lunes, 3 de junio de 2013

Sombras suele vestir de José Bianco



Siempre es difícil convivir con fantasmas. Y hablar de ellos. Para mi que esto ya presupone algo así como un problema de salud mental, cuanto menos. A mi me gusta hablar de fantasmas aunque creo que no vi ninguno. No es algo excepcional. Ver un fantasma es un asunto serio, porque por lo general son seres esquivos, evanescentes, retorcidamente escurridizos, si queréis. Verlos debería ser un privilegio, no un susto. Por otro lado al que quiera le concedo que estoy medio loco, que he perdido definitivamente la pinza. Pero no es solo culpa mía.

Empecé a pensar en fantasmas el otro día, cuando hice la colada y lavé las sábanas. Horrible lavar las sábanas. Son tan amplias. Peor que ponerse a lavar las cobijas, al menos luego se doblan mejor sin arrugas. El caso es que lavé las sábanas y las colgué en la terraza, izando como diría Salinas una de esas banderas humildes que tan bien se avienen con un patriotismo de andar por casa. Es bonito cuando a la tarde en mi barrio todos nos ponemos de acuerdo en lavar las sábanas a la vez, acontecimiento que suele ocurrir una vez cada siete años, y entonces surge si hay viento un espectáculo estremecedor, casi hermosísimo, un ondear blanco y significativo de sábanas que son banderas y son blancas, que cualquiera con un poco de propensión a identificar símbolos diría que es una vindicación de pacifistas confabulados, cuanto menos. Y yo también pensé en fantasmas, que al parecer usaban antes sábanas para vestirse. Y pensé en las sombras, que es una forma más elegante de nombrar a los fantasmas. Y pensando en blancos, en fantasmas o en sombras, y en vestirse, y en aires y en Buenos Aires y en todo este tipo de cosas acabé pensando en José Bianco y en su librito, mínimo pero turgente como una sábana recién lavada y perfectamente doblada que tituló “Sombras suele vestir”.

Qué grande José Bianco. Tan grande que apenas nadie le prestó la menor atención. Esto no tiene por qué ser una desdicha, al tipo no creo que esto le importara demasiado, de hecho el propio Borges fue su amigo y la Ocampo le toleró en la Revista Sur, qué más se puede pedir en la vida. De la amistad con Borges se me ocurre intuir poco. Pero que se entendieron fue prueba aquella anécdota tan linda que cuenta Bianco sobre lo que guardaba Borges en su escritorio. A veces los objetos que guardamos en un cajón de escritorio son importantes, son emocionantes, son como pequeños tesoros que se tienen siempre a mano y que casi nadie conoce. Cuenta José Bianco que una mañana fue a verlo a su casa, no sabía muy bien para qué, dice irónicamente que quizás para consultar la Enciclopedia Británica, como si fuera necesario consultar una enciclopedia cuando se tiene a mano a Borges. Este le condujo a su habitación, y le mostró dos objetos que guardaba en el cajón de su escritorio: una barra de lacre rojo y una brújula. Se los mostró en silencio, como si los objetos hablaran por si mismos, y Bianco entendió que eran misteriosos, fascinantes, casi mágicos. Comprendió también que Borges se los enseñara en silencio, como si fuera una confidencia importante. Se podría intentar explicar la grandeza de una brújula en poder de un pergueñador de laberintos o la inútil presencia de ese rojo esencial en el cajón de un ciego, pero no hacía falta, para mi que enseguida Bianco entendió todas estas cosas, porque sabía que los objetos pequeños tienen su importancia, porque también se demuestra el talento haciendo descubrimientos tan aparentemente modestos pero que sin embargo son tan preciosos para la gente que tiene un poquito de sensibilidad en las venas y además le da por escribir. Los relatos de Bianco son bueno un poco por esto, porque dice las cosas de forma tranquila, susurrando, dejando que el que lo lea se de cuenta de lo que es fundamental y de lo que se esconde detrás de las palabras por si mismo, sin atosigar, sin sacar un fantasma horrible debajo de la cama al final para sorprender inesperadamente.

El fantasma de Sombras suele vestir no es horrible, ni siquiera se viste con sábanas. Es tan humilde que alguno quizás crea que ni existe. El relato es sencillo. Hay una mujer, Jacinta Vélez, su madre y su hermano autista, un hombre llamado Bernardo que se enamora de Jacinta, cuya profesión de prostituta dificulta la relación. Para complicarlo más ella se muere. Bernardo no se conforma con esta sucesión simple de acontecimientos, y sigue manteniendo una serie de relaciones con esta Jacinta a pesar de su aspecto ausente, como transparente, de sus silencios, con esas complicaciones que tiene cualquiera que haya tratado con fantasmas.

