miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cuarteles de Invierno de Osvaldo Soriano


La historia es sencilla, de esa sencillez con que se tejen los mitos, esos mitos tan griegos compuestos de héroes, odios, un coro, un concepto del bien que comparto, una batalla y un desenlace trágico. Andrés Galván, cantor de tangos y el bueno de Rocha, boxeador confiado pero entrado en años, arrivan en Colonia Vela para participar en los festejos organizados más que nada para homenajear a las fuerzas armadas y esto es Argentina cerca del 76. Galván, que está de vuelta de casi todo, sin embargo no encuentra buenas razones para sentirse a gusto en ese lugar, niega un autógrafo a un milico, se niega a participar en esa “estrategia de la reverencia, el codazo y la palmada” de la que Soriano se quejaba en una entrevista y le echan del pueblo. Antes descubre que al inocente Rocha le montaron una encerrona, va a combatir con un oficial local y tiene pocas posibilidades de salir por su propio pie de la pelea. Arriesgando su vida, volverá para advertir al boxeador, que entre medias se enamoró de la hija del cacique.

Del tema principal de Cuarteles de Invierno prefiero decir poco, tan solo rescatar la imagen final de esa Colonia Vela de puertas y ventanas cerradas, utilizable para ilustrar dictaduras anacrónicas, universales, para expresar de una manera definitiva la aridez sustancial del miedo colectivo y del silencio, ese miedo y ese silencio que hoy se conservan, ignorados y subterraneos, bajo las ciudades que duermen tranquilas en medio de una alarmante inanición de ideas.

La novela de Soriano se prestó pues, en los recovecos de sus páginas, en esos diálogos magistrales y vivos, para explorar otros temas que merecen ser reconocidos. Así la presentación de la amistad de esos dos personajes antagónicos, ingenuos, cervantinos, remedos de Oliver y Hardy, personajes de slapstick, de novela de aventuras y sin embargo tan entrañables, tan verídicos, tan aciagos. Esa amistad tan improbable encuentra su resorte, como ocurre en el origen de cualquier afecto, en un misterio indescifrable, irracional. Uno de esos tipos de amistad que, sin embargo, parece justificar cierta confianza en la bondad del género humano, presupuesto que en general viene a ser complicado de mantener. Sí, cuando Andrés Galván vuelve al pueblo para advertir a Rocha aun a riesgo de su propia vida, a uno no le queda más remedio que suspender la creencia de que conceptos como el coraje, la dignidad y la lealtad desinteresada se perdieron del todo en este deshilachado mundo.

Otro asunto que me interesó del libro fue el de la soledad, esa mítica soledad de los héroes, de los vencidos, de los que están de vuelta de todo. Con la ironía omnipresente en toda la obra, no recuerdo expresión más gráfica y socarrona de esa soledad que la respuesta de Galván a Rocha cuando este le pregunta si le espera alguien en alguna parte. Nadie, dice Galván, pero “bueno, hay una morocha que cuando se emborracha se acuerda de mi.” Entiendo la indignación de Rocha como un reconocimiento de la injusticia que supone que los buenos anden solos, hipótesis que me temo se corresponde seguro con la realidad.

Luego está el personaje de Marta, propiciadora de chocantes ternuras en Rocha, delatora de la fragilidad de los héroes y de los brutos. Marta, lectora de escasas novelas de aventuras, aislada y encerrada en la cárcel invisible que le construye su padre, constituye otra alegoría de la soledad que necesariamente conmueve, casi tanto como ese amor simplón pero indudable que le dedica el boxeador y que contribuye a engrosar el catálogo de emociones simples y precisas que pueblan el libro, dando a la historia una claridad que se agradece. Una claridad de película antigua, de esas en las que “el héroe, golpeado y humillado, sacaba fuerzas de su amor por una muchacha y destrozaba a sus rivales en un último gesto de dignidad.”

De Soriano también leí la legendaria Triste, Solitario y Final, esa novela cuyo título ya predispone a elogiarla como obra maestra, sin embargo me llenó más Cuarteles de invierno. Ayuda claro la presencia del boxeo, escenario recurrente y querido, perfecto para el final de una historia donde la derrota, la lucha y el coraje ocupan un lugar tan notable. El boxeo ejemplifica como pocas metáforas esa condición de la vida que es la derrota, dotándola, de una forma irracional, de una dignidad que es un enigma, pero que nos otorga la posibilidad de volvernos a levantar de la lona una y otra vez, a veces con escasísimos argumentos para suponer que podremos defendernos.

Soriano defendió que “los ideales son la única forma de saber que estamos vivos”. Yo también lo creo, ideales en un sentido extenso, ideales políticos, poéticos, éticos, personales, ideales demenciales, irrealizables, inutiles, necesarios. También creo que la literatura es una manera de hacer algo con esos ideales, es una pena, cómo los ideales se van fosilizando, cómo mantenerlos te puede costar tan caro, acabar triste, solitario y final, igual que el Flaco, ese ingenuo que mete los dedos en el ventilador, se lastima, llora y vuelve a meterlos, igual que el boxeador que en el último round se levanta tras la cuenta de ocho por un orgullo sin premio. Seguir confiando y escribiendo, aunque cueste mucho después de tantos knockouts, es otro de mis ideales, de esos con los que construyo mi utopia personal, tan plagada de dudas y extravíos.

1 comentario:

Alejandro Casas dijo...

Me parece muy interesante el post.