sábado, 28 de septiembre de 2013

La ventana está abierta



Está atento a cada palabra leída. Ninguna le resulta indiferente, aunque no sea más que por su sonido. Hasta las preposiciones y conjunciones le embeben en una especie de somnoliento ensimismamiento, como si hubiera en ese libro la posibilidad de una respuesta, de una respuesta a preguntas que nunca se había hecho y que sin embargo ahora se daba cuenta eran necesarias, diríamos que vitales para la comprensión de sus propios actos, de su historia, de lo que él era en realidad.

En la calle repiquetean coches y pasos, voces. La ventana está abierta. Y el día es oscuro, con celajes de otoño.

Está leyendo el libro con una atención inusitada, él, que hasta hoy nunca le pareció que leer fuese una cosa seria. Prefería caminar. O nadar. Cualquier cosa antes que leer un libro. Mirar las ranas. Sentarse a esperar la tarde. Ver películas. Oír las lentas divagaciones que ella, en la habitación contigua, sostenía consigo misma. Pero el libro aquel era un regalo.

Un regalo inesperado. De ella precisamente. Por su cumpleaños. Ella siempre le deparaba regalos extraños. Esos regalos que sin embargo servían para dejar por un momento de lamentarse, él, que siempre andaba lamentándose por algo, por algo hecho o algo pendiente de hacer, por el trabajo, por el tiempo, quejas que no encontraban en ella más que el débil eco de asentimiento y compasión que a el tanto le irritaba, que a él tanto le hacían lamentarse.

Leer es mejor que lamentarse, podría haber pensado. Ahora lee y se olvida hasta de los ruidos de la calle, hasta de ella que en la habitación contigua está dibujando edificios y que sin embargo tiene como un presentimiento de lo que pasa en la otra habitación, sabiendo como sabe que él está leyendo el libro que tan bien conoce. Piensa si le gustará si lo entenderá, si había valido la pena gastarse diez euros en un libro para un animal que se vanagloria de no haber acabado nunca un libro. Ella escucha, en un momento en que el silencio de la calle lo permite, como él va pasando páginas, con la debida cadencia necesaria para leer y asimilar cada una de ellas. Así una detrás de otra hasta que la tarde llegó a la casa y el dejó de pasar páginas.

Fue entonces, en ese preciso momento, cuando él se dio cuenta de que todo estaba en silencio. Cerró el libro y fue a la habitación de al lado, empujó la puerta ligeramente entornada. Ella dormía con la cabeza apoyada en la mesa, donde un edificio de líneas simétricas y números aparecía recién dibujado en tinta negra. Sigiloso, se acercó y le susurró en el oído una mera palabra, una simple palabra que venía a significar su agradecimiento.

Se asomó a la ventana y vió la oscuridad que preludia la tormenta a voces, esa lenta oscuridad cayendo tan típica,
levemente insinuada en sombras,
lentas sombras que se dirigieron por las paredes blancas hacia la puerta, como buscando una salida que no encontrarán.

Él pensaba: “Olvídate, lo tuyo no tiene nombre, aquello que planteabas antes con todas las palabras del diccionario descubriste que ya no sirve, que mentías, que te mentías,
seriamente, a ti mismo.”

El tiempo pasa como esa sombra esa oscuridad esa tormenta.
El tiempo pasa a trompicones y lento
hasta que ya no hay tiempo.

Se divide la luz, se va perdiendo.

Él sigue pensando: “Y ya no recuerdas pero antes sabías expresar con frases construidas en perfecta sintonía con la gramática oficial lo que sentías, lo que esperabas, lo que habría de ser y cómo habría de ser.”

Ahora no.
Ahora solo queda la tormenta y su oscuridad y las palabras del libro y ella soñando.

¿Y después?
El rayo.
Te mentías a ti mismo.

“Ahora sal a la calle.
Camina en medio del aguacero.
Encontrarás.
Palabras.
Nuevas.
Dispuestas a devolverte a casa.
Al ideal.
 A la inocencia.
  Al tiempo sin tormentas.”

Se fue y nunca regresó. ¿Queréis saber cual era el libro?

sábado, 21 de septiembre de 2013

Agua oscura



Metió el pie y después se sumergió en el agua oscura, no encontró el fondo hasta mucho después, cubierto de cieno verdoso y algas, restos de blandos peces muertos. Luego resbaló por una ladera de la sima y se hundió más, sin respirar. Quedó ciego por el agua turbia antes de que pudiese distinguir entre sus dedos aquella moneda de oro puro que contenía un destello.

