sábado, 4 de abril de 2015

Cuentero



No está bien hablar a solas. Mejor escribir, que viene a ser lo mismo, pero con más disimulo, me dijo ella, la muchacha del cuarto de al lado de este hotel plagado de lagartos. Escribir es una batalla. Eso decían. Los que escribían. Hace tiempo que nadie escribe nada, acá, en la isla. Al principio pensé que para mí eso era una oportunidad, no se, toda la vida pensando que había demasiados libros, demasiada gente que escribía, demasiadas historias que desembocan en tragedias fáciles de olvidar. Alguien dijo que escribir era duro, que costaba sangre, que escribir no merecía la pena. A mi no me parece que escribir sea como una batalla. Me parece absurdo, pero no creo que sea algo bélico, ni triste, solamente, quizás, es más bien una forma de putear al tiempo. 

Salía el sol todas las mañanas, en la isla, como sin ganas. Los lagartos, aun así, lo agradecían. Yo tenía algo de papel, y a veces lo hacía tiras, por mera crueldad, pensaba si no sería más útil hacer otra cosa con él. Me aburría cada tres días, el resto lo pasaba bien. Dije por teléfono a algunos amigos que iba a escribir algo. Percibí en la distancia un unánime alzamiento de cejas. Eso me animó bastante, era evidente que no me entendían. Por qué no mejor dejar hacer a las olas y tenderse y cabecear tras apurar la tarde roja. Aún así intenté comenzar.

Yo No Soy Escritor. Desde chico sostuve esta premisa. Ser escritor es otra cosa. Luego me decían cuentero. Porque me quejaba de todo, porque la isla no me gustaba. Decían muchas cosas. Yo escuchaba lo que quería escuchar. Y al mediodía dormía siestas combinadas con proféticas pesadillas. Después de comer, un lunes, me puse a escribir. Una historia sobre cosas que no están en ningún lado. Esa debe ser la última justificación de cualquier escritura. Fue también un mediodía cuando oí por primera vez ruido en el cuarto de al lado. Me habían alojado en un hotel extraño. Allí, me aseguraron, se oiría caer lluvia sobre un techo de pizarra. Me gustaba la idea de ir a escribir en un sitio así, por ese ruido del agua que sirve como atrezzo para ensimismarse. Me engañaron. Las gotas que cayeron eran limaduras de cielo plomizo. La lluvia acá no es lo mismo desde que de las nubes no cae agua, sino esa sustancia negra, dura, compacta, sin nombre, desde que la lluvia y el agua y cualquier líquido fuera del mar dejaron de existir, desde que se cuajó esta isla maldita. Luego llegó el otoño y me olvidé de reclamar. Me costó mucho escribir con una lapicera, en silencio y con sed hasta que, al otro lado, en el otro cuarto, noté como alguien hablaba a solas.

No me extraña que la gente de aquí se queje tanto de nostalgias. De nostalgias de lluvias líquidas. De regueros de agua sucia que formaran pequeños torrentes y desembocaran en alcantarillas enrejadas y casi taponadas. Fue entonces, cuando era mediodía y llovían piedras, que empecé a pensar en porqué llegué a este lugar. Creo que fue un accidente o un desvío, al poco me di cuenta de que sería el lugar de donde nunca querría salir, lo pensé así, con esa teatral hipérbole. No en vano fue el lugar donde la encontré. Al principio no era más que una colección de susurros indescifrables al otro lado de la pared, a veces sazonados de ecos. 

Durante los primeros meses, hubo momentos en que me cansé de estar rodeado de paredes. Como tenía tanta sed, pensaba en desiertos para distraerme. Los desiertos pueden ser mejores fronteras que las paredes, porque invitan mejor a imaginar lo que hay al otro lado. Las fronteras que son muros son mucho más prosaicas: sólo, sabes, que al otro lado hay alguien, que susurra, que habla sola, tal vez intentando oír lo mismo que tú estás intentando callar. Quise saber quien había al otro lado, ahí empezaron los problemas. Ella, al principio, era una amenaza.

Nos empezamos a cruzar por casualidad en el pasillo. Yo siempre salía pretendiendo no hacer crujir los tablones del suelo. Ella daba portazos. Lo que más me gustó de ella fue que tuviera un cuerpo. Cuatro días después descubrí que también tenía ojos, verdes, y obvio, se me descompensaron ciertas neuronas, que hasta el momento habían aparentado estar muertas. Nos acostumbramos a coincidir por las escaleras, desgraciadamente no cabían dos bajando juntos. Aún así hablamos. De cosas paranormales sobre todo. A ella le fascinaban ciertas clases de fantasmas, a los que llamaba mis historias pasadas. La cosa se fue complicando tanto que tuvimos que invitarnos al café seco de la esquina. Nos intercambiamos definiciones sobre qué cosa es la literatura. En el cuarto ella no hablaba con sus fantasmas. Por fin me reveló que lo que hacía era escribir y leerse en voz alta sus párrafos, antes de descartarlos o guardarlos. Era muy extraño que a los dos únicos que escribíamos en la isla nos hubieran puesto pared con pared. Desde luego, pensamos, aquello no era cosa del azar. 

La isla se fue quedando sin gente, una vez que el invierno amenazó con congelarlo todo. Se veían luces a lo lejos que ella identificó con barcos que se alejaban. No voy a negar que el miedo a que ella también se fuera me hizo morderme un labio, con resultado de tirita y yodo. Lo único que no puedes hacer para escribir es hacerlo por costumbre. Yo había cogido la mía enseguida. De dos a cuatro. Justo cuando los susurros en el cuarto de al lado alcanzaban casi el tono de un aullido mudo. Me pareció que no podría escribir sin ese ruido de fondo. 

Una tarde me senté en la mesa con los papeles y del otro lado no llegó nada. Ni un rumor, ni el chirrido de una puerta, ni el leve ritmo de unos pasos, ni su voz esponjosa. Miré por la ventana. Un trozo de hielo negro había atrapado un zapato que ella se dejó en la calle. La isla en invierno se queda desnuda. Huele a cierta resina quemada, que solo se encuentra aquí, adentro del bosque, en noviembre. En los desiertos, tradicionalmente, hace siempre calor. 

Sigo escribiendo sin mucha codicia. Los granos de mostaza que los isleños plantaron el otoño anterior explotaron en selvas. Las selvas se extendieron entre médanos y cuevas. Son bastantes verdes, con matices amarillentos. Cubren las colinas, de elevaciones muy ligeras, en las que las selvas se aclaran y después siguen por la llanura, manchando sus ríos secos a salvo de cataratas. Mi hotel está detrás, tras una niebla de espesura verde, tras los chopos de mármol, tras el semáforo en rojo, tras una sucesión de cordilleras que acaban en nieve, hielo y tal vez, ausencia. No sé si se fue, el zapato congelado no prueba nada. Tenía todo el derecho del mundo a no querer ser un ruido de fondo. Para eso están los lagartos, las olas, las ventoleras, esas cosas. Opino que nadie debería leerse a sí mismo cosas en un cuarto cerrado. Todo es cuestión de manejar la sed, tal vez, de esperar un portazo...no, no está bien escribir a solas.