sábado, 25 de mayo de 2013

Sombra rebelde




Mi sombra se levantó esta mañana envuelta en un impetuoso enfado, en uno de esos enfados tan recurrentes que requieren de algo más que tiempo para eliminarse del organismo. Cabreada, mi sombra enfrentó la calle, que permanecía naranja y fría, destemplada más bien. El sol quería pero no podía salir. Era pues, aun, una sombra eléctrica, a merced de las farolas. La sombra se me fue por delante, y no pude alcanzarla. Cuando se pone así, mejor dejarla a su aire. La vi torcer una esquina y yo seguí hacia el autobús, porque se hacía tarde y tampoco yo estaba para tonterías.

A la noche me lo contó todo, ya más calmada. Dijo que al poco de separarse, se puso a caminar sin rumbo. Callejeó hasta que se cansó y se metió en un bar. Pidió un café. Pensó en no moverse de allí, dejar que pasara el tiempo hasta confundirse con las otras sombras del local, tan propicio a estas por las cristaleras veladas, las lámparas decimonónicas, la soledad y el aburrimiento de los camareros que iban de un sitio a otro sin que fuera en absoluto necesario, rondando en círculos por aquel extraño lugar plagado de hierros roñosos y mármoles de imitación veteados.

Intentó pensar una causa que explicara el disgusto. ¿Pero acaso es necesario justificar las penas de una sombra? Lo normal es que las sombras se indignen. Suele ser por cosas sutiles, evanescentes, oscuras. Las sombras a veces se cansan de esa su actitud tan arrastrada, tan humillante, como si no les fuera posible volar, alzarse por encima del hombro de las desdichas. Luego sus cabreos nadie los entiende. Tienen los modales leves de los ecos y de los susurros. Pero algunas acaban mal, se deprimen, y luego se venden, aunque sea a buen precio, que se lo pregunten a Schlemihl... Por lo demás, las sombras van generalmente a lo suyo. El café era amargo como una mala noticia. Tan amargo, que la sombra se vino abajo, por ese despeñadero que es pasar del enfado a la tristeza. Tras darle muchas vueltas a la cabeza, llegó a una conclusión. El día amaneció nublado. Tendría que esperar a la noche para reencontrarse conmigo, y poner los puntos sobre las ies. Se puso otra vez a caminar, y se salió de la ciudad. Alguien en un pueblo de las afueras vio una sombra andando sola por un camino, pero parpadeó y luego se olvidó de ella, como si hubiera visto pasar un gato negro.

Cuando entró en casa la sombra, yo disimulé y no la hice caso. Ella no se inmutó por mi silencio, hice la cena y puse dos cubiertos como siempre. Ella se sentó en la mesa, distraída, leyendo el periódico, hasta que la miré directamente exigiendo una explicación. La sombra en casa es un ser indiscutiblemente fosforescente. Se desliza sobre los muebles con un desdén insultante. Allí no se avergüenza y juega con las estáticas sombras de los libros, de los platos, de los armarios, como si estuvieran confabuladas contra mi. A veces se divierten a mi costa, y juegan al escondite, ella camufla su silueta auténtica y se alarga con esmero para parecer más alta. Proverbial la vanidad de las sombras.

Por fin se decidió a hablar, aunque no precisamente para disculparse. Estaba dispuesta a ajustar cuentas. Me dijo que estaba cansada de la vulgar vida que llevábamos. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Un paseo los domingos. El resto, horas perdidas en casa, dormitando, leyendo, dejando pasar la vida como si fuese eterna. Dijo que yo le había prometido otras cosas. Que viajaríamos, que ella podría deslizarse algún día por Roma, Londres, París, por los canales de Venecia, por las silenciosas salas del Ermitage, por las llanuras cubiertas de trigo que al atardecer le permitirían dilatarse hasta el horizonte, le había prometido que un día ella podría fundirse con las imposibles tinieblas de bosques perdidos, que su ligera oscuridad podría resbalarse en una cabaña del norte rodeada por el sol de medianoche. Estaba cansada, y si no le daba una respuesta positiva inmediatamente, cogería todas sus cosas y esa misma noche me abandonaría. No estaba dispuesta a seguir con esa lóbrega vida de lámparas, ahora mismo debería buscar algo, preparar el viaje, dejar atrás la torpe vida de autómata que había soportado todos estos años. Me miró y se produjo un nuevo silencio. Exigía una respuesta. No estaba dispuesta a levantarse de la mesa hasta que yo le asegurara que todo cambiaría.