El ruido del reloj



El reloj tenía las manecillas tan fuertes y grandes que a cada segundo que pasaba un estruendo metálico, compacto y descomunal retumbaba por toda la casa, haciéndola estremecerse con ecos. Sus habitantes, persuadidos de que la auténtica naturaleza del Tiempo era ese ruido atroz, decidieron dedicar su vida a intentar evadirse, a salir de casa, a no permanecer en ella más que para comer y cobijarse de la lluvia. Sabían que debían poner límites al tedio y hacer muchas cosas rápido, como si todo se fuera a terminar de repente. Con esta actitud no lograron nada. El reloj seguía sin dejarles dormir. 

Azahar



En el contexto en que veníamos hablando
se puede afirmar, sin peligro de equivocarnos demasiado,
que los limoneros son, si se me permite expresarlo así,
unos árboles que a nadie pueden dejar indiferente.

Se componen de tronco y hojas como todos,
se asientan sobre raíces como todos,
provocan frutos como algunos.
Pero el limonero es un tipo de árbol especial, creo yo.

Ya solo pensarlo produce en la lengua, en la boca toda si pronuncias su nombre,
una acidez intermitente y sutil, como para quitar la sed.
Es una acidez compuesta de verano, de líquido, de atroz gesto de desagrado.
Aun así, merece la pena pensar en los limoneros, aunque solo fuera por un momento.

Su madera es dura y amarillenta, según la enciclopedia.
En realidad viene a la vista todo el limonero como algo esencialmente amarillento, como si el amarillo fuese el color con el que se filtra la luz del cuarto, cuando estás pensando en el limonero.
El amarillo es un color extraño. Son pocos los que consideran al amarillo como su color favorito, es como un color descolorido, como enfermizo, y sin embargo, con él pintamos los soles, al menos los niños así lo hacen. El limonero exprimió su color del sol, y por eso lo asociamos al verano.

Yo no tengo limoneros en la memoria, por eso recurro a las enciclopedias.
Lo que me rodeó siempre fueron pinos y encinas, árboles esencialmente secos, árboles de invierno, a los que no les gusta perder las hojas ni las agujas, rebosantes de verdor aun en lo más crudo de la estación blanca.

Como decía, los limoneros tienen la madera dura y amarillenta, muy útil para componer con ella muebles. Aunque uno no se imagina un mueble de madera de limonero así como así. Un cajón de un armario quizás sí, pero un mueble es mucho, porque los limoneros son flacos por naturaleza.

Pero la verdadera razón de que hable de los limoneros es su flor.
Más bien el nombre de su flor, azahar.
Es difícil encontrar palabras mejores, azahar.
Se sabe que el nombre viene del árabe, y viene a significar precisamente eso, flor.
Es como decir que la flor del limonero es la flor por antonomasia.
Azahar.
Lo dices y ya te quedas como pensando.
Como dudando.
Como anhelando.
Como queriendo perderte en un jardín perdido en el tiempo, con rumor de aire y agua, con sombra que cobije del amarillo sol, con esa tranquilidad tácita que solo puede imaginarse si no existe el futuro, como si nada malo pudiese pasar, en medio de la nada, esperando nada, tan solo sintiendo, oliendo, con la sed calmada, oasis, mar detenido, recuerdo dulce, susurro de ramas de las que se desprenden blancos pétalos hacia un tenue remedo de paraíso.

El limonero te empuja a pensar en estas cosas tan difusas, tan fuera de lugar y a utilizar este lenguaje que digo yo será poético que no ridículo.
También me gusta el trinaranjus de limón.
Pero sobre todo la palabra, limonero y la palabra, azahar.
Los árboles más que nada son proveedores de sombra y palabras.
Palabras proveedoras de sombra
Azahares. Azares efímeros. Aleteos de ramas, cobijos de dulces limonadas a la tarde, ligeramente ácidas.

Y verdes y amarillos y sombras, sobretodo sombras de paraísos extraviados. 
Aunque luego te des cuenta de que no es para nosotros la “hermosa tierra del azahar, y ruedes perniquebrado por las vertientes de las ásperas montañas”, y al final no quede más que un ascua en la lengua de la acidez recordada.
Todos los sabores funcionan así, como recuerdos de cosas perdidas.


Pero el limonero permanece.

sábado, 14 de septiembre de 2013

No hay manera de escribir así



No hay manera de escribir así. Líneas y más líneas en una perfecta sucesión de hormigas lentas pero rebeldes. Languidece la luz de un día difícil, en el que la mera referencia a un recuerdo ya supone una especie de fuga, con líneas y más líneas para sofrenar las consecuencias de la memoria, tan deslindada de cualquier tipo de dicha.

Líneas. De palabras. Sucesión. Una detrás de otra, hasta que se cansa, hasta que dice ni una más, hasta que alguien llama desde la cocina, hasta que suena una música de melodía incierta.  Todo se convierte en una rápida sucesión de interrupciones consecuentes con eso que venimos llamando, sin saber muy bien por qué, vida.

