¿sí?
- ¿Como vas?
- ¿Eh?
- Que cómo vas.
- Ah, bien, gracias.

Un gato entra por el fondo de las estanterías, me mira, se acerca con sus pasos melosos de gato, se friega con mis pantalones.

- Me cago en tu puta madre, Mike, deja esa puta fruta ahí.- dice por encima de mi hombro a su compañero que ha tirado una caja de manzanas detrás. 
- Me llevo esto. – le digo.
- Cinco dólares.
- ¿Cuánto es? 
- C-i-n-c-o dólares, tío. 
- ¿Cinco?
- Eso.

El acento no se si es de Bedford, de Brooklyn o de la India. Desenrollo unos cuantos papelajos que tenía metidos en el bolsillo. El gato no deja de mirarme. Llevo cinco litros de agua, coca helada, unos bollitos LadyLinda y manzanas.

- Hace calor. 
- ¿Qué? – me cuesta entender todo.
- Que hace calor – repite con una sonrisa enorme.
- No, qué va, no hace calor- digo de broma pero no entiende. 

Entran cuatro pibes, de dos metros el más bajo, descamisados, casi pisan al gato, saludan a Mike, empiezan a gritar y a pasarse bolsas de nachos por encima de las estanterías. 

- ¿De dónde eres?
- De Madrid
- ¿Madrid?
- Da igual.
- Nosotros de Bangla-Desh.
- Ah.
- ¿Qué haces aquí?
- Vacaciones.
- ¿Qué?
- Vacaciones.
- ¿Vacaciones?
- Seguro.
- Ah. 

Le doy los cinco dólares en billetes de uno. Empieza a gritarle algo a Mike de nuevo, cada vez más fuerte, Mike ahora está en el mostrador de la izquierda cortando queso o algo, a su vez él se pone a gritar a los chavales que han entrado, parece ser que no están muy dispuestos a pagar los nachos de momento, pactan algo, negocian entre gritos y música alta. Me meten todo en unas bolsas negras, se despiden, me dicen vuelve. Afuera sigo un reguero de gritos que corre calle abajo. Esos no vuelven, pienso. 

No entiendo por qué esta conversación me ha resultado tan memorable, tal vez porque eran de Bangla-Desh, porque yo tenía miedo a que alguien entrara y atracara el badulaque, porque estaba en Bedford Stuys, porque hacía mucho calor y yo sudaba demasiado y no quería dejarles un charco en el suelo, no se, a veces recordamos con cariño las cosas más estúpidas que nos pasan porque no nos queda otro remedio. 

 En todos los comercios y locales de Bedford hay un gato, eso es así. En la lavandería había otro. Al principio pensé que era el mismo pero no se, este tenía más mala leche, no se restregaba contra mis pantalones, supongo que viviendo allí tenía sus prejuicios contra la ropa humana. Cuando fui por primera vez estaban cuatro viejas hablando en la entrada, sentadas en unas bolsas enormes de plástico y en sillas de arpillera y en un mostrador un chino doblaba ropa. Ellas hablaban alto y se veía que estaban pasando la tarde allí como de costumbre. Un ventilador de esos de techo daba vueltas inútilmente. Entré como no podía ser de otra forma, sin saber usar la lavadora. Hay una chica preciosa al fondo, con un pañuelo en la cabeza, moviéndose como si la cinética y ella hubieran hecho un pacto secreto, es alta y lleva un cuarto de hora echando suavizante en la máquina. Me entran ganas de palpar sus ropas, solo para comprobar que la cosa valía la pena. Le pregunto al chino como funcionaba aquello. Duda un poco y al final se acerca y me explica muy despacio. Primero, echa la ropa. Claro. Cierras la compuerta, muy importante. Claro. ¡C-e-r-r-a-a-a-r la compuerta! No se me olvida. Echas el jabón. ¿Has traído jabón? Sí. Dame. Lo abre. Igual que la princesa nubia echa casi el bote entero, de cinco litros. ¿Suavizante? Ahí. Bien. Lo echa. Cuando empiece, vas echando más. Yo sólo he traído un par de nikis y unos calzoncillos, pero vale. Echa las monedas. No se si tengo. Solo admite de 25. No tengo cambio. Nunca tenemos cambio, ¿Ves la máquina del cambio? No funciona. Empiezo a sacar monedas de los bolsillos. Una de las viejas, que han estado escuchando, se acerca, habla con el chino, coge mi suavizante, y le dice algo medio enfadada, empieza a echar más suavizante, afortunadamente compré uno barato, en el badulaque bangladesí. Me da cuatro monedas de 25 por un billete de dólar. Me dice más cosas que no entiendo. La cosa está en marcha. La princesa nubia ya ha acabado pero se sienta en un cajón y se queda esperando no se sabe qué, con cara de pocos amigos, aunque satisfecha por lo suave que le ha quedado la ropa. Hay una televisión puesta en la que se ve un mapa del tiempo y una especie de borrasca que se acerca a la zona de NY. Confío en que sea una borrasca y no un huracán. Si fuera un huracán, me vendría a esta lavandería. Cuando ya están dando vueltas en el secador enorme mis humildes nikis, lo pienso. Se está bien allí. Entran más vecinos. Entran y salen con bultos de ropa enormes. Hablan. Se saludan, no me hacen ni puto caso, pero da igual, se está bien allí, como si la atmósfera brumosa de aquel sitio se pareciera a la de mi casa, como si allí no pudiera pasar nada malo, como si lavar la ropa uniera a la gente. El chino no deja de doblar la ropa aunque se le quede mirando el gato. Creo que bromea con un cliente con meterlo en la secadora. El animal entiende y se cabrea y se sube a la montaña de bultos. En la televisión emiten imágenes de Sandy, el huracán de hace dos años, pero me da igual, está la lavandería. La princesa nubia se va sin despedirse y queda allí donde estaba sentada una especie de vacío. Doblo mis nikis al lado del chino. Le digo gracias. Me pregunta de dónde soy. La vieja, que no se que hace allí tanto tiempo, me dice también algo y se ríe, pero creo que no de mi. Salgo, hay nubes cada vez más negras, avenida Malcolm X arriba está Mordor. Bajo la calle, paso por delante del badulaque, se cruzan un par de coches con la música alta, un viejo en pijama y sus nietos juegan al pie de las escaleras de su casa con cubos y palos, hay basura acumulada y un puesto de bebidas que sirven a través de un enrejado. Un cartel anuncia vino italiano a buen precio. Cruzo unas cuantas calles más, llego a las pistas de baloncesto, empieza a llover, corro hasta casa, en la iglesia suenan los ensayos de las siete de la tarde, saco la llave y un gato sale de entre los cubos de basura y se me cruza como si me conociera. Para mi que siempre fue el mismo gato. No quiero morirme sin volver.