Es completamente verdad que me lo pensé, que valoré todas las posibilidades, que intenté comprender ese repentino arrebato de mi sombra y que incluso me avergoncé reconociendo que la había engañado hasta entonces.  Me levanté despacio. Le hice un último gesto de despedida. Apreté el interruptor de la luz. La casa y la sombra se esfumaron en una noche definitiva.

sábado, 18 de mayo de 2013

La palmera oculta




Hay cosas escondidas en lugares remotos y que sin embargo deben existir. Lo dijo más o menos así Pavese, en uno de sus cuentos. Estoy leyendo demasiado a Pavese últimamente. Debe ser porque escribía cosas como esta, como sin querer, a trasmano, en relatos que parecen querer decir poco, tan pegados como estaban a la tierra, aunque fuera a la tierra del exilio. En cuanto a qué cosas son esas que están escondidas, para mi que podrían ser cualquier cosa. Podrían ser una piedra, un libro, la alternante suavidad de un tejido que ya nadie sabe como entreverar. Hay que tener ojos para encontrarlas, pero sobre todo estar bien dispuesto hacia lo extraordinario. Enfrente de mi ventana, sin ir más lejos, me acuerdo ahora mismo mientras escribo esto que no se muy bien a dónde va a llevarme, estaba plantada una palmera enorme, rebosante de dátiles, acotada sus palmas entre ruinas, farolas apagadas y la verja de un colegio. Para cualquiera este era un árbol común, no es difícil encontrar algunos similares en cualquier jardín de este Madrid abundante en árboles desdeñados. Sin embargo la palmera de enfrente de mi casa creo que debió existir. Ahora falta algo. Al menos a mi me falta algo. Compuse un montón de borradores de cuentos en los que esa palmera aparecía en su condición de objeto que ocupa un lugar inadecuado, trasplantado quizás del oasis de un desierto sin nombre. Como le pasó a Pavese, tan diestro a la hora de describir el desamor, esa terrible especie del exilio. La palmera me hizo pensar en caravasares, en la sed, en el limo extraño que se forma cuando llueve después de mucho tiempo. Me hizo pensar en Oriente, en esa extraña confabulación de leyendas que no dejan de sorprendernos a los que habitamos el otro lado de la esfera. Me hacía pensar en alguien en cuyo lugar natal este árbol era una especie autóctona.

 Sus dátiles los suponía dulces, y eran como una reserva para cuando ya no me llegase para comprar otro tipo de comida. Su sombra en verano si que era necesaria, sus hojas eran mi cobijo cuando buscaba y no encontraba las llaves, antes de entrar a casa y llovía. Se me dirá que no estaba escondida, que Pavese se refería a otro tipo de cosas. Que cualquiera que tuviera ojos la hubiese visto. En absoluto. Estuve diez años fijándome y no hubo una sola persona que pasase por delante, que se parase junto a su maltrecho tronco, que se diera cuenta de que se encontraba ante una palmera, de que esa palmera no tenía que estar allí, de que es una especie de milagro que allá estuviese plantada una palmera, tan al norte, tan a las afueras del arrabal, tan rodeada de escombros, tan verde en la inmensidad de grises con los que se viste mi barrio por costumbre. Anoche vinieron unos trabajadores del ayuntamiento, y mientras dormía, a traición, derribaron la palmera y se la llevaron en un camión. Quedó un oquedal mínimo, las ruinas inmutables y los ecos del colegio que ignoraron el suceso. Yo no me enfadé mucho, acostumbrado como estoy a las ausencias. Aquello no podía durar para siempre. Imagino, aunque se que esto es francamente improbable, que la palmera ha sido devuelta a su oasis, que por fin cada cosa está en su sitio, que su silueta anuncia ahora el descanso a las caravanas que desde lejos ansían saciar su sed. Pensando así, me consuelo, un poco como un chico, porque ahora se piensa en el desierto y se piensa en petróleo, guerras y desatinos por el estilo y no en las mil  y una noches. Ya quedan pocas caravanas, supongo. Y del concepto de Oriente solo queda la idea del menosprecio a las mujeres, las religiones violentas, la convicción de que por allá amanece y poco más. Pero la palmera de la imaginación, si me entendéis este entrevero, se ajusta mejor que la que segaron a la frase de Pavese. “...las cosas ocultas y remotas que deben existir” Y existen.

viernes, 17 de mayo de 2013

A sus plantas rendido un león de Osvaldo Soriano




Osvaldo Soriano era un tipo sencillo. Escribir algo así ahora, con la distancia, con las biografías no leídas, con los testimonios que los habrá a mares en periódicos y demás parafernalia mediática, no deja de ser una información innecesaria, más teniendo en cuenta que yo a Osvaldo de nada le conozco salvo por sus cuatro libros, por algún comentario halagador de sus amigos, por mi imaginación que suele conformarse con inventar las vidas de los escritores que releo. Sin embargo es sencillez, por llamarla de alguna forma, lo que destilan sus prosas, sus anécdotas, su indudable maestría para captar diálogos vivísimos y luego estamparlos en narraciones.

