sábado, 16 de febrero de 2013

Deletrear


Ya habían pasado dos estaciones cuando el escritor se dio cuenta de que aquel verso se le había atragantado definitivamente. Apoyada en sus rodillas, la libreta maltrecha confundía los trazos de las palabras en un desconcierto sin sentido. Volvía a casa. Estaba cansado. No era un escritor profesional. Escribía en el tren, los sábados, cuando podía. No solía pensar en otra cosa, aunque le gustaba más leer que escribir. Nunca supo por qué le dio por esto. Por la ventanilla se resbalaba la tarde. Oscurecía. Eso le pareció materia suficiente para fabricar un verso, o un relato, alguna imagen entre esas nubes más bien rojas le empujó a abrir la libreta, a morder el birome, a sofocarse buscando palabras cuando lo más propio hubiera sido, supongo, recostarse en el asiento y adormilarse. La señora del asiento de enfrente le mira con la seguridad de que está haciendo cuentas, y un poco el poema es eso, unas cifras que no cuadran, unas sumas y unas restas que no acaban de querer concluirse. El tenía el primer verso, o la primera frase, tal vez el segundo y el tercero, le faltaba el resto, sobretodo, la parte fundamental que da sentido al conjunto. En su mente una voz le decía que aquello tenía que escribirlo, como la mayoría de los deberes que nos imponemos, este carecía de justificación. Ya no era cuestión de métricas ni de rimas, era el sonido de las palabras el que precisaba de un determinado orden para que todo cuadrase, para que pudiese abandonar la libreta, el birome, la tarde, dejarse abarcar por la oscuridad, por el probable silencio y entonces sí, recostarse, refugiarse en el calor impuesto y artificial del vagón, y dejar por fin que acabase el día que por otra parte tampoco sería algo memorable.

En los asientos de la derecha va una madre y dos niñas, una de ocho años, ausente, perdida y silenciosa su mirada tras los edificios que se suceden tras la ventanilla. Las dos con su voluminosa cartera y con los libros a medio leer, con la lección y el colegio ya olvidados, con el cansancio también, con su madre intentando permanecer despierta, mirándose las manos oscuras y pensando tal vez en el día siguiente, en la remota posibilidad de que mañana las cosas serán diferentes. La hermana pequeña tendrá cuatro, cinco, seis años, no se, nunca supe poner edades ni nombres a los niños, y ella sí que va bien despierta, contenta, con la habitual energía irredenta de los niños, tan fastidiosa a veces. Cierra el libro del colegio y empieza a memorizar en voz alta la lección del día. “...A, b, c, d, e...” Hoy debieron de enseñarla el abecedario, pronuncia las letras con voz fuerte que rebota en las paredes del vagón con un eco extraño, pero no molesta a nadie. Empieza de nuevo: ““...A, b, c, d, e...” todo va bien hasta que se detiene, duda y se equivoca: “h, i, j, k, l, p, t, r...no” Vuelta a empezar.

La niña es tenaz, insiste con el dichoso abecedario. Ya lleva cinco estaciones y media intentándolo. El escritor olvidó su escrito y escucha el abecedario, simpatizando con los esfuerzos de la niña, sonriendo sin darse cuenta ante la voz de pájaro y las letras que se suceden una y otra vez: “...A, b, c, d, e...” , tal vez es demasiado pequeña para acordarse de tantas letras, siempre se equivoca cuando llega a la “m”, se suele olvidar la “r”, pronuncia mal la uve, vuelve a empezar. Ahora está escuchando todo el vagón, pendientes de su esfuerzo, algunos deseando que se calle de una condenada vez, pero la mayoría sonriendo, decepcionados por los errores, la madre ignorándola con su cara triste, y en un asiento más adelante otro niño que va con sus abuelos empieza a susurrar él también la letanía que cree saber mejor que ella: “...A, b, c, d, e...” El escritor percibe el contrapunto de la voz y el traqueteo del tren, percibe ese ritmo sutil y se emociona un poco por esos afanes tan serios de la niña que son más bien un homenaje a sus herramientas de trabajo.  La señora de enfrente recuerda una escuela y una niña que fue ella, un abecedario aprendido a medias y se queda como suspendida entre el pasado y el presente que ya hacía mucho dejó de interesarla.