Suena efectivamente una voz y alguien enciende música. La voz requiere su presencia en la cocina, donde un frasco de cristal roto yace en el suelo, dejando esparcirse un rimero de sal y algunos granos de azúcar camuflados. La voz tiene una mano, y la mano está lastimada, sangra un poco, la mano y la voz se han cortado, el frasco ha caído y la sal se ha derramado por el suelo en un espectáculo que no puede ser más triste. El que escribía líneas y más líneas se queda mirando hasta que la voz cortada viene a pedirle ayuda, un botiquín, al menos una tirita y agua oxigenada, después una escoba. La casa se quedó sin sal.

La escoba hace su trabajo y la sal forma una línea marcada geométricamente por el borde del recogedor en el suelo, una línea de sal que es como una línea de palabras solo que blanca. El tiempo pasa y nos olvidamos de la música. Restañada la leve herida, el escritor, por llamarle de alguna manera, oye la música, en la otra habitación, la música acantonada en la habitación cerrada donde una hija, para más señas de trece años, respira cadenciosa, rítmica, mansamente, un momento de paz desacostumbrado. Líneas y más líneas, el hombre vuelve al papel, al libro futuro, a lo suyo, se lame la mano y siente la sal o la sangre, que vienen a saber igual.

El papel, tras un silencio, pretende seguir poblándose de líneas. El tiempo pasa y él se olvida de la música. Pero ya no puede continuar escribiendo como si no hubiera pasado nada. Hubo sal y sangre y música. ¿Acaso no es bastante como para empezar de nuevo? ¿Acaso estas palabras os parecen tan mediocres que no merezcan un poema, una historia, una novela para ellas solas? Las palabras acechan en las habitaciones vecinas, en la cocina, tal vez también en el baño. Cuidado. Allí hay agua. Distracciones. Leves quejas susurradas por el escritor demuestran que la interrupción no ha sido un hecho irrelevante, ajena a su trabajo, a esa delicada construcción de líneas negras. La sal. El río del que estaba tratando en su novela se transforma en mar, en el mar de la memoria, y el sentido de su historia ya es otro. La sangre. Inventa un crimen. Antes nunca pensó que en esa historia que estaba delineando cupiera un crimen, pero la sangre reclama su espacio. La música en habitaciones laterales. Piensa un poco más, también la incluye, para amenizar un capítulo que iba a demostrar la inconsistencia del concepto romántico-decimonónico del amor y que ahora en cambio, con esa música, viene a vindicarlo. La música es rara, tan rara como una hija de trece años.

Pasa el tiempo, hasta que el sueño reclama lo suyo, como un capo de la mafia reclama que estemos callados, a esas horas de la noche. Los párpados lastimosos se caen, en un doble sendero hacia la oscuridad cotidiana. El hombre se asusta. Siente que va a soñar. Se recuesta, al lado de la mujer de la mano vendada. Va a soñar. Se asusta aún más. Mañana tendrá que rehacer todo lo que escribió.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Pretensiones



Es verdad que Tolstoy dedicó mucho tiempo a sus novelas.
Que gastó papel a mansalva.
Que dilapidó palabras sin límite.
Hizo bonitas novelas de mil páginas, habló de sitios con nieve, con gente que creía perpetuar sentimientos que hoy ya no se entienden, convino en que la vida era un tejido al que los acontecimientos, pasiones, accidentes, estaciones de trenes, invasiones napoleónicas y familiares y otras tragedias exteriores vienen a conceder un tinte esencialmente rojo, o blanco, a veces inevitablemente, negro.
Para todo eso dedicó Tolstoy el papel, las palabras, la tinta, su imaginación novelera y prolija.

Pero yo es que no puedo.

Se me agota el tema enseguida.
Se me muere entre las manos.
Tampoco soy poeta, un verso me parece también demasiado.
No tengo fuerzas.
Hasta Salomón escribió cinco mil versos y no se sabe cuantos proverbios, con el poco tiempo que le dejaba el reinado de Israel y Judá, las guerras, los insumisos, las traiciones, las extranjeras insolentes, la construcción de templos y todas esas cosas.
Pero yo es que no puedo.
Me entra sueño.
Y no se componer un cuento.
En realidad escribo por escribir. Y evidentemente no soy Tolstoy.
Ni siquiera soy ruso.

Pero, a pesar de todo, me gustaría escribir una larga novela. 
Una cosa es que no puedas y otra que no quieras.
Quiero componer una de esas que tardan meses en digerirse.
De esas que alcanzan por lo menos las dos mil páginas.
Dibujar personajes complejos con largas vidas, escribir historias larguísimas de sagas familiares, recrearme en aventuras sin fin, en amores que duran hasta la ancianidad, en poder deleitarme con digresiones fatuas y alguna conversación insustancial si hace falta. Me gustaría escribir como el viejo Tolstoy...pero no soy más que un mero redactor de esquelas.