 No revelaré más de la trama, como se suele poner en las reseñas, pero antes de que se me sequen las sábanas me hice la  pregunta de si el fantasma de Jacinta será más bien una mera figuración de Bernardo Stocker, acuciado por una nostalgia previsible, por una mentalidad propensa a asuntos tan poco fiados a la razón como las genealogías bíblicas, a las que dedicaba sus ratos libres. Si acordamos esta conclusión, igual los familiares y amigos se tranquilizarían pensando que menos mal que no estamos tan locos como creían, pero suponer que el fantasma es real y que los que se equivocan son los que buscan una solución realista y psicológica a la trama, me apetece más, qué se le va a hacer.

Los límites entre lo real y lo imaginado, tratándose de asuntos como el amor, por ejemplo, viene a ser algo absolutamente imposible de fijar. De hecho no hay más que padecer de alguna ausencia para actuar, por muy cuerdo que te creas, como un tratante de fantasmas. Son dos cosas que van bien juntas, el amor y los fantasmas. Si no como entender que hagamos tantas cosas absurdas, por la mera razón de que alguien ya no está, y nosotros actuemos como si estuvieran. No se si me explico, creo que un recuerdo y un espectro son la misma cosa. A veces ocurre también que uno se hace amigo de un fantasma para no sentirse tan solo. Son fáciles de tratar, y cuando te cansas solo tienes que hacer un gesto con la mano y desaparecen, dejando la sábana tirada en el suelo. No hacen ruido, no ensucian la casa, gastan poco. A veces tener en casa un fantasma no es más que una excusa para no tener que relacionarte con gente de carne y hueso que al fin y al cabo parece más oportuno socialmente pero que implica una serie de inconvenientes que no todo el mundo está dispuesto a sufrir.

En cualquier caso, siento una sincera simpatía por los que creen en fantasmas, por los que piensan que si la literatura se permite hablar de ellos, es porque son seres que no amenazan demasiado, que necesitamos en cierta forma, aunque sea meramente en el plano simbólico, o si se prefiere, en el acuciante e impalpable mundo de las metáforas. A parte de esto, hay en la historia un reflejo y un análisis de la incomunicación humana ciertamente significativo. El autismo de Raúl Vélez no es más que una forma de exponer una realidad que no deja de estar patente en todos los personajes, también en la imagen del protagonista intentando hablar a su fantasma. Este se muestra silencioso, necesariamente ausente. Hay una velada denuncia de la dificultad para poder trasmitir sentimientos, palabras. La empatía siempre es improbable. Es como una queja por las formas que adquiere la soledad cuando nos vemos incapaces de conmover al “otro”.  Hablar con fantasmas es una forma de incomunicación poco habitual, pero refleja la que quizás padecemos todos. Para mi esto es un problema. Lo siento cada vez que escribo cualquier cosa. No me suele querer entender mucha gente. Luego digo que no me expreso bien, y me tildan de falsa modestia, es decir, de vanidoso. Y al final no se si es que no me se expresar o no me entienden, pero me quedo con la indudable sensación de que ni escribir ni hablar sirve para gran cosa. Otra cuestión es leer. A los que escribieron libros si los entiendo, o creo entenderlos. José Bianco, sin ir más lejos, se expresaba bien, que duda cabe. Sus frases son lisas, de una claridad preciosista, despojada de ornamentos innecesarios, como una sábana blanca. Fue Graham Greene quien dijo que todo escritor debía rezar para tener simplicidad de estilo, que esto era lo más importante. Para mi que a Bianco dios le escuchó.

Hace calor, por fin, y a la tarde sopla un poco de aire. Las sábanas se han secado en un tiempo record. Dan ganas de salir a dar una vuelta, y dejarse de pensar en fantasmas, mientras en las terrazas de enfrente todos recogen sus banderas blancas, sus cobijas, como cuando se arrían las velas del barco al llegar a un puerto de otro siglo. Es la hora de cerrar un rato el libro, de confundirse entre la gente, de perderse, o de volver a sacar las brújulas de los cajones, de recoger las pinzas que se me cayeron a la calle.




Gracious goes the ghost of you
And I will never forget the plans and the
Silhouettes you drew here and
Gracious goes the ghost of you
My dear