Ahora son dos los que emprenden un última tentativa de acabar correctamente el abecedario, “...A, b, c, d, e...”, aprietan los puños, se miran “f, g, h, i..” Cuando llegan a la “m” se detienen, tuercen el gesto, aceptan el desafío y por fin recuerdan “n, ñ, o, p, q...” , ya parece que todo va cuesta abajo, lo van a conseguir, “r, s, t, v, w, y...” y justo entonces el tren se para en la estación, la madre tira del brazo de la niña, las puertas se abren y una confusión de viajeros suben y bajan, mientras a la niña, saltando en el andén, aún se la puede escuchar gritar esa “zeta” que es una letra y es un triunfo. El escritor aplaude, los demás le miran, y el se avergüenza pero no deja de entender que su verso o su relato, o la maldita cosa que intentaba escribir, ya por fin había encontrado el punto final. Era de noche, y debería haberse bajado del tren cuatro estaciones antes.

martes, 5 de febrero de 2013

Virgilio y su Eneida


“Dormías. Te despierto.
La gran mañana depara la ilusión de un principio.
Te habías olvidado de Virgilio. Ahí están los hexámetros.”

Borges. La cifra.

...y como te iba diciendo, no me resulta sencillo hablarte de Virgilio, ni de la Eneida, porque yo suelo acercarme a la literatura un poco a tientas, sin ningún sistema, aprecio como pocos a los profesores de literatura, pero yo no soy uno de ellos, incapaz de desmenuzar las frases, los capítulos, los versos, de ver en lo que para mi son simples felicidades algún tipo de método, de estructura o gramática, de enumerar las comparaciones de los textos que me surgen por casualidad, azares incompatibles con cualquier análisis serio de una obra que merece mejores comentadores. Si te diré que los hexámetros de Virgilio, o al menos los remedos traducidos a los que tengo acceso, me producen una emoción difícil de definir. Desconozco por qué le gustaba tanto a Borges, por qué concedió al romano ese honor de ser su poeta favorito. Yo sólo se que sus líneas me provén de imágenes hermosas, que el azaroso viaje del derrotado Eneas tiene unas extrañas analogías con mi vida, o más bien con el extraño bagaje de metáforas con las que yo deletreo mi vida, algo que, se comprende fácilmente, nadie entiende.

Ante todo, leer a Virgilio es, parafraseando el verso de Borges, el acceso a la “ilusión de un principio”. Es viajar a cuando los héroes cantaron los principios de las cosas, que diría Marsilio Ficino. Me refiero con el “principio” al arché griego, al principio de la Historia con mayúsculas, al inicio de donde nacen todas las historias. Es ese lenguaje que comparte la Eneida con la Odisea, con la Iliada, con las Tragedias de Esquilo, con el Pentateuco, con las sagas norsas. No es extraño que en la Edad Media se considerase a Virgilio un precursor del cristianismo, a veces sus versos parecen estar sacados directamente del Génesis. Aquí es Apolo haciendo un pronóstico, pero parece Abraham al que anuncian que “nosotros levantaremos hasta las estrellas a tus futuros descendientes...” Se trata de un lenguaje primario, donde las palabras son secas y profundas, como surgidas por primera vez del habla asombrada de poetas primerizos. Los nombres siempre suelen ir acompañados de adjetivos que son atributos, comprender esto es fundamental para no desdeñar estas obras. Hablar de huecas naves, de sagrados pinos, de mares hinchados, parece innecesario, un abuso. Entender que el adjetivo va unido con el nombre como en un lazo metafísico y fundamental, justificado por la concepción musical del verso, depara por fin muchas ventajas a la hora de apreciar el libro. Aunque las traducciones a veces lo fastidien. Mi traducción de la Eneida habla del “penachudo Aquiles” Aquiles no se puede definir por el penacho de su casco, Aquiles no puede convertirse en un modelo de peluquería. Pero por lo demás, estos adjetivos que en realidad son dobles nombres tienen su lugar en la historia literaria, en esos libros primordiales, aunque no se puede imitar el estilo en la actualidad. Sería redundante o idiota por nuestra parte. Afortunadamente, esta incapacidad de la modernidad para hacer revivir las formas literarias antiguas se desdice a cada momento. Lo antiguo permanece, revive, surge de nuevo sin que los diletantes spencerianos de turno puedan evitarlo. La Eneida esta viva, y sus azares, sus errores o sus felicidades, aún nos pertenecen.