Epitafios compartidos


¿Por qué se quedó en París? Ese es un gran misterio, París infame de lluvia gris, típico, elevado más allá de las cúpulas del sacre coeur, para él no era una ciudad habitable, tan solo un monumento de palabras, como dijo el otro, una biblioteca de piedras, pero de piedras grises. Le conocí mucho antes de su viaje, cuando los días eran más largos y estaban cuajados de sol, cuando no le rodeaba más que las cuatro paredes de su casa blanca, su familia rapiñadora, su hermana siempre dando vueltas alrededor de la mesa de trabajo. Recuerdo su mesa de trabajo siempre atiborrada de papeles escritos y enfrente la ventana y más allá la vereda que llevaba al campo. El pueblo aquel que no tenía más de cuatro casas dispersas, un río, un puente de madera y pajonales hasta que comenzaban las laderas de las colinas que ejercían de frontera. Él no salió de allá hasta que cumplió los cuarenta y cinco y se fue a París, en el peor momento. Pero quería ser escritor.

No había abierto la valija en aquella pensión de mala muerte de Montmatre cuando sonaron las sirenas. Como si no hubiese suficiente estruendo con el rodar de coches, con los gritos, con las músicas, con las pisadas de millones, con los músicos callejeros que se obcecaban en obviar la guerra que se les venía encima. Él que no conocía mucho más que el regular repiqueteo de campanas los domingos... Llegó como llegaron los descubridores a las playas de continentes nuevos, con esa mezcla de ilusión y miedo que suele preceder al desastre o a la decepción o a las flechas, temiendo que le robaran la cartera en cada esquina, con un plano que no sabía muy bien desencriptar. Cuando sonaron las sirenas no supo reaccionar.

Se quedó en su cuarto viejo y desvencijado, depositando antes de sacar la ropa, en perfectamente encuadrados rimeros, las hojas blancas donde tenía previsto ponerse a escribir enseguida, como si solo con llegar a aquella ciudad fuera suficiente para convertirse en Baudelaire. Cuando cayó del techo un trozo de yeso, tras la primera explosión a dos cuadras de allí, supo que quizás aquello no sería tan fácil. Llamaron a la puerta y la dueña, vestida con una bata que dejaba ver más que tapar, logró informarle a base de gestos dónde podría refugiarse pero él no hizo ni caso, distraído por lo que veía.

La mujer que había dentro de la bata le inspiró sin más. Se puso a dibujar palabras. Una nueva explosión reventó los cristales. Bajó a la calle, pero ya no recordaba donde le había dicho la mujer aquella de pechos regulares donde podría esconderse.

Llevó las hojas consigo y acabó en el cementerio (fue andando, todavía no habían podido con él), un lugar plagado de muertos y tranquilo. Pensó que era completamente absurdo que la precisa maquinaria de guerra alemana emprendiese su magnifico plan contra los franceses haciendo volar un cementerio que, obvio, solo contenía cadáveres cobrados por otros. En las veredas frescas, en la paz de los mármoles, en las silenciosas estatuas, en todo aquel oculto lugar, se respiraba literatura. Mi amigo se sentó en un banco de piedra y dejó pasar el tiempo, mientras las tropas enemigas entraban por fin en la ciudad, sin el menor atisbo de resistencia.

Al rato se dio cuenta de que no estaba lejos de la modesta tumba de Henri Beyle, que tenia un improvisado manojo de glicinas encima, ya que no eran tiempos para usar flores más apropiadas que depositar sobre lápidas, aunque fueran famosas. Lee escrito el epitafio, lacónico, de una brevedad majestuosa, de una claridad envidiable, dos mísera palabras que resumen lo que querría fuese su vida, para qué más, para que negociar con otras aventuras, para qué viajar, para qué acumular tesoros, para qué la fama, esa ramera, para qué huir de la guerra: “escribió, amó”, lee, entre lágrimas, con la absoluta certeza de que se ha equivocado, de que nunca debió salir de su pueblo, de su casa blanca, se da por fin cuenta de que se ha perdido en una ciudad extraña, que no sabe hablar el idioma, que estaba en mitad de una guerra, que está solo, lloró también porque nunca, nunca, nadie escribiría en su tumba un epitafio semejante sin mentir. Lentamente saca de un bolsillo del saco una lapicera mordida, se apoya en la rugosa piedra, escribe, una palabra tras otra, un triste poema, para que al menos la mitad del epitafio se cumpla, para intentar hacerlo suyo, como si los epitafios se pudiesen compartir. Pasaron días, volvió la paz, el seguro transcurrir de los meses y los años, acompañado de miseria, de trabajos inútiles en un taller de bicicletas, siempre sintiendo nostalgias de campos amarillos. Muchas páginas que se trajo del pueblo quedaron en blanco, pero él nunca se movió de París.