Yo igual peco también de sencillo al hacer de A sus plantas rendido un león una lectura más que nada cinematográfica, en esto todo el mundo está de acuerdo.  Recorrer sus frenéticas escenas invita a regocijarse como se podría hacer con una “slapstick movie” de Buster Keaton, de Oliver y Hardy, del Peter Sellers de El guateque. El “slapstick” viene a recoger y aprovechar esa tendencia más bien cruel del ser humano al que le da por reírse a carcajada limpia cuando un congénere se da un batacazo, le estampan una tarta en la cara o se cuela por una alcantarilla aparentemente sin pretenderlo.  Sin embargo no creo que la intención de Osvaldo fuese provocar dicha carcajada cruel, que nos riéramos sin más, para pasar la tarde. Porque lo que propone Osvaldo en sus novelas da para otras cosas, entre ellas pensar en lo que nos rodea. Osvaldo era perfectamente consciente de que la realidad, de que ese conglomerado de desdichas y errores que llamamos “realidad”, es demasiado parecida a una comedia absurda, a un compendio caótico de desventuras en el que los protagonistas no son sino víctimas más o menos inocentes de las trastadas del destino o de la malquerencia de los que les rodean. El golpezazo, la trompada, el resbalón no es más que la inevitable consecuencia de intentar cualquier tarea, por idealizada y provechosa que parezca de antemano.

Una de esas cosas de más que añade Soriano al slapstick es la inevitable conmiseración con los personajes que provoca en los lectores. Así este cónsul Bertoldi, un cónsul que ni siquiera es cónsul, que solo piensa en huir, en defender la patria de una forma tan patética que a uno no le queda más remedio que tomarle cariño, a pesar de que solo vaya a lo suyo, de que sea ladrón, adultero y mezquino, tal vez cobarde. La piedad viene porque Soriano tiene humor, tiene ironía, pero no usa de la sátira. El gran historiador del arte Erwin Panofsky diferenció muy bien entre la sátira que se sitúa por encima de las caricaturas y las desprecia y el humor que se ríe de los personajes pero reconoce que a uno le puede pasar lo mismo, y que es humano meter la pata, darse bofetadas o tomar decisiones absurdas a cada momento. Al cónsul Bertoldi, por ejemplo, lo que le pasa es que está donde no tiene que estar, y esta es una condición que pueden sentir como suya cualquiera de los que leemos sus desventuras. El está perdido en un país centroafricano miserable dejado de la mano de dios, se le pone el imperio británico en contra, se le cuela un terrorista del Ira por la ventana, se tiene que emborrachar con un gorila para evitar que le maltrate, hace pasar una insignia de Boca como una enseña patriótica, pero todo esto sirve para explicar un desarraigo del propio país o si se prefiere, de la “realidad” con el que es fácil identificarse. Pasa lo mismo con los protagonistas de las novelas de Conrad, sin ir más lejos, porque hoy el Kurz del Corazón de las tinieblas no montaría su lóbrego imperio en medio de las selvas impenetrables del África, sino en algún arrabal a las afueras de cualquiera de nuestras ciudades.

Otra cualidad que se destila fácil de esta como quien dice “trepidante” novela es la habilidad de Osvaldo Soriano para tratar temas “complicados” con una sutil delicadeza, de modo que uno no se deba sentir ofendido o herido a pesar de que acá se reparten reprimendas a diestro y siniestro, nunca mejor dicho. No queda bien parado el patriotismo, ni cierta izquierda, ni África, ni siquiera el amor romántico. Pero opino que es bueno no tomar partido del todo, un poco si pero no del todo, sobre todo porque en general cualquier bando suele padecer de un indudable desdén hacia el “Bien”, que es algo que así, con mayúsculas, no acaba de estar del todo definido, y acaba pareciéndose más bien a las “Utopías inconclusas” con las que tenemos que conformarnos de momento. Osvaldo, siguiendo la larga estela que parte de Erasmo, entiende que defender una causa a ciegas no es un buen negocio, y que una dosis de escepticismo, aunque sea a través de la forma del humor, es algo necesario. Yo creo que por eso a Osvaldo le gustaban los gatos, esos simulacros de leones, porque hay que tener las uñas preparadas pero aparentar indiferencia.