Hay partes inolvidables. Eneas llega a Cartago, y allá contempla, esculpida en frisos, su propia historia, la derrota de la ciudad de Troya y su destierro. Como en el Quijote, dentro de la historia está la misma historia, en un juego de espejos atroz que no puede acabar sino en el infinito. Eneas, en silencio y como asustado, contempla su propia figura esculpida. Se mira en un espejo. La literatura es un espejo, donde nuestras historias se revelan con nuevos sentidos, tan solo diferentes por los atrezzos añadidos. Y qué decir del tema del azar y del destino, de la decisión de Virgilio de hacer devenir el origen de Roma de un pueblo derrotado y misterioso, de cómo se le va revelando a Eneas este destino decidido por los dioses y que sin embargo le lleva a dar tumbos por todo el Mediterráneo como si fuera un mero vagabundo. El destino también puede ser azaroso, devenir en algo incomprensible donde el coraje y la decisión tienen un valor relativo. Y están el mar y las tormentas, como imágenes oscuras de lo que escapa al poder del héroe, de lo que no puede ser dirigido, siempre con el fracaso al acecho. En realidad, toda la Eneida es un canto al fracaso. Es el origen de Roma, pero también una oda a la melancolía como las que dibujaba Keats. La caída de Troya, narrada al principio, permanece soterrada bajo toda la historia, como intentando decirnos que perder es el sino de todos los seres humanos. Las imágenes tristes de los dioses vencidos son rodeadas por una niebla tácita que invita a ser humildes, a no confiarnos en ilusiones y grandezas. “Los troyanos fuimos..” un pretérito silencioso que parece indicar más que una mera añoranza.

Y si hablamos de tormentas, de azar y destino, de confusión y pasión, habrá que hablar de Dido, la reina de Cartago. Su figura necesita de la imaginación. En realidad Virgilio no da demasiados detalles sobre la hermosura de Dido. Hace falta tener en la memoria una reserva de imágenes exóticas abundantes, para concebir a esta reina fenicia que se enamoró tan perdidamente de Eneas que acabó matándose. Este tipo de tragedias ya no se comprenden, pertenecen al acerbo melancólico de las cosas arcaicas, conmoverse con tal pasión, he de reconocerlo, hoy no está al alcance de cualquiera. Pero a mi me pasa, no se por qué. Y sin embargo ahí está, como diciéndonos que existen emociones puras, que hubo un tiempo en que las pasiones rondaban por la historia con carta de ciudadanía y que el amor y la muerte, Venus y Marte, para la literatura, siempre andarán irremediablemente juntos, convirtiendo a los personajes en ideales juguetes de la fortuna.

La Eneida es también un catálogo de maravillas, y un bestiario magnífico. Cíclopes y arpías son descritas con una magia extraña. Para los que nos deleitamos con extrañezas y prodigios, esto es una gozada. Siento una cierta predilección por las arpías. Tal y como las describe Virgilio, es fácil alcanzar a oler su fétido perfume. Virgilio aprovecha cualquier excusa para estimular los sentidos, como esos “altares enlutados con azules ínfulas y negro ciprés”, con esa combinación tan hermosa del azul y el negro que podemos ver, pero también oler. Francamente, son sinestesias inolvidables. Yo me suelo recrear en todos los pasajes donde predomina la oscuridad: el mar es oscuro, el futuro es negro, el pasado está cubierto de niebla. Este tono le da un ropaje al libro de una elegancia indudable: “Horribles tinieblas cubrieron las olas..negros nubarrones envuelven el día y una lluviosa oscuridad nos roba el cielo” Imposible no estremecerse ante tal escenario.

Me estoy pasando. No quería molestarte demasiado. En fin, que te voy a decir que tu no sepas, que se puede añadir a los infinitos comentarios que una obra de más de dos mil años ha ido cosechando por el camino. Entiendo que no te guste. Acepto que no te guste. Al gusto no hay que forzarlo, el campo es demasiado extenso como para detenerse en flores que no nos dicen nada. Así que prefiero no decirte de momento nada sobre Virgilio ni sobre la Eneida, quizás en otro momento, porque además iba a preguntarte, ¿qué te parece Ovidio?....