En fin, el primero que vino a incluir A sus plantas rendido un león (magnífica elección del título) como algo relacionado con el cine fue su propio autor, quien en una entrevista vino a decir que la novela parecía una “película cantada”. El cine tiene por costumbre mostrar lo inmostrable, los primeros planos de nuestras debilidades, lo que se oculta tras banderas o pancartas. La cámara consigue revelar que lo mínimo cuenta, que lo verdaderamente universal son las muecas de dolor, los viajes a ninguna parte, el tiempo perdido, las ilusiones rotas, los bosques, la inocencia, la inutilidad de la violencia, la dignidad de las derrotas, la clemencia para con los errores ajenos. Y como música de fondo, como definitiva banda sonora, la risa, la incontrolable risa que desborda los cuadriculados límites de nuestras miserias.

sábado, 4 de mayo de 2013

A través del parabrisas




Un amor que se acaba exige cierta tristeza del paisaje, pero el otoño apenas había empezado, en las veredas de la carretera los árboles aún se resistían a desprenderse de las hojas, había flores y hacía calor y el conductor entornaba la vista por encima del volante intentando inventarse un gesto de melancolía pero así era imposible, no había en el paisaje razón para entristecerse, para recordar lo que iba dejando atrás, a quien había dejado atrás, como si ella pudiese arrepentirse. Miró al móvil. Pensó que quizás ella llamaría, que todo se resolvería de alguna manera y que solo tendría que dar media vuelta y volver por dónde había venido, por esa carretera vacía de coches con ramas de árboles invadiendo el arcén.

Mientras la carretera se deslizaba suave, el motor y su ronroneo invitaban a la calma, tal vez al sueño. Los árboles dejaron paso a descampados asolados, solo poblados por yuyos agostados, amarillos, pero todavía no suficientemente lamentables, y aun así la tristeza parecía difícil de conseguir y pensó que si hubiera esperado un poco más, al invierno, ahora caminaría entre árboles descarnados, entre tétricas oscuridades, entre nieve y nubes que propiciarían al menos una artificial lágrima. Volvió a mirar el móvil. Cobró confianza y supuso que no había razones que impidiesen la vuelta, como otras veces y que sería fácil la reconciliación a base de lágrimas, falsas promesas y viejos hábitos entre las sábanas.

Hacía varios kilómetros que no veía una casa y empezó a dudar si había tomado bien el último desvío. Puso la radio sin lograr sintonizar bien nada salvo una canción de Bob Seger que se avenía bien con el hecho de que él estuviera rodando en una carretera y con esa ambigua e indefinible sensación de bienestar del que empieza una nueva vida sabiendo que probablemente pronto retornaría a la antigua, era esa sensación o algo que no sabe qué era realmente y entonces fue que volvió a mirar al móvil porque le pareció temblaba y al levantar la vista no pudo ver más que aquel especie de cuerpo que se abalanzaba contra el parabrisas, rebotaba en el techo y quedaba tendido en el asfalto varios metros atrás. Pisó el freno. Miró por el retrovisor. No se movía. Salió del coche.

El dejó de fijarse en el paisaje, pero al fondo había montañas que en la oscuridad reflejaban tenues relámpagos intermitentes y se escuchaba algo como el deslizarse del agua entre las piedras y olía a humedad y una nube negra cubrió de sombras la carretera. Siempre se había sentido incapaz de ver sangre, pero se acercó al bulto y pensó que quizás no era una persona, que su primera impresión le había engañado. Pero era un hombre joven, alguien sin justificación posible para el hecho de que estuviera plantado en mitad de aquella carretera, en mitad de ninguna parte.

Vio su rostro, que parecía dormido, sin ninguna herida apreciable, un rostro blanco que con los labios entreabiertos aun parecía capaz de formular una queja. Le palpó la muñeca, pero no supo descifrar si tenía pulso. Tan solo pensó con rabia que aquello no era forma de empezar una nueva vida y que se iba a poner a llover en cualquier momento y que huiría. Volvió al coche. Antes de arrancar, el teléfono empezó a sonar insistentemente.